Todos conocemos a uno, dos o tres de éstos, de esas personas para las que todo está mal, indignantemente, intolerablemente, vergonzosamente mal.
La sopa está fría, su trabajo los tiene esclavizados, el entrenador de su equipo no saber alinear correctamente ni los cartuchos de una impresora.
Y es constante, y con esa constante cara de asco cansado con un toque de ira. O con un suspiro de irritación amarga regado con: "¡Hay que joderse!ª
Y resulta muy pesado para todo los que les rodean. Porque esta gente, ametrallando quejas constantes, contagia la horrenda sensación de que la existencia es una perenne porquería donde todo el universo conspira para hacernos infelices.
¿Y por qué lo hacen? ¿Es que, quizás, se creen mejores por no estar satisfechos? ¿Es porque se quieren hacer los importantes, los entendidos, los muy exigentes?
Pues, si lo que pretenden es hacerse los interesantes, a mí no me interesan en absoluto.
Porque se quejan de tener cosas que harían felices a millones de personas.
Se quejan de la comida, ignorando, despreciando, humillando, a la gente que se muere de hambre.
Se quejan de su trabajo, y con ello se burlan con crueldad de los que no tienen ni sueldo ni jornal,
E incluso llegan a tener la osadía de quejarse de la lluvia (como si que llueva fuera culpa de alguien), pero luego abren el grifo y quieren beber.
Pero si hasta tienen el descaro de quejarse de sus familias, de esa persona a la que juraron ante Dios amar hasta la muerte, de esos hijos que nadie les obligó a tener.
Te dirán que si te conformas eres tonto, que uno es un cliente y tiene la obligación y el derecho de que exigir.
Que digan lo que quieran, pero, por favor, que paren de quejarse tanto y sonrían un poquito más.
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