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martes, 9 de octubre de 2012

La Imperiosa Necesidad de Ser Fieramente Humano.

Elena aceleró el paso. ¿Cómo podía ser tan tonta? ¡Tener la oportunidad de conocer al más grande de tus ídolos y llegar tarde! La había citado por teléfono en un parque pública, y ella llegaba diez minutos tarde al encuentro. ¡Cielo santo, ¿se habría ido?!

No, ahí estaba, ¡menos mal!: el mismo rostro dulce y bonachón que presidía la contraportada de los venerados libros mil veces leídos, las mismísimas manos que habían dado a luz la poesía que ella podía recitar de memoria sin fallar ni una sola coma.

Elena, flamante periodista literaria, no podía creer su suerte: ¡iba a entrevistar a Lucindo Calleja en persona! Lucindo Calleja, flor de las letras hispanas; Lucindo Calleja, ganador de todos los premios imaginables; Lucindo Calleja, historia viva de la Literatura Universal.

Lucindo Calleja, a primera vista no más que un setentón un poco pasado de peso sentado en el banco de un parque, miró un instante su reloj, bostezó aburrido, hizo ese sonido tan característico y desagrable y lanzó un hermoso esputo sobre el cesped. Luego, giró la vista y se encontró a una jovencita a medio camino entre los veinte y los treinta que le observaba boquiabierta de espanto.

-¿Elena, es usted la señorita Elena?

Ella había soñado mil veces con aquel momento, de mil maneras diferentes, pero nunca de aquella.

-Sí...Soy yo.

-Llega un poquito tarde, pero la perdono, ¡a la juventud hay que perdonarle todo excepto que no sea joven!

Era el comienzo de uno de los poemas preferidos de Elena, pero ella no era capaz de reaccionar.

-¿Qué pasa, se encuentra bien?

-Sí, es que...

-¿Qué, señorita? ¡Hable, que me preocupo!

-Que usted...

-¿Qué?, ¡suéltelo, diablos!

-¡Ha escupido!

-Sí, tenía un ya-sabe-usted que me incomodaba, y no conozco otra manera de deshacerme de él.

-Pero...¡usted es un poeta!

-Ah. ¿y eso me priva del derecho de escupir?

-Es que...

-¡Claro, me admira usted porque amo, y escribo sobre el amor, y ello me hace muy humano, pero no puedo escupir, que tan humano y necesario es como amar!

-Pero...

-¡Mire, Elena, aprenda una lección de Literatura: los escritores no somos dioses del Olimpo. somos tipos normales y comunes, como usted, y como tales nos comportamos!

-Ya...

-¡Bájeme del pedestal, señorita, que eso es para el mármol y yo soy muy de carne y hueso! Y ahora vayamos en busca de un bar, que me parece que me ha sentado mal algo que comí y, permita usted que me cite a mí mismo: "siento ahora la necesidad imperiosa, ardiente e ineludible de ser fieramente humano".



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