-¡Alvarito!, ¿tienes eso?
Álvaro Galaer estaba un poco harto del paternalismo chulesco de su jefe, pero no le quedaba otra. Don Julio María estaba bien respaldado desde muy arriba, y la primera ley de la Investigación Ciéntifica es no tocarle las narices al que paga la factura de las probeta.
-Si, jefe. Aquí está.
-¡Te tengo dicho que no hace falta que me llames "jefe"! Al fin y al cabo, somos colegas de profesión. Con "Don Julio" me conformo.
-De acuerdo, Don Julio.
Sí, por diplomas, los dos tenían los mismos conocimientos y formación, pero, en la práctica, ahí el que dirigía el equipo de investigación era Álvaro, y el que iba a comer con el Señor Ministro era Don Julio María.
El jefe abrió la carpeta. Tenía curiosidad por saber los resultados de una investigación que, oficialmente, él había liderado. Fue directo a la última hoja. A él todas esas tonterías técnicas le traían sin cuidado. De hecho, la mayoría le sonaban a chino distante. Al fin y al cabo, hacía casi tres décadas que había terminado la carrera (y no del modo más brillante).
Don Julio puso un gesto de contrariedad enojada y le devolvió la carpeta a Álvaro con un gesto brusco.
-¡Esto está todo mal, Alvarito! ¡Parece que hablo para las paredes, joder!
-¿Qué está mal, Don Julio? Es una seria y exhaustiva investigación que da unos resultados científicamente rigurosos.
-¡Me da igual, coño! ¿Tú te crees que me puedo presentar ante el Señor Ministro diciéndole que hay que cerrar la central y echar a la puta calle a todos esos votantes en año de elecciones? ¡Rehaz el informe, y esta vez que dé el resultado que te dije que tenía que salir!
Álvaro empezaba a estar más que harto de todo aquello.
Pero la alternativa era el paro.
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