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martes, 4 de diciembre de 2012

El Hombre que Se Hizo Amigo de un Gallo.

Luis se sentó en la cama y alargó la mano para poner el despertador. Según lo cogía, se percartó de que no hacía falta, de que nunca más haría falta. En fin, era la fuerza de la costumbre.

Contempló el cacharro. ¿Cuántos años llevaban juntos? Había perdido la cuenta, pero eran muchos. No como los despertadores digitales de las tiendas, que a la mínima ya se apagaban para siempre y había que tirarlos. ¡Si es que ya no hacían los aparatos como antes!

Acarició las dos campanas que coronaban la esfera, ¡las dichosas campanitas! ¿Cuántas veces le habrían despertado a bofetadas sonoras durante su vida? ¡Miles sin duda! ¡Y siempre había sentido la tentación de coger al reloj y estrellarlo contra la pared! Pero, al final, nunca lo hacía. Lo había dejado para más adelantes, para una ocasión oportuna y especial, precisamente para ese día. Pero, no, no sentía las más mínimas ganas de tomarse la revancha de su verdugo. Al contrario, se percató de que todos aquellos años de trabajo no habrían sido posibles si ese aparatito no hubiera cumplido con su tan ingrata obligación. En efecto, el malo no era el despertador sino la condena biblíca de tener que ganarse el pan con el sudor de la propia frente desde primerísima hora de la mañana.

Le dio cuerda como todas las noches, aunque esta vez con un cariño especial. Aunque ya no le fuera a arrancar más del sueño cada mañana, tenía que seguir cumpliendo con su misión de marcar la hora y el minuto con la razonable exactitud de la tecnología mecánica.

Sí, sin duda, a aquel despertador le quedaba cuerda para rato, a los dos les quedaba cuerda para rato.

Luis depositó a su presunto enemigo íntimo, a su compañero de viaje, a su camarada de madrugones en la mesilla con un mimo inédito . "¡Hasta cuando nos despertemos, amigo, de ahora en adelante vamos a dormir un ratito más cada día, que los dos nos lo tenemos bien ganado!", dijo con un sonrisa sazonada de una levísima pizca de nostalgia, y se metió en la cama a dormir, por fin, todo lo que le diera la gana.



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