Chico Marx ya marcó la clave: "Yo no quiero trabajar, yo lo que quiero es un trabajo".
Y muchos han hecho de esta máxima un estilo de vida: no ganar ellos el dinero, sino que sea el propio dinero el que se rinda él solito.
Y, siguiendo con las rendiciones, yo les rindo hoy su homenaje:
-Al tío que está siempre mirando mientras otros trabajan: vale, se fija mucho, de acuerdo, de tanto en vez dice: "'¡vas bien, vas bien!" o "¡más a la izquierda!", y puede que hasta consulte un plano o anote algo pero, al fin y al cabo, no hace sino mirar.
-Al tío que no para de ir y venir, y nadie sabe a dónde ni por qué. Trae un papel, vuelve con el mismo papel fotocopiado, se vuelve a ir, lo trae grapado a un albarán, pero resulta que lo había que grapar era el original, va a desgrapar...Y, cuando te quieras dar cuenta, las tres y a casita.
-Al tío que no para de teclear delante del ordenador -muy serio, eso sí-. Cada diez minutos, detiene su frenético juego de dedos, se queda mirando incluso más serio la pantalla, saca un cuadernillo, busca un dato, lo confirma con la pantalla, lo reconfirma con el cuadernillo, entonces llama por teléfono y desde central le dicen que puede borrar el fichero tranquilamente.
-Al que ha ido un momento al cuarto de baño, y cuya vuelta se demora más de lo que el más extremo estreñimiento unido a uns escrupulosa pulcritud en el lavado de manos pueden justificar.
Y, mi favorito, al que está desayunando. Mantengo mi teoría de que este país llamado España rodaría mucho mejor si el personal pudiera desayunar en su santa casa.
En resumen, toda mi admiración y envidia por aquellas personas cuya jornada laboral se concreta en: paseo por el edificio para ponerse al día de cotilleos, desayuno con más cotilleo, repaso de prensa, segundo paseo por el edificio y, si me lo piden de buenos modos, traslado ocasional de bultos y paquetería en general, y, si de verdad me lo solicitan muy educadamente y estoy de buenas, apertura de sala (eso si, con cara de asco).
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