Doña Dolores, siempre tan puesta, tan recta, tan digna y tan de toda la vida, no salía de su asombro o, si lo hacía, era para entrar en la indignación por la puerta grande.
Ella, que siempre que salía de misa le daba una moneda distraíada a aquel pobre Sebastían sin apellidos, conminándole -paternalista y maternal- a que no se la gastara en vicios. Y él siempre le juraba con una sonrisa de humildad que así sería, que el dinero era sólo para subvencionar necesidades básicas.
¡Y, durante su tradicional paseo vespertino del brazo de su Gregorio (alias Goyín), le acababa de pillar saliendo de una tienda de apuestas y loterías!
-¡Oiga, Sebastián, ¿no le da vergüenza gastarse el dinero que yo le doy para que coma en vicios?!
-A ver, señora, que es un boletito de lotería, que no es ni vino ni mujeres. Es la única alegría que me doy en toda la semana, y ahorro para hacerlo.
-¡Qué desfachatez! ¿Tú estás oyendo lo que yo oigo, Goyín?
Goyín se limitó a poner cara de pena, o, mejor dicho, a no quitarla, y asentir. Como de costumbre.
-Mire, Doña Dolores, perdone si esto le ha molestado...
-¡Y mucho!
-Pero, usted misma me lo dice: voy aseado, llevo el traje limpio -aunque sea el único que tengo- y soy educado y servicial. ¿es que uno se puede uno permitir un pequeño lujo?
-¡Si es a costa mía y de mi caridad con usted, de ningún modo!
-Pues mírelo desde otro enfoque diferente, señora: No le voy a contar mi vida y mis penas, porque son muchas y gordas, y seguro que le amargo la tarde, y puede que hasta la noche, pero -créame- esto lo hago tan sólo por darle a la Suerte la oportunidad de devolverme un poco de lo muchisimo que me ha quitado durante toda mi vida.
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