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viernes, 9 de julio de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Asesino Fuera de Juego (4).

Me desperté a las tantas de la madrugada en punto, con la boca pastosa, la visión nublada y la curiosidad intacta.

"¡Ya le anuncié yo que era torpe de expresión! Que parece de lo anterior que yo encuentro satisfacción e incluso placer en mi tarea. Nada más lejos de la realidad: me repugna. De la paradoja de cómo llegué entonces a desempeñarla quizás algún día le hable, si es que encuentro el valor de enfrentarme en juicio público a mi verdad. Así pues, sepa usted que no veo en la muerte reglada más que una venganza vacía, y, ¡ojalá sea así!, espero que en su época tan absurda pena haya desaparecido para siempre de la ya de por sí suficientemene triste faz de la tierra.

Al hilo de lo anterior, las 15 libras, como todo el dinero que saco de todo esto y alguno salido de mi otro trabajo, lo dedico a ayudar a aquellos que intentan dar consuelo a las víctimas de la tan absurda violencia. Es entre esa gente donde se encuentra uno de mis pocos amigos: David Dogan.

Fui a visitarlo, pues me enteré que se había acercado a la familia del malogrado juez de línea para intentarles darles su apoyo y su consuelo. Y fue con una nueva sorpresa que, frente a una taza de café humeante y malo, me confesó mi amigo que aquellos señores -en especial él- apenas parecían demostrar dolor por la muerte de su hijo, al que se referían con indirencia, e incluso puede que con odio. Visto el panorama, mi buen amigo Dogan se marchó por donde había venido, pues su experiencia le indicaba que nada podía hacer en ese hogar, al menos de momento. Él lo achacó a que eran una familia de rancia tradición militar, lo que unido a aquello de ser británicos, les obligaba a sepultar cualquier tipo de sentimiento bajo una pesada lápida de represión.

Con eso y con todo, a David Dogan aquella frialdad le parecía exagerada".

Tan exagerada como la hora que era, mejor irse a dormir, que mañana sería otro lluvioso día.

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