Aunque sea en la cola dominical de una gran superficie.
-¡Don Román, usted me dio clase de matemáticas! ¿Se acuerda de mí?
(¡Cómo para no acodarse! Lucas Botesca, el más diestro jinete trigonométrico que las aulas vieron. Está más gordo y tiene menos pelo, pero esa mirada de inteligente profundo era inconfundible).
-¡Sí, hombre, tú eres Botesca!
-¡Me alegro de que no se haya olvidado de mí!
(¡Imposible!)
Y, ahora, la gran pregunta.
-¿Cómo te va la vida? Hiciste una ingeniería, ¿no?
-Sí, de hecho, soy doctor ingeniero industrial. Doy clases en la universidad.
Román se infló como un globo lleno de vanidad. Este país y su provinciana fascinación por los señores ingenieros...
-¿Y te casaste? ¿Tienes familia?
Los ojos de inteligente profundo se vencieron un poco y se les puso un barniz de tristeza. Román había metido la pata.
-Estoy separado...Sin hijos...No dio tiempo...
-¡Ah, vaya!
-Es curioso, ¿sabe? Con todas las Matemáticas que aprendí y que sé, con lo bien que se me dan los polinomios y las integrales, y soy totalmente incapaz de contar hasta diez.
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