Todos los años se organiza una rifa benéfica en el colegio al que asiste "Peralín". A uno la papeleta, el que gana se lleva la mitad de la recaudación, y la otra para alguna buena obra de ocasión.
"Peralín", como todos los chavales, solía jugar, con el anhelo de que recibir una cantidad que, en los términos relativos de un crío, le haría rico, aunque sólo fuera por unos días. Pero este año ha dejado de hacerlo.
-¿Cómo es que ya no juegas a la rifa, hijo? -le preguntó su padre,
-Es que, mira, papá. Me acordé de una cosa que me has dicho muchas veces.
-¿El qué?
-Pues que, de los ricos, muchos lo son por suerte, y otros muchos porque son unos golfos y unos ladrones. En suma, que los ricos por su honrado trabajo se pueden contar con los dedos de una mano. ¿Te acuerdas?
-Sí, claro que me acuerdo. ¿Y qué tiene eso que ver con la rifa?
-Pues que, si me toca, voy a tener mucho dinero sin merecimiento, sólo por suerte, y eso es una injusticia. Y si eso pasa, lo que en conciencia me tocaría hacer es coger las ganancias y repartirlas entre el resto de los niños. Total, que habríamos jugado uno para recibir la mitad. ¡Menuda tontería, para eso, mejor no participar!
Peral acarició la siempre sudorosa pelambrera de su niño. Cosas como esas le hacen sentirse orgulloso de su pequeño.
-¡Bien hecho, niño!
-Además, también me da miedo que me toque y, cegado por ver tanto dinero en mi mano, me olvide de aquello que creo justo, me vuelva un traídor y un egoista, y me lo gaste yo todo. ¡Qué asco me daría a mí mismo si hiciera eso! Así que, papá, en resumen: mejor no tentar a la suerte.
"Peralín", siempre tan idealista, tan sincero y tan de carne y sentimientos.
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