Si una sociedad no consigue hombres admirables es porque no proporciona a sus niños idolos dignos de admirar.
Soltado el pedazo de frase, me explico.
En teoría, el deporte infantil sirve para enseñar a los chavalines valores como el respeto, el compañerismo, la honradez (vamos, la sarta de lindezas que de hecho se engloba en el llamado "espíritu deportivo"). Es una idea muy bonita que, como dicen los propios comentaristas del ramo -siempre tan a la última en su manera de expresarse-, todos "compramos".
Pero, a la hora de la verdad, el jugador que es encumbrado, que vendes camisetas, que da beneficios (de eso se trata, ¿no?), el jugador que le metemos hasta en la sopa a Josito, Javi y Miguelín hasta hacerle su ídolo es el que mete muchos goles, canastas o gana un montón de trofeos.
Que no digo que esto este mal, porque -al fin y al cabo- el deporte también debería enseñar a dar lo mejor de ti mismo, a esforzarte. Pero hay una diferencia muy grande entre rendir al máximo por puro afán de superación y ganar a cualquier precio.
Y esa es la diferencia que no estamos enseñando a los niños.
Hay un puñado de futbolistas, Gary Lineker entre ellos, que lograron rematar una carrera profesional sin ver una sola tarjeta amarilla. Y ningún niño los admira por ello, muy posiblemente porque nadie les explica lo meritorio y admirable que eso es.
Meter cien goles es una hazaña propia de extraterrestres, pero pasarte década y media en los campos de juego profesional sin propinar una patada mal dada, protestar más de lo debido o revolverte como respuesta a un codazo es una simple anécdota.
Sinceramente, así nos luce el pelo.
Gary Lineker, uno de los poquísimos ex-jugadores del Fútbol Club Barcelona por los que siento verdadera simpatía. Lamentablemente, su impoluto comportamiento sobre el terreno de juego nunca pareció tan importante para el Club Culé como sus goles al Real Madrid.
Valors.

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