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lunes, 6 de abril de 2009

Pase por Caja, por Favor (Multas Gracias).

Las multas son la más perfecta demostración de que todo tiene un precio. En otras palabras, puedes hacer el mal, siempre y cuando abones el importe (a la autoridad competente y codiciosa).

En teoría, las multas deberían tener un triple efecto positivo: disuasión, castigo y reparación del daño. Lamentablemente, como casi siempre que hay dinero por medio, al
Bien le cuesta hacerse sitio.

Porque el dinero -para el que le sobra- es sólo eso, dinero.

Como el ejemplo de todas esas empresas que prefieren monopolizar, contaminar y/o derrochar recursos, y luego pagar su multita reglamentaria, antes que cambiar sus prácticas o renovar su maquinaria (seguramente, porque les sale más económico). Nosotros contentos, la administración más contenta todavía, que le den a los demás.

O el caso más extremo de todos, sin duda: el llamado "dinero de sangre" o "Diyya", una cantidad abonada a la familia de una víctima de asesinato a cambio de escapar de las frías garras de la justicia. Hay, "ofcors", diferentes categorías, desde el muy costoso "hombre musulmán" (100.000 riales saudíes-20.000 euros) a la "económica" "mujer hindú" (3.333 riales saudíes-660 euros). Eso vale una vida humana es Arabia Saudí.

(Me recuerda a la infame anécdota del Conde de Euston en el Carlton Club. Presa de un ataque de ira, cogió en brazos a un camarero y lo tiró por la ventana. Acto seguido, se compuso y afirmó de lo más formal: "cárguelo a mi cuenta").

Dicen las malas lenguas que no me he sacado el carné de conducir para no permitirles que me cobren su "impuesto".

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