Al viejo Van Bake se le saltaban las lágrimas. Acarició el rostro del muchacho, lo que hizó que éste sonriera tímidamente mirando al suelo.
Van Bake, magnate venido a menos, había citado a Babayinga, su joven empleado, para comunicarle que -lamentándolo mucho- se veía obligado a prescindir de sus servicios, pues las durísimas circunstancias económicas le forzaban a reducir su servicio al mínimo absolutamente indispensable: cocinero, chofer, mayordomo y dos empleados de limpieza.
"Si es sólo por dinero, señor, permítame que me quede a cambio de cama y comida. ¡Ya vendrán tiempos mejores y entonces me pagará usted!"
Esas fueran las palabras que emocionaron al otrora durísimo Van Bake. ¡Eso sí que era un empleado fiel, abnegado, un sirviente de las que ya no quedaban!
-Gracías, hijo, muchas gracias por no abandonarme cuando parece que el barco se hunde.
-No, señor, gracias a usted.
Dos días después de la emotivísima escena, Babayinga, luciendo unas modernas gafas de sol y un llamativo bañador, contaba satisfecho el número exacto de billetes que conformaban el fajo que tenía entre manos.
-Un día de estos te van a pillar, macho -le indicó un joven mientras le hacía entrega de otro billete.
-No creo, el viejo no se entera de nada.
-Bueno, ya se verá.
-Bah, de momento, tú disfruta de la piscina, que para eso pagas.
Babayinga se metió la pasta en una bolsita impermeable que le colgaba del cuello y se lanzó a la concurridisima piscina entre gritos de ánimo y excitación.
El viejo Van Bake fue nadador casi olímpico de joven, y sin duda por eso se hizo construir una enorme piscina reglamentaria en su finca, un auténtico oasis en mitad de aquella región tan calurosa, casi desértica. Aunque ya apenas se bañaba, Van Bake no renunciaba a que su querida pileta estuviera en perfecto orden de revista. Era uno de los pocos lujos que todavía se permitía. Otro era irse los fines de semana a visitar a su hija y sus nietos a una ciudad cercana. Le acompañaba su chofer, mientras que el resto del personal tenía el fin de semana libre. Todos, claro está, salvo el fidelísimo Babayinga, que se quedaba voluntariamente cuidando de finca y mansión.
A billete de chelín por cabeza, el negocio de piscina ilegal de Babayinga le reportaba unos cien por sesión, cifra bastante alejada de los diez mensuales que su jefe le solía pagar.
¡Menos mal que había conseguido que el viejo no le echara!

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