"Llamadme Gus" cerró la puerta de la sala de profesores con cierta alarma curiosa.
-Está Adolfito Cerrajudo en el pasillo, no sé qué habrá pasado.
-¿Qué va a pasar?, ¡que le habrán echado de clase! -Jose Luis Trestuestes, la sensata voz de la experiencia, para variar.
-¿A Cerrajudo, al cachazudo ese?
-La repetición de curso es una de esas "experiencias vitales extremas" que pueden obran grandes cambios en una persona, es como cuando se tiene un accidente grave, y se ve la luz al final del túnel y todo eso.
-O sea, que ya va a ser charlatán hasta éste.
-Bueno, piensa en todos los años de calladita y dócil represión de instintos que lleva a sus espaldas. No sólo tiene pendientes la Lengua, las Matemáticas o el Inglés, tiene colgando otra asignatura mucho más importante que aprobar: la Adolescencia.
José Luis Trestuestes, con toda la sangre de la vena cotilla pasándole por el cerebro, se asomó al pasillo. Ahí estaba Cerrajudo, con la espalda apoyada en al pared -para no perder la costumbre de ser un vago-, las manos metidas en los bolsillos con un aire de chulería torpemente forzado y un gesto de macarra novato satisfecho en el rostro. Trestuestes también se percató de que tenía el pelo más largo de lo que en él era costumbre y con flequillito, un peinado más a la moda que igual hasta le había costado una bronca con su madre.
-En fin, amigo, -dijo Trestuestes de vuelta a la sala- que a todo el mundo le gusta sentirse Steve McQueen de vez en cuando en esta vida.
-¿Sentirse quién?
-Nada, uno que hacía cine.

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