La viejecita de aspecto frágil y mirada decidida entró en el plató. Al instante, el antiguo galán chulo y canalla reconvertido a pseudo-periodista con corazón y conciencia social se lanzó a ayudarla a sentarse.
-Gracias, joven, pero no me hace falta su ayuda. Si alguna alguna vez preciso de ella, se lo haré saber.
-¡Es un honor tenerla en mi programa!
-Bueno, no soy más que una vieja con buena voluntad y mucha cabezonería.
-¡Y todo un ejemplo a seguir!
-¿Seguro? ¿Pues entonces por qué casi nadie me sigue, leñe? Los que se sienten más culpables me dan dinero, el resto se conforma con confesarme lo mucho que me admiran, y lo mucho más que les gustaría ser como yo, pero es que yo soy especial, estoy hecha de otra pasta. ¡No soy más que una señora de pueblo con formación básica! ¿Qué tiene eso de especial? Pero claro, están todos muy ocupados buscando la "felicidad", como si eso fuera tan difícil y quitara tanto tiempo. ¿Hacer feliz a una sola persona -a sí mismos, encima-? ¡Eso es facílísimo, está al alcance de cualquiera! Nosotros, la gente como yo, hacemos felices a cientos de personas, ¡eso sí que es complicado!
-¿Y usted, es feliz?
-No lo sé, he estado tan preocupada toda mi vida por hacer felices a los demás que no he tenido tiempo de hacerme esa pregunta tan tonta.
El pseudo-periodista puso una clásica sonrisa de dulce admiración oportunista y besó las manos de la viejecita.
-Es usted única, un regalo del cielo, un ángel del Señor...
-Vale, vale, no me babee más las manos, por favor. Entonces, ¿se une a mi causa?
-¡Ja, ja, ja, cómo es usted!
-Ya. En fin, me parece que ya hemos terminado. Si me disculpa, hay gente que me necesita mucho más que usted. De hecho, también le necesitan a usted, pero ya veo que pueden esperarle sentaditos...

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