6.000 libras de 1881 (600.000 libras de ahora), eso pagó el señor Barnum (sí, el del circo) al zoo de Londres por un elefante llamado Jumbo.
Pero, como puede usted suponer, el tal Jumbo no era un paquidermo cualquiera: más de 3 metrazos de alto media el tío, razón por la cual el señor Barnum ansió -y logró- fichar a la estrella del zoo de Londres para su espectáculo norteamericano, pese a que 100.000 niños británicos escribieron cartas de protesta a la mismísima Reina Victoria para que la venta no se hiciera efectiva.
Ya en Estados Unidos, Jumbo causó la sensación esperada y el dineral invertido por Barnum se recuperó en tan sólo tres semanas, mientras que en 31 semanas de gira, el circo recaudó 1,75 millones de dólares (de la época, que serían unos 40 millones ahora).
No obstante, como en el caso de tantas estrellas, la carrera de Jumbo no empezó de modo muy prometedor: capturado en Sudán después de que mataran a su madre, es vendido al zoo de París, donde no consigue destacar, puesto que el público prefería a la popular pareja de elefantes formada por Castor y Pollux. Entonces, y al más puro estilo deportivo, el zoo de Londres -que necesitaba un elefante como quien necesita ahora a un central que la saque jugada- propone y cierra el traspaso: Jumbo a cambio de un rinoceronte, dos lobos, un chacal, un canguro, un par de águilas y un curioso marsupial llamado pósum. Come ve, no resultaba entonces barato conseguir un elefante (de nuevo, al igual que ocurre ahora con los centrales que la sacan jugada). Como ya quedó dicho, Jumbo se convierte de inmediato en la estrella del zoo, que incluso ofrece paseos a lomos del fenómeno, los cuales resultan de lo más popular entre el público.
Lamentablemente, tan gloriosa existencia tiene un trágico final (suele pasar). Jumbo falleció el 15 de septiembre de 1885 arroyado por un tren cuando -dice la tradición popular- trataba de salvar a un joven elefante del circo que se había metido en el vía. Tenía 25 años.
Sea como fuere, el legado de Jumbo todavía perdura, empezando porque su nombre sigue siendo sinónimo de grande en la lengua inglesa (piense, por ejemplo, en el avíón). Su cuerpo disecado se donó a la Universidad de Tufts (donde los estudiante solían meterle una moneda en la trompa para tener buena suerte en los exámenes), pero, por desgracia, se quemó en 1975. Por lo que respecta al mastodóntico esqueleto, todavía se conserva en el Museo de Historia Natural Americana de Nueva York.

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