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domingo, 28 de octubre de 2012

Gracia del Río (Un Pueblo con Poco de Ambas): El Hombre que Se Ganó la Vida con 100 Botellas de Agua del Grifo.

En las tardes otoñales lluviosas de domingo sin fútbol, ésas en las que al alma le pesa tanto nubarrón y a uno le da por divagar en la barra de los bares, si usted para por el Bar de Matías, no sería raro que Marcial le cuente la historia de su abuelo.

El Abuelo Marcial era feriante, de esos que iban de pueblo en pueblo, y de pueblo en pueblo recorrió España entera. Se presentaba como vendedor de un agua milagrosa, recién traída de un misterioso y mágico manantial de la China milenaria, como probaba su botella de fino cristal, bellos colores y misteriosos reflejos. Era un agua que, según aseguraba el propio Marcial, poseía el don de devolver la capacidad de andar al que la había perdido. Para demostrarlo, siempre surgía de entre los presentes un incrédulo con muletas. "¡Beba usted mi agua milagrosa!", decía entonces muy solemne el Abuelo Marcial. El espontáneo lo hacía y, de inmediato, salía corriendo como un velocista olímpico. "¡Puede que ustedes no la necesiten ahora, pues por fortuna pueden andar sin dificultad, pero no existen más botellas de este agua, y quizás algún día precisen de ella y no tendrán dónde comprarla! ¡Sea previsor, pues, y asegure su caminar del futuro comprando este agua milagrosa hoy! ¡A tan sólo 1.000 pesetas la botella, y valdrán mucho más en el futuro, cuando la gente de otros lugares precise de esta agua y no la encuentre! ¡Usted venderá el preciado líquido a diez veces la cantidad que ahora paga!" Las 100 botellas, con su etiqueta con unos exóticos pajaritos pintados y una letras escritas en chino macarrónico, volaban.

El numerito sólo era la primera parte del negocio, pues el Abuelo Marcial siempre fue ambicioso y astuto a partes iguales. La segunda parte consistía en que, un par de días después, aparecía el tullido milagrosamente curado arrastrándose por la plaza del pueblo. "¡Engaño, engaño, ese tío no era sino un timador, el agua no tiene más propiedades que empeorar la cojera, es tóxica!" Alarmados y encolerizados, los vecinos iban en busca de las botellas de veneno para romperlas en mil pedazos pero entonces, por aparente buena fortuna, aparecía el presunto dueño de un bar de carretera cercano que se había quedado sin agua y precisaba urgentemente de botellas, ofreciendo 100 pesetas por cada una. Los lugareños, ávidos de recuperar algo del dinero estafado, aceptaban la oferta encantados.

Y así fue como el Abuelo Marcial y sus dos compiches, con 100 botellas muy bonitas que les costaron 500 pesetas la unidad, recorrieron la España profunda y paleta, y se ganaron la vida sin tener que volver jamás a invertir un solo duro en reponer la mercancia.

Marcial lo cuenta con indisimulado orgullo, pues sabe que su abuelo se inventó un timo que, adaptado, se sigue usando hoy en día.


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