Marcelino Polizqueitia planificó su vida al milímetro.
Con 22 años se enamoró, consciente y premeditadamente, de unas trillizas. Así calculaba que sus posibilidades de ser correspondido se multiplicaban por tres. Ellas jamás le hicieron el más mínimo caso, lo que le llevó a descartar para siempre la posibilidad de contraer matrimonio. "Si no consigues ni una de tres, en mejor dejarlo", decía,
Marcelino Polizqueitia vivía una vida de menú, sin el más mínimo brillo o exceso, pero que le permitía seguir viviendo. Habitaba un piso de cincuenta minutos en tren y diez en Metro -con transbordo y crucigrama incluidos-; siguiendo una vocación que decidió tener desde pequeño, trabajaba de cartero ("El mago que siempre sabe dónde está tu carta", en sus palabras) y pasaba los domingos en el parque con los patos y los veranos en la playa con las medusas.
Y no se reía nunca, salvo cuando contaban un chiste de mejicanos por la tele. Esto no sabía por qué era.
Lo de la risa escapa a toda planificación.
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