El hombre verde empezó parpadear, su hermano el pito, a tartamudear. Los peatones apretaron el paso de cebra para que no les pillara el toro.
Todos menos Adolfito Cerrajudo. Adolfito no es lo que aprietan el paso, de los que tienen prisa por llegar a las cosas. "Las cosas ya llegarán ellas solas", como siempre dice su abuela la del pueblo.
Adolfito se limitó a deternese en la acera, con la mirada clavada en ninguna parte, la espalda ligeramente vencida por el peso de la mochila y los brazos colgando cachazudos. Tras unos pocos segundos, el ambar dio paso al rojo y los coches empezaron a pasar.
Pasar. Dicen sus padres, la mayoría de sus profesores y algunos de sus compañeros que Adolfito pasa, de todo y de todos.
Irónico, paradójico, dado que Adolfito no pasó de curso. Repite.
Pero no se crea que Adolfito está triste por eso. Todo lo contrario, está a gusto en ese curso, quizás por eso ha decidido quedarse en él otro añito más.
¿Los compañeros, las amistades? No tiene muchas, ya hará alguna nueva y, en cualquier caso, de sus antiguos camaradas de pupitre tiene mucho más para olvidar que para añorar. Los ve adelantarle y perderse en el horizonte con alivio.
Sí, el curso es confortable, de hecho, no le importaría repetirlo para siempre. Pero, claro, eso no se puede hacer. Al final de este año tendrá que tomar la durísima y crucial decisión que ha conseguido esquivar de momento: ¿Qué hago con mi vida? ¿Sigo estudiando?, ¿el qué? ¿Me busco un trabajo?
Por de pronto, el semáforo se había vuelto a poner en verde para los peatones. Ahora sí, ahora era su momento. Adolfito Cerradujo empezó a cruzar la calle con la parsimonia de un rebaño de tortugas.
Mejor no pensar en lo otro. Cuando llegué, ya se verá. Incluso, con suerte, la decisión se tomará ella solita. Mejor no agobiarse de momento. "Las cosas ya llegarán ellas solas".
¡Qué razón tienen siempre las abuelas!

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