Buscar en Mundo Jackson

martes, 6 de julio de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Asesino Fuera de Juego (1).

La historia que le voy a contar -germen de otras- nació de la Casualidad, el mismo material del que está hecho el primer encuentro con el amor verdadero o con un enemigo acérrimo. Pura Casualidad, o, mejor dicho, Casualidad mezclada con curiosidad morbosa.

Fred P. O'Regan, natural de Terracito (Texas), tenia dos obsesiones en la vida: ganar dinero y la genealogía.

Para lo primero tenía una indudable habilidad, propietario como era de la exitosa cadena de restaurantes de comida rápida "Fred Chihuahua" (apellido que la parecía mucho más adecuado a la hora de vender burritos y tacos que el suyo legítimo).

En cambio, para lo segundo era irlandés a rabiar. Conocía al detalle, y a menudo relataba con orgullo, todo el periplo que siguieron sus antepasados desde su pueblecito natal de Westmork (República de Irlanda) hasta la tan calurosa Texas (destino inusual para unos irlandeses, como él también señalaba con regocijo). Para armar el rompecabezas de su historia familiar, no había escatimado en gastos, pagando con una sonrisa las jugosas minutas -viajes transoceánicos incluidos- de uno de los más reputados especialistas estadounidenses en el tema, cuya identidad -por razones que serán luego evidentes- prefiero no revelar.

Su hambre de saber sobre su árbol genealógico no parecían tener fin, y cuando ya no quedaban datos que escarbar sobre sus familiares directos, decidió ampliar el abanico (espoleado por el geneálogo, deseoso de mantener el grifo del oro corriendo).

Fue entonces cuando Mike O'Regan apareció en escena.

Se sabía bien poco del tal individuo. Sólo que a principios de los 50 había gozado de una fugaz infamia en el Reino Unido, pues había asesinado a un juez de línea pocas horas después de un decisivo encuentro. En un principio, las plumas sensacionalistas olieron carroña ("El Hincha Asesino", titularon), pero todo se esfumó cuando el propio homicida confesó ante la policía y que el fútbol no le interesaba lo más mínimo, y que detrás de su delito no había habido más móvil que el robo. La prensa, decepcionada, soltó la presa y, O'Regan -sin familia, amigos o dinero- fue juzgado, condenado y ahorcado con la eficiente agilidad de la que gozaba el Sistema por aquellos días.

Nadie reclamó el cadáver (si tan siquiera la Ciencia), y fue enterrado en el cementerio de la prisión donde había sido ajusticiado.

Fue ante esa misma tumba donde yo me encontré una tarde lluviosa de sol, de esas tan comunes en la Islas Británicas. Con cara de enfado aburrido y un permiso judicial de exhumación en la mano, contemplaba cómo aquel rudo operario mezclaba paladas y tacos en el proceso de devolver el ataúd con el cuerpo de Mike O'Regan a la superficie.

La idea de tener un criminal por pariente, aunque fuera lejano, no sólo no repugno a Fred P. O'Regan, sino que lo había fascinado. El apellido sin duda coincidía y, dado que en confesión escrita el asesino había afirmado ser de un pueblo no muy lejos de Westmork, todo parecía encajar.

El problema era que, sobre el terreno, el tal Mike había resultado ser un fantasma: ningún documento o registro, ningún viejo que lo recordara...Nada. Lo más probable es que hubiera mentido durante el juicio, quizás por ahorrarle la vergüenza a su verdadera localidad natal.

Inasequible al desaliento, Fred P. O'Regan ordenó a su geneálogo de cabecera -que delegó en mí tan desagradable tarea- ir a buscar el agua de la verdad sobre aquel fantasma a la misma fuente: sus restos mortales.

Y nunca mejor dicho lo de fantasma, porque al abrir el ataúd, lo encontramos vacío.

Bueno, miento, hallamos una carpeta azul carpeta, con un dibujo de lo que parecía un pájaro pegado sobre ella.

No hay comentarios: