Es fácil darse cuenta: sólo tienes que fijarte en esos ojos con la limpieza caducada, o escuchar cómo, con el gesto torcido y la mandíbula prieta, empiezan a soltar bilis pura.
"¡Gentuza, y mira que los tenía aprecio!". Sólo se puede estar resentido de verdad con aquellos por los que se sintió cariño de verdad.
"¡Con todo lo que he hecho por ellos, y así me lo pagan!" La ingratitud (o, mejor dicho, la percepción de ingratitud), siempre amamantando al resentimiento.
"¡Porque yo me merecía el puesto y no el tipo ese!" ¿Seguro?
"¡Pero, claro, hay mucha envidia!" Y mucha paranoia también.
"¡Pero vamos, que a mí me da lo mismo! Ellos sabrán!" No, no te da lo mismo.
Ni muchísimo menos.

"Ahora que, arrieritos somos...!"
Haz algo, colega, que te está pudriendo el alma.
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