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viernes, 13 de abril de 2012

Historias Imaginarias de un Colegio que Jamás Existió: Chiquilladas.

Cuando el asunto es simple, léase "suspensos en parciales" o "saltarse las primeras clases del lunes por sistema", la madre de Íñigo Corpaeza es la que va al cole para lidiar con el novillo.

Pero cuando lo que sale por la sala de profesores es un Miura, es el Señor Corpaeza en persona el que salta al albero de la sala de visitas.

Y, sin duda, una enorme pintada en la fachada del colegio insultando gravemente a un profesor no es un asunto baladí, y más cuando hay pruebas gráficas de la fechoría. Los móviles con cámara mezclados con la insensata arrogancia adolescente son una combinación explosiva.

Corpaeza padre esperaba medirse al director del centro en persona, por eso, cuando lo recibió el tutor raso, se sintió ofendido, aunque luego le entró un profundo alivio: "el director habría sido más duro, a este pobrecillo me lo como con patatas".

-Pensé que me entrevistaría con el Hermano Director.

-No, el asunto -de momento- es competencia del tutor.

-Entiendo. Al fin y al cabo, no es más que una chiquillida sin importancia...

-Bueno, calificar a alguien como "cabrón hijo de la gran puta" no es ninguna tontería.

-¡Que es una chiquillada, hombre! ¡El chaval, que estaría picado por alguna nota!

-En cualquier caso, y según el reglamento disciplinario, Iñigo se va a quedar una semana en casa expulsado.

-¡No me fastidies! ¿Sólo por eso? ¡Qué poca compresión! ¡Parece que no hubieras tenido 15 años, coño!

-Sí, sí que los tuve, pero no me dedica a ir insultando a mis educadores por escrito.

-¿Y dónde está ese reglamento, que yo lo vea?

-Tenga, le he sacado una copia del artículo en cuestión.

-Ya...Pues mira, me voy a llevar esto para que le eche un vistazo el gabinete jurídico de mi empresa...Ya ves, yo era igual que mi chaval cuando tenía 15 añitos...Hacía este tipo de cosas -y peores- y, mira, no me ha ido tan mal en la vida: 54 empleados tengo en la empresa. No está mal, ¿eh?...Bueno, me voy, que soy un hombre muy ocupado. Adiós y ya tendrá dirección noticias mías.

José Luis Trestuestes vio a aquel cacho de carne metido en un traje caro alejarse por el pasillo. Sabía que estaba mal juzgar a la gente, que él no era nadie para hacerlo, pero lo haría de todos modos. ¿Cómo evitar la tentación de hacer juicios de valor sobre aquel tipo? Tras 21 años de matrimonio, el señor Corpaeza decidió que se había enamorado perdidamente de una de las 54 personas que tenía en su empresa y abandonó el hogar familiar para irse a vivir con la señorita en cuestión. La madre se quedó como si le hubiera pasado un tifón por el alma -y todavía no se había recuperado- mientras que los tres hijos lo llevaban con más sosiego: papá acallaba los reproches a golpe de talonario, con coches y viajes para los mayores, y consolas y móviles para el pequeño Íñigo.

Aunque, muy posiblemente, para el señor Corpaeza todo aquello no era más que una "chiquillada".

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