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jueves, 8 de julio de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Asesino Fuera de Juego (3).

Llegado al hotel, subí una escalera de tres en tres peldaños, y luego bajé otra de dos en dos (los hoteles baratos británicos baratos son así) hasta llegar a mi habitación, y prácticamente sin quitarme ni el abrigo, proseguir con mi lectura.

"Hechas ya la presentaciones, es momento de comenzar mi relato. Soy consciente de que no soy un narrador diestro, aunque hubo un tiempo en que quise serlo. Por ello, le ruego de antemano que disculpe mi torpeza con las palabras.

Aquel asunto empezó para mí como tantos. Un crimen en la prensa, y de los sencillitos. Aparentemente.

John W. Pulley, juez de línea internacional, se había ido a tomar una pintas después de un partido. Demasiadas. Tantas que se le soltó la lengua -y le dio por presumir del buen dinero que le acababan de pagar-, y se le relajó la sensatez -y le hizo frente al tipo que le siguió a la salida para quitarle tan buen dinero-.

Un agente de policía -los siempre eficientes "bobbies"- oyó la bronca y llegó oportuno para reducir -pleno de arrojo- al criminal, aunque tarde para salvar la vida de Pulley.

Mike O'Regan, que así se llamaba el asesino, había asestado una puñalada certera en extremo. Un detalle que se atribuyó a la mala suerte, pero que a mí -al leer la noticia- me llamó mucho la atención. En mi oficio, uno se fija en esas cosas.

El caso no ofrecía dudas, pues O'Regan confesó de plano (¿qué sentido negar lo que un agente de policía había oído y casi visto?) y negó en redondo que hubiera tenido algún tipo de motivación deportiva -algo que algunos medios se habían precipitado en dar por hecho-. Tampoco puso O'Regan mucho interés en librarse de la horca durante el juicio. Casi menos que su torpe abogado defensor.

En este mi mundillo, lo crea o no, uno se topa con gente así (aunque son minoría). Personas con tan poco apego a este mundo, que no parecen tener ningún inconveniente en dejarlo, esperanzados en que -quizás- les espera otro mejor.

Ahora conviene aclarar que, en aquellos días, éramos varios los que nos dedicábamos a "poner el nudo y tirar de la palanca" (así me gusta a mí llamarlo, eufemísticamente) y que nuestros nombres estabas recogidos en lista secreta sólo al alcance de las agentes judiciales encargados de asegurarse de que la "Ley siguiera su curso" (como lo llamaban ellos). Eran estos agentes los encargados de seleccionar y contactar alguno de nosotros. No tenía ni tengo idea (al menos, no demasiada) de quiénes compartían lista conmigo, pero, dado que el reo estaba en Pentonville, supuse que yo sería el elegido, pues yo ya había llevado a cabo un puñado de encargos en esa cárcel a plena satisfacción.

En resumen, que ya me veía con 15 libras extra en el bolsillo.

Pero, para mi extrañeza, una semana antes de la fecha, la carta certificada no me había llegado todavía.

¡Qué raro!"

Ese fue el momento en que, ¡maldición!, el sueño me venció. Demasiadas emociones para un solo día.

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