Porque todos hemos sufrido, y -con demasiada frecuencia- ese sufrimiento es la justificación del dolor que causamos al prójimo; porque han sido injustos con todos nosotros, y parece que eso nos da el derecho de ejecutar la injusticia; porque, en suma, es como si la condición de víctimas nos eximiera de rendir cuentas por nuestros actos.
Porque, claro, siempre empezaron ellos, y yo sólo me defendía.
Es por esto que admiro todo lo que soy capaz de respetar, y respeto todo lo que soy capaz de admirar, a aquellos que no pagan odio con odio, ni dolor con dolor.
Para mi, son los cristianos más grandes del mundo, aunque nunca vayan a misa (o, incluso, aunque ni tan siquiera les haya dado por eso de creer en Dios).

Este señor es Bill Pelke. Su abuela fue cosida a cuchilladas durante un robo y él lideró la campaña internacional que libró a la asesina de la silla eléctrica. Es el tipo de persona a la que me refería un poco más arriba.
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