Él viajaba por todo el mundo en busca de la Sabiduría y todos en la comarca le habían asegurado que ese anciano era el mejor de los Maestros en muchas leguas a la redonda. Aunque, por definición, cada viejo es un Maestro: es la compensación ofrecidad por la Vida, que te quita la fuerza, el vigor y puede que hasta las ganas de seguir viviendo, pero, a cambio, te da la Sabiduría de la Experiencia y la Libertad de hablar del que ya nada tiene que perder porque ya no le queda nada por ganar.
No obstante, la Vida, como es como es, a menudo te hace Sabio un rato, y luego te quita toda la Sabiduría para terminar de volverte loco. Cosas de la Edad.
En cualquier caso, ahí estaba él, sentado a la mesa de ese anciano, y deseoso de hacerle preguntas. Eso es bueno, que no hay mejor maestro que el alumno ávio de aprender.
-Oiga, usted qué tanto sabe de ella porque tanto la ha vivido, usted que la conoce tan bien, ¿qué me puede decir de la Vida?
El anciano, como si no hubiera escuchado la pregunta, como si aquella conversación recién nacida no le interesara en absoluto, suspiró, alargó su brazo huesudo y con su mano -más huesuda si cabe- capturó una mandarina del frutero. La peló con la pausa del que sabe que el tiempo se le acaba, y comenzó a tomársela con ritual parsimonia, saboreando con gesto de profundo placer cada gajo, pero también deteniéndose cada dos por tres para, con agrio mohín de desagrado, sacarse una pepita de la boca y tirarla por la ventana con un brusco ademán de desprecio, enfado y asco.
-Dulcecita, pero tiene pepitas, demasiadas quizás.
Y el joven, admirado, asintió con la modesta reverencia del alumno que ha comprendido la lección, y la ha aprendido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario