Al principio, los bisoños centilenas recíén llegados se tenían un recelo teñído de cierto odio, como les habían enseñado en la casa, el colegio y el cuartel. Patrullaban a cinco centímetros exactos de la dichosa línea de frontera trazada con cal blanca, la misma que era repasada cada lunes por un operario neutral con gorra enviado especialmente por la ONU.
Pero llegó un momento que se hartaron de tanto mirarse desafiantes, y pasaron a cambiar la mirada por una de cierta desgana, provocada por la certeza de que el otro tío no se comía a nadie y que lo último que le pasaba por la mente era invadir el lado contrario.
Poco después, hasta se atrevieron a sentarse en el suelo y mirar al horizonte bostezando al tiempo que arrancaban briznas de hierba del suelo y las tiraban al aire con desgana.
Entonces, por esos caprichos del caprichoso viento, una brizna cruzó volando la frontera y se posó en el otro extremo.
El centinela patrullero se la quedó mirando muy serio, luego miró más serio todavía a su presunto enemigo mortal del otro lado de la línea, se quedó pensativo unos instantes y, por fin, cogíó un puñado de hierba de su extremo y lo lanzó al otro.
Ambos soltarón una sonora carcajada.
Luego, sin duda para seguir con las risas, uno tomó un puñadito de tierra, de la amada tierra patría, de la inviolable tierra patria, de la sagrada tierra patria, y se lo lanzó a su enemigo, igual que se tiran tierra los niños.
Y el otro siguió el juego, que se le prolongó por un rato largo.
Entonces, de improviso, todo un séquito apareció a un lado de la frontera. En cabeza, el Político Populista y Patriotero de turno. El centinela de ese lado, por guardar las formas y ahorrarse un arresto, se puso firme y muy serio, al tiempo que el muchacho de otro lado hacía lo mismo por exactamente la misma razón.
"'¡Descanse, soldado!" -ordenó enérgico el Político Populista y Patriotero sin dejar de mirar de reojo a las cámaras.
Entonces, se agachó y, tomando un puñado de tierra, la beso con teatralidad entre un mar de flashes y dijo dirigiéndose directamente a cámara: "¡Esta, esta es mi tierra, la tierra de mi patria y no otra! ¡Por ella vivo, lucho y muero!"
Mientras, el pobre centinela rezaba para que no le enfocaran las cámaras o, si lo hacían, para que no se le notara mucho los problemas que estaba teniendo para aguantarse la dichosa risa.
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