Efectivamente, como confirma el legendario Principio de Dominguín, el placer del ligoteo no es tanto el ayuntamiento en sí, sino ir narrando por ahí la hazaña (en singular, amigo, que ya no está usted para muchos trotes ni galopes).
¡Contarlo es lo que mola, señores! Por mucho que uno presuma de ser un señor, un caballero y maquinista del tren de las rectas costumbres. ¿Quién se resiste a chulearse en su barra habitual con un cubata y unos olivas por testigos?
En fin, supongo que es una demostración práctica del viejo refrán de "dime de qué presumes y te diré de qué careces". Es este caso, la carencia es el Amor.
Volviendo al principio para terminar, que los que tanto alardean de lo de esta y aquella niña tan mona y tan ocasional de la oficina, y se burlan de los que no cambian a la de cincuenta por dos de veinticinco, se mueren de puritita envidia en el fondo de sus vacíos corazones.
Se lo digo yo.
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