Aquella serie de televisión de hace tantos años, con aquel barco tan grande, tan bonito y tan lujoso, y usted y yo "suspensando" (o sea, pensando con un suspiro): "¡Yo nunca haré un viaje así!"
"¡Aquí estoy, con un par! A ver, ¿dónde está el capitán Stubing?" Eso dicen que dicen muchos cuando embarcan en un crucero, de esos que parecían tan inalcanzable y que ahora están al alcance de la Visa.
Trauma derrotado.
Lo que no sé es si todo será como en la serie, si los solteros se enamoran irremisiblemente y los casados aburridos reverdecen viejos laureles con salto del tigre marino incluido.
O si, por contra, los papás se pasan todo el crucero medio borrachos y empachados del todo por aquello de que el tema es gratis y hay que amortizar; si los niños dan por saco a sus anchas aprovechando que papá y mamá están bajos de facultades y altos de alcohol.
Tampoco sé si los tímidos solteros -acodados en la cubierta Caribe- miran por turnos al ancho mar y a su reloj Casio, preguntándose por qué diablos tarda tanto en presentarse el verdadero amor que parecía anunciar el folleto.
Todo ellos aliñado con escalas a la carrera en ciudades fascinantes y la necesidad de sacar miles de fotos para que luego Peláez rabie en el oficina.

"Está muy bien de precio, y es con derecho a gimnasio". ¡Como salga con vida de ésta, el de la agencia de viajes me va a oír!
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