El empleado de la pala, sospecho que bien próximo a la jubilación y sin ganas de complicarse la vida, se limitó a hacerme firmar mi conformidad con la exhumación, entregarme la carpeta, volver a cubrir al ataúd de tierra y marcharse después de ofrecerme una leve reverencia.
Yo, en cambio, estaba metido en un inesperado embrollo. Mi misión era conseguir una muestra osea de donde obtener ADN, y todo lo que tenía era una misteriosa carpeta. Mi primera intención fue limitarme a hacerle entrega de la misma a mi jefe y olvidarme del asunto; pero de camino a la estación de Caledonian Road, decidí echarle un vistazo rápido al llegar al hotel, y mientras esperaba la llegada del metro, la curiosidad terminó de doblegarme.
Papeles. ¿Qué si no en una carpeta? Sucios, amarillentos, manuscritos con una letra torpe y difícil. Ya absolutamente sometido a la esclavitud del cotilleo, comencé a leer.
"Hola, mi desconocido amigo, le saludo por primera vez o una vez más. Si le soy sincero, jamás pensé que unos ojos más allá de los míos leerían esto que ahora escribo. No se cuánto tiempo habrá pasado, no sé si es usted británico o extranjero, puede que ni siquiera ya existan mi país o este idioma. Da igual. Yo, con toda seguridad, ya estoy muerto, aunque si es tan poco el tiempo transcurrido que usted sospecha que puedo seguir vivo, le agradecería de antemano que no intentara encontrarme.
Sepa, ante todo, que es para mí un gran alivio y dicha que alguien esté leyendo esto, ya que es la confesión y relato -en parte- de unos hechos que se decidió que deberían morir para siempre en el secreto, pero a los que yo, en mi humilde soberbia, quiero dar una oportunidad de vivir para la posteridad. Precisamente, aquí, escondidos donde sé que nadie los va a buscar, pero puede que alguien algún día los encuentre, como ha sido el feliz caso de usted.
Mas disculpe, mi desconocido amigo, que no me he presentado, y, en el fondo, no voy a hacerlo del todo. Permítame que -quizás sólo de momento- le oculte mi verdadero nombre y me presente como Woodchat Shrike, ejecutor de sentencias del Servicio de Prisiones de su Majestad".
El corazón empezó a parecerse al de un purasangre en la recta final del Derby de Epsom. ¿Podría ser aquello cierto? ¿Tenía en mi poder las memorias secretas de un verdugo auténtico?
Por pura "Ley de Murphy", en ese instante se me sentó al lado un señor de bigotito y gafas de cotilla, y yo, ansioso por mantener en secreto lo que tenía entre manos, cerré la carpeta y la refugié en mi maletín. Retomaría la lectura en la intimidad de mi habitación de hotel y, de paso, intentaría tranquilizarme un poco.
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