Otros, menos cándidos, pensarán que el buen señor tiene un ejército de secretarios que, al más puro estilo de los elfos de Santa Papa Claus Noel, se dedica a imitar la firma de su jefe a destajo.
La realidad es más sencilla (y más cruda para el iluso que con tanto cariño guardó la felicitación navideña): el "Autopén", o "máquina de firmar".
El primer cacharro mecánico para reproducir firmas fue patentado en 1803 por el inglés John Isaac Hawkins, y, ya desde sus primeros días, las plumas más atareadas del mundo se volvieron adictas al invento.
El sistema es sencillo: una plantilla de plexiglás con la rúbrica a imitar y la máquina mueve un brazo mecánico (al que se puede adaptar un lapicero, bolígrafo, pluma o lo que se tercie) para reproducirlo a la perfección (a una sorprendente velocidad de 3.000 firmas diarias).
Si está interesado en el producto (porque usted es de mucho firmar) el modelo básico sale por unos 3.000 dolares.
Así que, amigo mío, sospeche de cualquier autógrafo que no haya visto firmar en persona. Desde los presidentes de Estados Unidos a estrellas del cine y del deporte (y, en general, cualquiera al que le compense gastarse la pasta gansa que vale el cacharrito) usan "Autopen".
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