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jueves, 11 de octubre de 2012

El Telegrama.

A doña Carmencita casi le da un infarto cuando sonó el timbre y apareció el amable empleado de correos.

-¡Ábrelo, ábrelo, ábrelo!

Isidro se lo tomaba con mucha más filosofía.

-¡Pero si ya sabemos lo que es! ¿Para qué tanta urgencia?

-¡Ay, Dios mío, que lo quiero ver!

Isidro desgarró el sobre con desgana y, casi sin tan siquiera leer el texto, se lo entregó a su mujer.

-Toma, anda, ya está, ahí lo tienes.

-¡Ay, Dios mío, Ay, Dios mío, el Nobel, el Nobel, el Nobel!

Isidro se levantó de la mesa para tomar un helado de la nevera. Sonrió irónico, pues la escena parecía sacada de una de sus novelas: a un tío le comunican que es el nuevo premio Nobel de Literatura entre el filete con patatas y el postre.

Entonces sonó el teléfono, las noticias -malas o buenas- vuelan.

-No estoy para nadie, Carmencita.

-¡Pero es que igual es el presidente!

-¡Para ése para el que menos!

-¡Ay, hijo, qué mal has digerido siempre el éxito!

-¿Éxito, qué éxito? Mira tu misma lo que dice el telegrama: "por su precisa y desgarradora denuncia de la injusticia social, y su lucha por la igual y la concordia entre los pueblos". ¿Tú ves que haya menos injusticia ahora que cuando empecé a escribir? ¿Tú ves mucha concordia entre las naciones? ¡Soy un maldito fracasado, por mucho que un puñado de pedantes nórdicos con barba digan lo contrario!

-Lo dicho, hijo, que no sabes asimilar las alegrías.

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