En teoría, las multas deberían tener un triple efecto positivo: disuasión, castigo y reparación del daño. Lamentablemente, como casi siempre que hay dinero por medio, al
Bien le cuesta hacerse sitio.
Porque el dinero -para el que le sobra- es sólo eso, dinero.
Como el ejemplo de todas esas empresas que prefieren monopolizar, contaminar y/o derrochar recursos, y luego pagar su multita reglamentaria, antes que cambiar sus prácticas o renovar su maquinaria (seguramente, porque les sale más económico). Nosotros contentos, la administración más contenta todavía, que le den a los demás.
O el caso más extremo de todos, sin duda: el llamado "dinero de sangre" o "Diyya", una cantidad abonada a la familia de una víctima de asesinato a cambio de escapar de las frías garras de la justicia. Hay, "ofcors", diferentes categorías, desde el muy costoso "hombre musulmán" (100.000 riales saudíes-20.000 euros) a la "económica" "mujer hindú" (3.333 riales saudíes-660 euros). Eso vale una vida humana es Arabia Saudí.
(Me recuerda a la infame anécdota del Conde de Euston en el Carlton Club. Presa de un ataque de ira, cogió en brazos a un camarero y lo tiró por la ventana. Acto seguido, se compuso y afirmó de lo más formal: "cárguelo a mi cuenta").

Dicen las malas lenguas que no me he sacado el carné de conducir para no permitirles que me cobren su "impuesto".
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