"¡Vamos a quemar Benidorm!", a ese tipo de cosas me refiero.
Afortunadamente, luego no resulta ser para tanto. Todo se reduce a una ingesta más que excesiva de alcohol -derivando a menudo en policonsumo recreativo de sustancias-, bailes a la luz de la discoteca -mixtura entre un ataque de epilepsia y los movimientos de un chimpancé-, conducción temeraria -a veces culminada por un incidente más o menos desagradable con agentes de la Benemérita-, cánticos de todo tipo en la vía pública -arruinando el descanso de los vecinos- sazonados con maltrato de mobiliario urbano (¿qué les han hecho los contenedores de basura a los borrachos?) y, por último, breve encuentro amoroso con completa desconocida (con frecuencia, extranjera, no muy agraciada y más embriagada incluso que el propio particular).
Al día siguiente, dolores varios, pero con la satisfacción (alta) del deber cumplido como campeón de la juerga, y repetición del ciclo hasta que se terminan la breves pero intensas vacaciones.
Hasta que llega un día -despacito pero por sorpresa- en que nuestro amigo el pirómano festivo, en su primera jornada en la costa, exclama, por inercia: "¡Esta noche, va a arder esto!", y su esposa le responde con dulzura pero con firmeza: "No, cariño, esta noche, cenamos un sandwich y una cerveza, y luego bajamos con el niño a dar una vuelta por el paseo marítimo y a tomar un heladito en alguna terraza".
(Es el fin, Atila).
No hay comentarios:
Publicar un comentario