El mismo ritual de siempre ante de una corrida, el mismo calvario por no perder la costumbre.
-¿Por qué no lo dejas, hijo?
-¿Ahora, después de todo lo que he pasado, después de todo lo que te has gastado? ¿Tirar todo eso por la borda?
-¡Tú en el dinero no pienses!
-¿Has hablado con mamá?
-Sí.
-¿Le has dicho que esté tranquila?
-Sí.
-Broooooaahhh.
-¡Hijo, hijo, no me gusta verte así, vomitando de miedo!
-¡Tengo que seguir, tengo que intentarlo, yo tengo que torear en Madrid!
-¡Hijo, hijo!
-¡Vamos, que el toro no espera! Por cierto, a verr si me acuerdo de hablarle más despacio al jodido chino, que en la última no me entendió las órdenes y casi atraviesa al novillo.
Torear en Madrid, ése era el sueño de su hijo, y no hay nada que unos padres no hagan por eso. Sólo parecía haber un camino y venderían hasta la casa si fuera preciso para recorrerlo.
-Amalio, habla con Molecha y pregúntale por cuánto nos saldría buscarle una tarde a mi hijo en Madrid.
-Yo te lo digo, José, por un ojo de la cara.
-Bueno, es igual, tengo dos.
martes 31 de mayo de 2011
lunes 30 de mayo de 2011
"El Pepsi-Cola" (7).
Con picadores, por fin el debut con picadores. Pero, ¿qué picadoress?
-No te preocupes chaval, que yo conozco a uno de toda confianza. Florián García Yosé "Aceitunero".
-¿Y a éste de dónde tenemos que sacarle?
-De ninguna parte. Es él que nos va a sacar los cuartos.
-¡Otro gasto más!
-Tranquilo, éste es el más económico del panorama. Además, dile al patrocinador que se rasque más el bolsillo, que estamos llevando al nombre de su producto por todo el país.
-Intentaré, pero, ¡menudo es el tío!
-¿Y el otro picador?
-Me han hablado de uno, pero tiene poca experiencia.
-Por tanto, cobrará poquito, ese nos puede valer. ¿Cómo se llama?
-Hombre, llamarse lo que se dice llamarse, se llama un nombre muy raro. Lo tengo aquí apuntado con su teléfono...Se llama"Xiao Jinguang"
-¿Cómo?
-Pero en los carteles irá como "Toni de Juan, 'el Dragón Chino'"
-¿Es chino?
-Sí, es uno que tiene un comercio de ultramarinos en Dos Hermanas, y que ha cogido mucha afición a nuestra fiesta.
-Pero, ¿ha picado alguna vez?
-No, pero ya tiene experiencia montando entre toros en alguna que otra finca.
-Es que...
-Nos sale gratis, José.
-Pero, papá.
-Nada, hijo, ése será. Pa'lante.
Así pues, Miguel Povera Gartero "Pepsi-Cola" debutó con picadores acompañado de Amadeo Sánchez Ubeda "el Parsimonioso", Julián Videla Torres "Videla II", Lorenzo Bernal Rosa "Bernales", Florián García Yosé "Aceitunero" y Xiao Jinguang, alias "Toni de Juan", alias "El Dragón Chino".
-No te preocupes chaval, que yo conozco a uno de toda confianza. Florián García Yosé "Aceitunero".
-¿Y a éste de dónde tenemos que sacarle?
-De ninguna parte. Es él que nos va a sacar los cuartos.
-¡Otro gasto más!
-Tranquilo, éste es el más económico del panorama. Además, dile al patrocinador que se rasque más el bolsillo, que estamos llevando al nombre de su producto por todo el país.
-Intentaré, pero, ¡menudo es el tío!
-¿Y el otro picador?
-Me han hablado de uno, pero tiene poca experiencia.
-Por tanto, cobrará poquito, ese nos puede valer. ¿Cómo se llama?
-Hombre, llamarse lo que se dice llamarse, se llama un nombre muy raro. Lo tengo aquí apuntado con su teléfono...Se llama"Xiao Jinguang"
-¿Cómo?
-Pero en los carteles irá como "Toni de Juan, 'el Dragón Chino'"
-¿Es chino?
-Sí, es uno que tiene un comercio de ultramarinos en Dos Hermanas, y que ha cogido mucha afición a nuestra fiesta.
-Pero, ¿ha picado alguna vez?
-No, pero ya tiene experiencia montando entre toros en alguna que otra finca.
-Es que...
-Nos sale gratis, José.
-Pero, papá.
-Nada, hijo, ése será. Pa'lante.
Así pues, Miguel Povera Gartero "Pepsi-Cola" debutó con picadores acompañado de Amadeo Sánchez Ubeda "el Parsimonioso", Julián Videla Torres "Videla II", Lorenzo Bernal Rosa "Bernales", Florián García Yosé "Aceitunero" y Xiao Jinguang, alias "Toni de Juan", alias "El Dragón Chino".
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domingo 29 de mayo de 2011
"El Pepsi-Cola" (6).
-¡Hombre, Amalio, cuánto tiempo! Te tengo perdida la pista ¿Cómo te van las cosas!
-¡Tirando, Pepón, tirando!
-¡No digas eso, que tú eres un hombre de recursos!
-Mira, te presento, este es Miguel Povero, "El Pepsi-Cola", prometedor novillero. Seguro que ya has oído hablar de él.
-¿El Pepsi-Cola?...Sí, me suena.
-¡Y más que te va a sonar! Que lo apodero yo y ya sabes el ojo que tengo. Mira, pasado torea aquí al lado, y te traemos un par de entraditas para que vayas a ver lo bueno que es...¡Y luego se lo cuentes a tus lectores y a tus oyentes!
-¿Dónde dices que es la novillada?
-Está todo en el sobre.
-Ya...Ya, veo sí...Bueno, ¡pues habrá que ir a verte, chaval! ¡No me decepciones!
-Descuide, señor.
-¡Un abrazo, Amalio!
-¡Un abrazó, Pepón!
El orondo y barbudo crítico taurino abandonó el bar saludando al tendido con su mano zurda.
-¡Ya puedes estar bien chaval, que la oportunidad es única y nos jugamos mucho!
-¡Que amable ha sido Pepe Molecha en aceptar la invitación!
-Sí, "El Tostadita" es un encanto cuando quiere.
-¿"El Tostadita"?
-Sí, chaval, "El Tostadita". La llaman así en el mundillo por la de veces que lo untan.
-¿Untan?
-Sí, la pasta que iba en el sobre con las entradas. ¿Te creías que esa sanguijuela de la tauromaquia se iba a tragar una novillada de tercera gratis?
-O sea que...
-Eso es chaval. Pero las cosas del toro son así, y no se pueden cambiar.
-Entonces, ¡seguro que habla bien de mí!
-No te confundas, que el presupuesto sólo nos da para que vaya. Lo de los piropos te lo vas a tener que ganar tú.
-¡Tirando, Pepón, tirando!
-¡No digas eso, que tú eres un hombre de recursos!
-Mira, te presento, este es Miguel Povero, "El Pepsi-Cola", prometedor novillero. Seguro que ya has oído hablar de él.
-¿El Pepsi-Cola?...Sí, me suena.
-¡Y más que te va a sonar! Que lo apodero yo y ya sabes el ojo que tengo. Mira, pasado torea aquí al lado, y te traemos un par de entraditas para que vayas a ver lo bueno que es...¡Y luego se lo cuentes a tus lectores y a tus oyentes!
-¿Dónde dices que es la novillada?
-Está todo en el sobre.
-Ya...Ya, veo sí...Bueno, ¡pues habrá que ir a verte, chaval! ¡No me decepciones!
-Descuide, señor.
-¡Un abrazo, Amalio!
-¡Un abrazó, Pepón!
El orondo y barbudo crítico taurino abandonó el bar saludando al tendido con su mano zurda.
-¡Ya puedes estar bien chaval, que la oportunidad es única y nos jugamos mucho!
-¡Que amable ha sido Pepe Molecha en aceptar la invitación!
-Sí, "El Tostadita" es un encanto cuando quiere.
-¿"El Tostadita"?
-Sí, chaval, "El Tostadita". La llaman así en el mundillo por la de veces que lo untan.
-¿Untan?
-Sí, la pasta que iba en el sobre con las entradas. ¿Te creías que esa sanguijuela de la tauromaquia se iba a tragar una novillada de tercera gratis?
-O sea que...
-Eso es chaval. Pero las cosas del toro son así, y no se pueden cambiar.
-Entonces, ¡seguro que habla bien de mí!
-No te confundas, que el presupuesto sólo nos da para que vaya. Lo de los piropos te lo vas a tener que ganar tú.
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sábado 28 de mayo de 2011
"El Pepsi-Cola" (5).
Se mató a los novillos, que no es poco, teniendo en cuenta las circunstacias. "El Pepsi-Cola" no estuvo ni bien ni mal, "Manolín Caracol" regular y Pérez Alucén todo lo contrario.
No obstante, aquella manada de paletos ebrios que tenían por público no se merecía más, ni lo habría apreciado ni lo habría recordado al día siguiente.
De vuelta en la furgoneta alquilada, todos iban en silencio, o porque estaban dormidos, o porque no tenían nada que decir.
Al final, "EL Pepsi-Cola" le acercó la boca a la oreja a su padre.
-Llamaste a mamá, ¿verdad?
-Lo primero que hice al terminar.
-Se pasa miedo.
-Joder, ¿y por qué no lo dejas?
-Porque también me gusta.
-¡Pues estamos listos!
-Se pasa mucho miedo.
-No te entiendo, hijo.
-¡Yo es que quiero llegar a ser algo, y que mamá y tú estéis orgullosos de mí!
-¡Estaríamos igual de orgullosos si te hicieras registrador de la propiedad!
-¡Pero es que mi sueño es este! ¡Es mi sueño, aunque se pase tanto miedo!
"El Pepsi-Cola" empezó a llorar bajito, con el único llanto que un hombre tolera sin sentir que se le quiebra la hombría: las lágrimas delante de un padre.
José besó a su hijo en la frente y le acarició los cabellos, como cuando era pequeño y le venía con una herida en la rodilla.
No obstante, aquella manada de paletos ebrios que tenían por público no se merecía más, ni lo habría apreciado ni lo habría recordado al día siguiente.
De vuelta en la furgoneta alquilada, todos iban en silencio, o porque estaban dormidos, o porque no tenían nada que decir.
Al final, "EL Pepsi-Cola" le acercó la boca a la oreja a su padre.
-Llamaste a mamá, ¿verdad?
-Lo primero que hice al terminar.
-Se pasa miedo.
-Joder, ¿y por qué no lo dejas?
-Porque también me gusta.
-¡Pues estamos listos!
-Se pasa mucho miedo.
-No te entiendo, hijo.
-¡Yo es que quiero llegar a ser algo, y que mamá y tú estéis orgullosos de mí!
-¡Estaríamos igual de orgullosos si te hicieras registrador de la propiedad!
-¡Pero es que mi sueño es este! ¡Es mi sueño, aunque se pase tanto miedo!
"El Pepsi-Cola" empezó a llorar bajito, con el único llanto que un hombre tolera sin sentir que se le quiebra la hombría: las lágrimas delante de un padre.
José besó a su hijo en la frente y le acarició los cabellos, como cuando era pequeño y le venía con una herida en la rodilla.
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viernes 27 de mayo de 2011
"El Pepsi-Cola" (4).
Es inevitable, en todos los pueblos siempre hay un baboso que les suelta a los toreros cuando llegan al hotel:
"¡Ya veréis esta tarde, que los toros que tenemos aquí no han pasado por el barbero"
Hotel por decir algo, que aquello era una pensión, y regalándole el suficiente con una cuatro raspado
-No hagas ni caso, chaval. -intentó tranquilizar Amalio.
"El Pepsi-Cola" se hizo el machito y asintió.
El traje no le quedaba mal. De hecho, de los cien toreros que debían de haberlo lucido, sin duda "El Pepsi-Cola" estaba entre los diez mejores.
-¿Qué hora es? -preguntaba cada cinco minutos como pregunta un reo de muerte.
-Ya queda poco, chaval. Tranquilo.
"El Pepsi-Cola" siguió haciéndose el machito, aunque no sabía por cuanto tiempo más podría seguir con la tragi-comedia. Rezaba oraciones de torero, paseaba inquieto por la habitación y preguntaba constantemente a su padre: "¿Has llamado a mamá? Esta tranquila, ¿verdad?"
Hasta que llegó el momento.
-Bueno, chaval, vamos "pa'llá"
Entonces le asaltaron a miedo armado la angustia, la arcada, la carrera al baño. los ruidos ahogados, el vómito...
-Hijo, ¿quieres que lo dejemos? ¡No te preocupes por el dinero que hemos dado, nos vamos y aquí no ha pasado nada! ¡Y a los paletos que les den morcilla!
A lo que "El Pepsi-Cola" contesto con un lacónico "vamos, que la plaza aguarda", como si nada hubiera pasado.
Afuera le esperaban su cuadrilla y tres o cuatro niños cotillas.
En la puerta de la plaza portátil, conoció a sus compañeros de tarde: Manuel Barcena "Manolín Caracol" y Jose María Pérez Alucén.
-¡Señores, que Dios reparta suerte!
"¡Ya veréis esta tarde, que los toros que tenemos aquí no han pasado por el barbero"
Hotel por decir algo, que aquello era una pensión, y regalándole el suficiente con una cuatro raspado
-No hagas ni caso, chaval. -intentó tranquilizar Amalio.
"El Pepsi-Cola" se hizo el machito y asintió.
El traje no le quedaba mal. De hecho, de los cien toreros que debían de haberlo lucido, sin duda "El Pepsi-Cola" estaba entre los diez mejores.
-¿Qué hora es? -preguntaba cada cinco minutos como pregunta un reo de muerte.
-Ya queda poco, chaval. Tranquilo.
"El Pepsi-Cola" siguió haciéndose el machito, aunque no sabía por cuanto tiempo más podría seguir con la tragi-comedia. Rezaba oraciones de torero, paseaba inquieto por la habitación y preguntaba constantemente a su padre: "¿Has llamado a mamá? Esta tranquila, ¿verdad?"
Hasta que llegó el momento.
-Bueno, chaval, vamos "pa'llá"
Entonces le asaltaron a miedo armado la angustia, la arcada, la carrera al baño. los ruidos ahogados, el vómito...
-Hijo, ¿quieres que lo dejemos? ¡No te preocupes por el dinero que hemos dado, nos vamos y aquí no ha pasado nada! ¡Y a los paletos que les den morcilla!
A lo que "El Pepsi-Cola" contesto con un lacónico "vamos, que la plaza aguarda", como si nada hubiera pasado.
Afuera le esperaban su cuadrilla y tres o cuatro niños cotillas.
En la puerta de la plaza portátil, conoció a sus compañeros de tarde: Manuel Barcena "Manolín Caracol" y Jose María Pérez Alucén.
-¡Señores, que Dios reparta suerte!
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jueves 26 de mayo de 2011
"El Pepsi-Cola" (3).
El sonriente ochentero miraba ilusionado por la ventanilla del utilitario.
-Amalio, que yo a este hombre le veo muy mayor.-susurró José.
-Que no, joder. Admito que "el Parsimonioso" no es lo que era, pero lo que ha perdido en facultades, lo suple con la experiencia....¡Verdad que estás hecho un fiera, Amadeo!
-¡Como nunca, Don Amalio!
-Le chillas porque está sordo, ¿verdad?
-Sí.
-Joder...
El jefe de servicio firmó con cara de despiste los papeles del permiso, estrechó la mano de Amalio y siguió con sus cosas.
-No sabía que fueras doctor en psiquiatría, Amalio -susurró José.
-Para salir adelante en el mundo del toro hay que ser muchas cosas. A mi me ha tocado ser teniente coronel de la Guardia Civil, presidente de una caja de ahorros y una vez hasta Marqués de la Alcarria.
-Vamos a acabar tú y yo entre rejas, macho.
-Todo por un hijo, José, todo por un hijo.
-Y este tío al que sacamos, ¿es banderillero de verdad?
-Sí, y de los mejores. Lo único, que se cree que estamos en 1942 y él va en la cuadrilla de Manolete. Por eso lo internaron aquí. Tú síguele el juego e irá todo de perlas.
-Joder...
El director de la prisión provincial dio un abrazo al muchacho.
-¡Suerte, "Bernales"!
-Se hará lo que se pueda, jefe.
-Y el viernes te quiero de vuelta.
-Descuide, jefe.
-¿Y le concede permisos penitenciarios para salir a torear? -susurró José.
-Es que el director es muy, muy aficionado a la fiesta.
-Y tanto. ¿Y a éste por qué le metieron entre rejas?
-Nada, que en la plaza de Almagro, yendo con Carlos Valencia "Carlín", unos se pusieron muy babosos a la salida, y el "Bernales" es de sangre caliente.
-¿Y qué les hizo?
-Na, que la gente es muy quejica. Que ninguno estuvo en el hospital más de una semana.
-Joder....
Así quedó la cuadrilla de Miguel Povera Gartero "Pepsi-Cola" conformada por Amadeo Sánchez Ubeda "el Parsimonioso", Julián Videla Torres "Videla II" y Lorenzo Bernal Rosa "Bernales".
-Amalio, que yo a este hombre le veo muy mayor.-susurró José.
-Que no, joder. Admito que "el Parsimonioso" no es lo que era, pero lo que ha perdido en facultades, lo suple con la experiencia....¡Verdad que estás hecho un fiera, Amadeo!
-¡Como nunca, Don Amalio!
-Le chillas porque está sordo, ¿verdad?
-Sí.
-Joder...
El jefe de servicio firmó con cara de despiste los papeles del permiso, estrechó la mano de Amalio y siguió con sus cosas.
-No sabía que fueras doctor en psiquiatría, Amalio -susurró José.
-Para salir adelante en el mundo del toro hay que ser muchas cosas. A mi me ha tocado ser teniente coronel de la Guardia Civil, presidente de una caja de ahorros y una vez hasta Marqués de la Alcarria.
-Vamos a acabar tú y yo entre rejas, macho.
-Todo por un hijo, José, todo por un hijo.
-Y este tío al que sacamos, ¿es banderillero de verdad?
-Sí, y de los mejores. Lo único, que se cree que estamos en 1942 y él va en la cuadrilla de Manolete. Por eso lo internaron aquí. Tú síguele el juego e irá todo de perlas.
-Joder...
El director de la prisión provincial dio un abrazo al muchacho.
-¡Suerte, "Bernales"!
-Se hará lo que se pueda, jefe.
-Y el viernes te quiero de vuelta.
-Descuide, jefe.
-¿Y le concede permisos penitenciarios para salir a torear? -susurró José.
-Es que el director es muy, muy aficionado a la fiesta.
-Y tanto. ¿Y a éste por qué le metieron entre rejas?
-Nada, que en la plaza de Almagro, yendo con Carlos Valencia "Carlín", unos se pusieron muy babosos a la salida, y el "Bernales" es de sangre caliente.
-¿Y qué les hizo?
-Na, que la gente es muy quejica. Que ninguno estuvo en el hospital más de una semana.
-Joder....
Así quedó la cuadrilla de Miguel Povera Gartero "Pepsi-Cola" conformada por Amadeo Sánchez Ubeda "el Parsimonioso", Julián Videla Torres "Videla II" y Lorenzo Bernal Rosa "Bernales".
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miércoles 25 de mayo de 2011
"El Pepsi-Cola" (2).
Tras mucho tentadero, más miedo y algún que otro antiguo favor que don Amalio -su flamante apoderado- estuvo dispuesto a cobrar para ayudarle, a Miguel Povera "Pepsi-Cola" por fin le salió una novillada sin caballos en lo más oscuro del abismo de las plazas ínfimas de la España profunda.
-Pero una corrida es una corrida, chaval" -le soltó don Amalio.
Miguel asintió con una sonrisa de gran ilusión. El padre también asintió, pero el lo hacía preocupado. Veía a su hijo tan loco por los toros, que se le había contagiado la locura, y hasta se iba a meter en un crédito para que su chaval participara en aquella novillada.
-Bueno, ahora sólo queda que cerremos los flecos.
-Sí, por ejemplo, que el chaval no tiene cuadrilla.
-¡Por eso no te preocupes, José! Eso ya lo tengo yo en mente.
-¿Y de dónde los vas a sacar?
-Pues, a los banderilleros, a uno de una residencia para la tercera edad, a otro de un hospital psiquiátrico y al tercero de la cárcel.
-¡¿Cómo?! ¿Nos tomas el pelo?
-Yo nunca bromeo con los toros.
-¡Pues menos mal que no hay picadores!
-Ahí lleva razón el chaval.
-Ya. En fin, espero que el Jerceña también se rasque el bolsillo con generosidad, que, al fin y al cabo, al final el chaval se va a jugar la vida para promocionar su bebida.
-¡Habrá que hablar con él, habrá que hablar con él!...Bueno, chaval, ahora lo importante es que te concentres en los entrenamientos y nos dejes todo lo demás a tu padre y a mí, que ya nos encargamos nosotros.
-Pero una corrida es una corrida, chaval" -le soltó don Amalio.
Miguel asintió con una sonrisa de gran ilusión. El padre también asintió, pero el lo hacía preocupado. Veía a su hijo tan loco por los toros, que se le había contagiado la locura, y hasta se iba a meter en un crédito para que su chaval participara en aquella novillada.
-Bueno, ahora sólo queda que cerremos los flecos.
-Sí, por ejemplo, que el chaval no tiene cuadrilla.
-¡Por eso no te preocupes, José! Eso ya lo tengo yo en mente.
-¿Y de dónde los vas a sacar?
-Pues, a los banderilleros, a uno de una residencia para la tercera edad, a otro de un hospital psiquiátrico y al tercero de la cárcel.
-¡¿Cómo?! ¿Nos tomas el pelo?
-Yo nunca bromeo con los toros.
-¡Pues menos mal que no hay picadores!
-Ahí lleva razón el chaval.
-Ya. En fin, espero que el Jerceña también se rasque el bolsillo con generosidad, que, al fin y al cabo, al final el chaval se va a jugar la vida para promocionar su bebida.
-¡Habrá que hablar con él, habrá que hablar con él!...Bueno, chaval, ahora lo importante es que te concentres en los entrenamientos y nos dejes todo lo demás a tu padre y a mí, que ya nos encargamos nosotros.
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martes 24 de mayo de 2011
"El Pepsi-Cola". (1)
-¿Pero tú de verdad crees que mi chaval vale para torero, Amalio?
-Hay que verle, hay que verle.
-¡Pero si no tenemos ni para comprarle un traje!
-Habrá que apañarlo, habrá que apañarlo.
Miguel Povera Gartero tenía muchísima afición, y algo menos de valor. Pero lo primero pudo más que lo segundo, por lo que un día le dijo a su padre José que se quería meter a torero. O, al menos, intentarlo.
El hombre, como todos los padres, trató de sacarle los pájaros con cuernos de la cabeza, pero se tuvo que conformar con prometerle que haría todo lo posible por ayudarle.
La papeleta de decidir quién se lo explicaba a la madre se la jugaron a suertes.
Lo único que se le ocurrió al padre fue contactar con un conocido de un amigo de un conocido, que había sido mozo de espadas de la segundísima figura de la década de los 70 Manuel Brojero Pérez "Brojerita Chico".
Amalio Padrastreda, que si se llamaba el gachó, aceptó ver al chaval hacer un poco de toreo de salón y echarle una mano en todo lo que pudiera.
-¿Pero cómo solucionamos lo del traje, Amalio?
-Tranquilo, que algo saldrá.
-Y, para apoderarlo...
-Tranquilo de nuevo, primero, ver si hay poder que apoderar.
Al día siguiente, en el bar, el atribulado taurino José comentó el caso.
-Pero, ¿ni para alquilar tenéis?
-Eso...A lo mejor, pero me falta un capitalista que me redondee la cantidad. A cuenta de los dineros que ganará cuando triunfe, se entiende.
-¡Muy optimista te veo y te oiga, -resonó la voz de Carlos Jerceña, distribuidor de refrescos y habitual del bar del pueblo- Pero mira, como tu chaval y tú me caéis bien, cuando os haga falta un traje de luces, yo completo la cantidad.
-¿A cambio de qué, Carlos?
-¡¿Cómo que de qué?!
-¡Que nos conocemos, macho!
-Pues muy bien, mi idea es que el chaval me haga propaganda en el nombre artístico.
-¿Como dices?
-Miguel Povera "Pepsi-Cola"
-¡Tú estás loco! ¿Qué te van a decir en la central de tu empresa?
-La central está muy lejos. Esta comarca es mía y hago en ella lo que me sale de los cojones.
-Pero...¡de ningún modo, imposible!
-Hay que verle, hay que verle.
-¡Pero si no tenemos ni para comprarle un traje!
-Habrá que apañarlo, habrá que apañarlo.
Miguel Povera Gartero tenía muchísima afición, y algo menos de valor. Pero lo primero pudo más que lo segundo, por lo que un día le dijo a su padre José que se quería meter a torero. O, al menos, intentarlo.
El hombre, como todos los padres, trató de sacarle los pájaros con cuernos de la cabeza, pero se tuvo que conformar con prometerle que haría todo lo posible por ayudarle.
La papeleta de decidir quién se lo explicaba a la madre se la jugaron a suertes.
Lo único que se le ocurrió al padre fue contactar con un conocido de un amigo de un conocido, que había sido mozo de espadas de la segundísima figura de la década de los 70 Manuel Brojero Pérez "Brojerita Chico".
Amalio Padrastreda, que si se llamaba el gachó, aceptó ver al chaval hacer un poco de toreo de salón y echarle una mano en todo lo que pudiera.
-¿Pero cómo solucionamos lo del traje, Amalio?
-Tranquilo, que algo saldrá.
-Y, para apoderarlo...
-Tranquilo de nuevo, primero, ver si hay poder que apoderar.
Al día siguiente, en el bar, el atribulado taurino José comentó el caso.
-Pero, ¿ni para alquilar tenéis?
-Eso...A lo mejor, pero me falta un capitalista que me redondee la cantidad. A cuenta de los dineros que ganará cuando triunfe, se entiende.
-¡Muy optimista te veo y te oiga, -resonó la voz de Carlos Jerceña, distribuidor de refrescos y habitual del bar del pueblo- Pero mira, como tu chaval y tú me caéis bien, cuando os haga falta un traje de luces, yo completo la cantidad.
-¿A cambio de qué, Carlos?
-¡¿Cómo que de qué?!
-¡Que nos conocemos, macho!
-Pues muy bien, mi idea es que el chaval me haga propaganda en el nombre artístico.
-¿Como dices?
-Miguel Povera "Pepsi-Cola"
-¡Tú estás loco! ¿Qué te van a decir en la central de tu empresa?
-La central está muy lejos. Esta comarca es mía y hago en ella lo que me sale de los cojones.
-Pero...¡de ningún modo, imposible!
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lunes 23 de mayo de 2011
La Banda del Capitán Gusanito (y 8).
"El placer de la victoria es la alegría propia, no el dolor ajeno. Si cuando ganas, encuentras satisfacción en restregárselo al enemigo por la cara, has perdido en realidad".
Fabián y Domingo habían estado viendo el partido decisivo, cada uno a su modo. Fue al final que Domingo recordó esas palabras que hacía tantos años le había dicho el Capitán Gusanito, y se avergonzó de lo que acabada de hacer y decir.
En efecto, no pasaba un día sin que recordara algo que le había enseñado su Capitán, ni uno solo había pasado en todo aquel tiempo.
Y por la misma razón, siempre había llevado clavada en el alma la traición, y la rabia por no haber tenido el valor de pedirle perdón en su momento. Intentó localizar al Capitán al poco de que se fuera, siguiendo para ellos rumores que afirmaban que estaba repartiendo propaganda por los buzones del barrio, pero jamás logró encontrarle. Ahora podía pedir ese perdón, en realidad, ya lo había hecho, pero lo único que obtenía como respuesta era una sonrisa babeante y vacía, y, sin embargo, con un toque de dulzura y bondad. Hay cosas que nada consigue borrar.
Así pasaba y pasaría todas las tardes, con su Capitán Gusanito, con el hombre bueno que le había ayudado a convertirse en un buen hombre, con la persona que le había descubierto un mundo lleno de humanidad. Recorrería aquella senda tan agridulce como una penitencia, como la multa que le tenía que pagarle a la vida por haber sido tan malo con un hombre tan bueno. Ya no se separaría del Capitán Gusanito, por mucho que le doliera saber que el perdón que tanto ansiaba, por el que daría la vida, jamás le sería concedido en el modo que él precisaba.
"Nunca te enfades con nadie que te importe, puede que nunca tengas ocasión de pedirle que te perdone".
El Capitán Gusanito siempre estaba en lo cierto.
Fabián y Domingo habían estado viendo el partido decisivo, cada uno a su modo. Fue al final que Domingo recordó esas palabras que hacía tantos años le había dicho el Capitán Gusanito, y se avergonzó de lo que acabada de hacer y decir.
En efecto, no pasaba un día sin que recordara algo que le había enseñado su Capitán, ni uno solo había pasado en todo aquel tiempo.
Y por la misma razón, siempre había llevado clavada en el alma la traición, y la rabia por no haber tenido el valor de pedirle perdón en su momento. Intentó localizar al Capitán al poco de que se fuera, siguiendo para ellos rumores que afirmaban que estaba repartiendo propaganda por los buzones del barrio, pero jamás logró encontrarle. Ahora podía pedir ese perdón, en realidad, ya lo había hecho, pero lo único que obtenía como respuesta era una sonrisa babeante y vacía, y, sin embargo, con un toque de dulzura y bondad. Hay cosas que nada consigue borrar.
Así pasaba y pasaría todas las tardes, con su Capitán Gusanito, con el hombre bueno que le había ayudado a convertirse en un buen hombre, con la persona que le había descubierto un mundo lleno de humanidad. Recorrería aquella senda tan agridulce como una penitencia, como la multa que le tenía que pagarle a la vida por haber sido tan malo con un hombre tan bueno. Ya no se separaría del Capitán Gusanito, por mucho que le doliera saber que el perdón que tanto ansiaba, por el que daría la vida, jamás le sería concedido en el modo que él precisaba.
"Nunca te enfades con nadie que te importe, puede que nunca tengas ocasión de pedirle que te perdone".
El Capitán Gusanito siempre estaba en lo cierto.
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domingo 22 de mayo de 2011
La Banda del Capitán Gusanito (7).
Resulta difícil decidir si, en caso de fuga masiva de alumnos, es peor que se entere el directo o los padres. Difícil e inútil, porque ambos se enteraron y ambos estuvieron de acuerdo en qué había que hacer.
Gracias a que las noticias vuelan, se pudo celebrar la última reunión de la Banda del Capitán Gusanito, en mitad del patio, en mitad del recreo. No obstante, fue rápida, torpe...e incompleta.
-¿Y Domingo? ¿No le habéis avisado?
-¡¿Cómo puedes decir eso después de lo que hizo?! ¡Domingo ya no es de la Banda, es un hijo de puta traidor!?
-¡No digas eso!
-¡Pero si es lo que es!
-No, no es ningún traidor. Simplemente, dejé de ser necesario para él, y como ya no hago falta aquí, pues me voy.
-¡Pero sí que eres necesario...para nosotros! ¡Y no te vas, te echan!
-No, no, es una ilusión, un truco que hace el cariño, que es de los mejores magos del mundo. Pero lo cierto es que ya no os hago falta, os daréis cuenta pronto, mañana mismo.
Entonces apareció por detrás un jefe de estudios tétrico y sombrío, y con sendos gestos de mano y cabeza le indicó, de la manera más educado en que se puede ser mala persona, que se largara de inmediato.
-Desde este momento, quedáis licenciados. ¡Os ordenos que vayáis y busquéis una banda mejor que ésta! ¡Hasta siempre, mis valientes! Olvidadme a mí, si queréis, pero -por favor- no olvidéis cualquier cosa que hayáis aprendido de mí.
-¡Jamás, jamás te olvidaremos!
-Última lección: "Eso que acabas de prometer, a menudo es imposible de cumplir", Bueno, esa es la penúltima. La última es que nunca lloréis más de lo estrictamente necesario para el alma. La risa, en cambio, la podéis derrochar.
Y así, con todos sus secuaces llorando, se fue para siempre de allí el Capitán Gusanito.
Sí, digo bien, con todos. Tres lo hacían en el patio. El otro, lloraba solo encerrado en uno de los váteres.
Gracias a que las noticias vuelan, se pudo celebrar la última reunión de la Banda del Capitán Gusanito, en mitad del patio, en mitad del recreo. No obstante, fue rápida, torpe...e incompleta.
-¿Y Domingo? ¿No le habéis avisado?
-¡¿Cómo puedes decir eso después de lo que hizo?! ¡Domingo ya no es de la Banda, es un hijo de puta traidor!?
-¡No digas eso!
-¡Pero si es lo que es!
-No, no es ningún traidor. Simplemente, dejé de ser necesario para él, y como ya no hago falta aquí, pues me voy.
-¡Pero sí que eres necesario...para nosotros! ¡Y no te vas, te echan!
-No, no, es una ilusión, un truco que hace el cariño, que es de los mejores magos del mundo. Pero lo cierto es que ya no os hago falta, os daréis cuenta pronto, mañana mismo.
Entonces apareció por detrás un jefe de estudios tétrico y sombrío, y con sendos gestos de mano y cabeza le indicó, de la manera más educado en que se puede ser mala persona, que se largara de inmediato.
-Desde este momento, quedáis licenciados. ¡Os ordenos que vayáis y busquéis una banda mejor que ésta! ¡Hasta siempre, mis valientes! Olvidadme a mí, si queréis, pero -por favor- no olvidéis cualquier cosa que hayáis aprendido de mí.
-¡Jamás, jamás te olvidaremos!
-Última lección: "Eso que acabas de prometer, a menudo es imposible de cumplir", Bueno, esa es la penúltima. La última es que nunca lloréis más de lo estrictamente necesario para el alma. La risa, en cambio, la podéis derrochar.
Y así, con todos sus secuaces llorando, se fue para siempre de allí el Capitán Gusanito.
Sí, digo bien, con todos. Tres lo hacían en el patio. El otro, lloraba solo encerrado en uno de los váteres.
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sábado 21 de mayo de 2011
La Banda del Capitán Gusanito (6).
El principal abono de la inseguridad infantil y juvenil es la exclusión social. Pero aquellos niños ya no sentían excluidos, aquellos niños ya tenían su grupo. Un grupo con el que estaban contentos y que les permitían no tener tanta inseguridad.
Mas Domingo, por mucho que admirara a su Capitán Gusanito, no podía evitar tener el deseo de pertenecer al grupo de los más populares de su clase. Cierto que se metían con él, pero esos eran los que realmente triunfaban con las chicas (las guapas de verdad, no la pobre Bego, que no pasaba de simpática). Se sentía, en suma muy confuso.
Con su recién estrenada seguridad en sí mismo, Domingo comenzó a hablar con algunos compañeros en clase, e incluso sus profesores empezaron a tener que reñirle, algo que antes no hacían.
Lejos de disgustarle, aquello le agradaba, porque, cuando caía la bronca, las niñas de clase se giraban y le sonreían con admiración.
O eso le parecía a él.
Entonces llegó aquel jueves de primavera.
Hacía demasiado calor para correr, asi que los mayores del patio de comedor decidieron matar el aburrimiento haciéndole una al maldito cuidador, pero uno gorda de verdad, una sonada.
Aprovechando que estaba distraído con sus "niñitos", comenzarían a saltar por la tapia de colegio. No de golpe, que habría sido muy descarado. Lo harían de un modo discreto, progresivo, de uno a uno. La gracia estaría ver cuánto tardaría el pringado aquel en darse cuenta.
Entonces Peña, el cabecilla de los mayores, se percató de que Domingo se había separado del grupo para ir al baño, y decidió que iba a poner su toque personal, su guinda de maldad a todo aquello.
-Oye, nos vamos a fugar, ¿te vienes?
-¿Cómo a fugar?
-¡A saltar la tapia, coño!
-Pero eso...
-¿Te da miedo?
-Es que...
-¿Vienes o no?
Peña le estaba ofreciendo "ir", entrar en su mundo, ser uno de ellos, del grupo de los elegidos. Su sueño, aunque no le gustara. El Capitán Gusanito se lo había dicho muchas veces: "La verdad que te dices a ti mismo es la más dolorosa".
Lo primero que extrañó al Capitán Gusanito fue lo mucho que tardaba Domingo en volver. Luego, se dio cuenta de que el patio parecía más vacío de lo normal.
Se la habían fugado 34 alumnos en total. Estaban todos fuera del colegio, muertos de risa.
La carcajada final y más gorda, como en las fiestas de pólvora, fue cuando el Capitán Gusanito salió por la puerta, sudando, dando voces de puro miedo, esas que no impresionan a los niños, sino que les hacen más gracia.
Los ojos del Capitán y Domingo apenas se cruzaron una milésima de segundo, lo que el niño tardó en agachar la mirada.
Mas Domingo, por mucho que admirara a su Capitán Gusanito, no podía evitar tener el deseo de pertenecer al grupo de los más populares de su clase. Cierto que se metían con él, pero esos eran los que realmente triunfaban con las chicas (las guapas de verdad, no la pobre Bego, que no pasaba de simpática). Se sentía, en suma muy confuso.
Con su recién estrenada seguridad en sí mismo, Domingo comenzó a hablar con algunos compañeros en clase, e incluso sus profesores empezaron a tener que reñirle, algo que antes no hacían.
Lejos de disgustarle, aquello le agradaba, porque, cuando caía la bronca, las niñas de clase se giraban y le sonreían con admiración.
O eso le parecía a él.
Entonces llegó aquel jueves de primavera.
Hacía demasiado calor para correr, asi que los mayores del patio de comedor decidieron matar el aburrimiento haciéndole una al maldito cuidador, pero uno gorda de verdad, una sonada.
Aprovechando que estaba distraído con sus "niñitos", comenzarían a saltar por la tapia de colegio. No de golpe, que habría sido muy descarado. Lo harían de un modo discreto, progresivo, de uno a uno. La gracia estaría ver cuánto tardaría el pringado aquel en darse cuenta.
Entonces Peña, el cabecilla de los mayores, se percató de que Domingo se había separado del grupo para ir al baño, y decidió que iba a poner su toque personal, su guinda de maldad a todo aquello.
-Oye, nos vamos a fugar, ¿te vienes?
-¿Cómo a fugar?
-¡A saltar la tapia, coño!
-Pero eso...
-¿Te da miedo?
-Es que...
-¿Vienes o no?
Peña le estaba ofreciendo "ir", entrar en su mundo, ser uno de ellos, del grupo de los elegidos. Su sueño, aunque no le gustara. El Capitán Gusanito se lo había dicho muchas veces: "La verdad que te dices a ti mismo es la más dolorosa".
Lo primero que extrañó al Capitán Gusanito fue lo mucho que tardaba Domingo en volver. Luego, se dio cuenta de que el patio parecía más vacío de lo normal.
Se la habían fugado 34 alumnos en total. Estaban todos fuera del colegio, muertos de risa.
La carcajada final y más gorda, como en las fiestas de pólvora, fue cuando el Capitán Gusanito salió por la puerta, sudando, dando voces de puro miedo, esas que no impresionan a los niños, sino que les hacen más gracia.
Los ojos del Capitán y Domingo apenas se cruzaron una milésima de segundo, lo que el niño tardó en agachar la mirada.
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viernes 20 de mayo de 2011
La Banda del Capitán Gusanito (5).
Y así fueron pasando los días, las semanas y algún que otro mes. Pasando entre paseos, risas, algunos llanto y muchos gusanitos. Los demás niños se seguían metiendo con ellos, pero cada menos, y cada vez menos les importaba a los integrantes de la Banda.
-¿Sabéis? Una de las cosas más importantes en al vida es saber a quién escuchar y a quién no. Pero, ¡qué difícil distinguir! Porque las cosas que se nos dicen de corazón, por nuestro bien, a menudo son más dolorosas que los insultos.
-¡Pero lo de estos...!
-¡Estos son unos gilipollas, os lo digo yo! ¡Ni caso!
-Ja, ja, ja, ja...
-Pero al que siempre tenéis que escuchar es a ti mismo, pero con sinceridad, sin mentirte. Escuchad la voz que te resuenan en los oídos cuando te despiertas en mitad de la noche. Esa, nunca te engañará, porque es la voz de la conciencia, la voz del alma, la voz más pura y más sincera que tenemos dentro todos los seres humanos..
El Capitán siempre hacía la reflexión precisa, el chiste oportuno, el comentario perfecto. parecía tener respuestas para todo, parecía el hombre más sabio del mundo.
Y, por lo muy sabio que era, sabía perfectamente que aquellos niños algún día aprenderían a volar, que dejarían de necesitarle y le abandonarían por otros cielos más limpios, frescos y azules.
Sería de un modo natural, del mismo modo que siempre se cumplen todas las leyes de la Naturaleza.
Y, seguramente, el momento no tardaría demasiado en llegar.
Pero era mejor no pensarlo, limitarse a disfrutar cada día y cada hora. Ese era el secreto de la Felicidad, que también compartió con sus jóvenes amigos.
No obstante, el fatídico día llego, como tenía. Y lo de hizo de un modo más cruel e inesperado de lo que el Capitán Gusanito había previsto.
-¿Sabéis? Una de las cosas más importantes en al vida es saber a quién escuchar y a quién no. Pero, ¡qué difícil distinguir! Porque las cosas que se nos dicen de corazón, por nuestro bien, a menudo son más dolorosas que los insultos.
-¡Pero lo de estos...!
-¡Estos son unos gilipollas, os lo digo yo! ¡Ni caso!
-Ja, ja, ja, ja...
-Pero al que siempre tenéis que escuchar es a ti mismo, pero con sinceridad, sin mentirte. Escuchad la voz que te resuenan en los oídos cuando te despiertas en mitad de la noche. Esa, nunca te engañará, porque es la voz de la conciencia, la voz del alma, la voz más pura y más sincera que tenemos dentro todos los seres humanos..
El Capitán siempre hacía la reflexión precisa, el chiste oportuno, el comentario perfecto. parecía tener respuestas para todo, parecía el hombre más sabio del mundo.
Y, por lo muy sabio que era, sabía perfectamente que aquellos niños algún día aprenderían a volar, que dejarían de necesitarle y le abandonarían por otros cielos más limpios, frescos y azules.
Sería de un modo natural, del mismo modo que siempre se cumplen todas las leyes de la Naturaleza.
Y, seguramente, el momento no tardaría demasiado en llegar.
Pero era mejor no pensarlo, limitarse a disfrutar cada día y cada hora. Ese era el secreto de la Felicidad, que también compartió con sus jóvenes amigos.
No obstante, el fatídico día llego, como tenía. Y lo de hizo de un modo más cruel e inesperado de lo que el Capitán Gusanito había previsto.
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jueves 19 de mayo de 2011
La Bande del Capitán Gusanito (4).
Nada une tanto como compartir una bolsa de gusanitos. Fabián lo sabía bien.
-¿Quieres?
-¡Claro!
Así fue como, uno a uno, Fabián fue pescando a los integrantes de la flamante pandilla, y fue haciendo las oportunas presentaciones. De este modo, sin darse cuenta, esos cuatro maestros de la timidez cerrada, esos cuatro damnificados de la crueldad escolar, se constituyeron en grupo, al tiempo que se chupaban de los dedos los restos del sabroso manjar infantil.
La que funcionó una vez, funcionó diez. Cada día, Fabián abría la bolsa de gusanitos, y sus cuatro compinches acudían sonrientes a la llamada de la chuchería y la amistad. Daban vueltas por el patio, y por fin no lo hacían solos. Puede que no fueran todos del mismo curso, pero, ¿qué mas daba? Charlaban lo la timidez les permitía y reían, cada día más alto.
Ese era su ratito de felicidad, ese del que todo ser humano debería tener derecho a disfrutar cada día.
"¡Mira por ahí va la Banda del Gusanito!"
Eso grito alguien un día. Los niños y su inquietante maestría para ejecutar la suerte suprema de la crueldad: buscar la manera más dolorosa de meterse con alguien que no te ha hecho absolutamente nada.
Los cuatro niños agacharon la cabeza, ninguno replicó, eran mansos, como todos los desplazados sociales del universo escolar.
Fabián, en cambio, sonrió:
-¡Vaya, nos faltaba un nombre y ese chaval nos lo ha regalado! ¡Somos la Banda del Gusanito!
-¡Y tú eres el Capitán Gusanito!-dijo Domingo.
-¡Eso es: "La Banda del Capitán Gusanito!"
Todos rieron satisfechos con la invención. Cuando las risas se apagaron, Fabián se puso un poco serio y dijo:
"Recordad, la gente no tiene la capacidad de hacernos daño. Somos nosotros los que se la dejamos prestada".
-¿Quieres?
-¡Claro!
Así fue como, uno a uno, Fabián fue pescando a los integrantes de la flamante pandilla, y fue haciendo las oportunas presentaciones. De este modo, sin darse cuenta, esos cuatro maestros de la timidez cerrada, esos cuatro damnificados de la crueldad escolar, se constituyeron en grupo, al tiempo que se chupaban de los dedos los restos del sabroso manjar infantil.
La que funcionó una vez, funcionó diez. Cada día, Fabián abría la bolsa de gusanitos, y sus cuatro compinches acudían sonrientes a la llamada de la chuchería y la amistad. Daban vueltas por el patio, y por fin no lo hacían solos. Puede que no fueran todos del mismo curso, pero, ¿qué mas daba? Charlaban lo la timidez les permitía y reían, cada día más alto.
Ese era su ratito de felicidad, ese del que todo ser humano debería tener derecho a disfrutar cada día.
"¡Mira por ahí va la Banda del Gusanito!"
Eso grito alguien un día. Los niños y su inquietante maestría para ejecutar la suerte suprema de la crueldad: buscar la manera más dolorosa de meterse con alguien que no te ha hecho absolutamente nada.
Los cuatro niños agacharon la cabeza, ninguno replicó, eran mansos, como todos los desplazados sociales del universo escolar.
Fabián, en cambio, sonrió:
-¡Vaya, nos faltaba un nombre y ese chaval nos lo ha regalado! ¡Somos la Banda del Gusanito!
-¡Y tú eres el Capitán Gusanito!-dijo Domingo.
-¡Eso es: "La Banda del Capitán Gusanito!"
Todos rieron satisfechos con la invención. Cuando las risas se apagaron, Fabián se puso un poco serio y dijo:
"Recordad, la gente no tiene la capacidad de hacernos daño. Somos nosotros los que se la dejamos prestada".
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miércoles 18 de mayo de 2011
La Banda del Capitán Gusanito (3).
Durante los siguientes días, Fabían siempre escontraba un segundo para acercarse a aquellos chicos. Los saludada y les hacía alguna pregunta sobre cualquier asunto trivial, o simplemente se interesaba sobre cómo les estaba yendo la jornada.
No pasó mucho tiempo antes de que aquellos niños le empezaran a contar cosas a Fabián. Es un ley física, simple y humana: todos necesitamso compartir nuestros problemas, y, a falta de colegas, buenos son adultos receptivos. Al principio, esperaban ansiosos a que él viniera, pero, poco a poco, fueron cogiendo la suficiente confianza como para acercarse ellos mismos.
El ritual siempre era el mismo: de la generalidad al grano, sin prisa pero sin pausa.
-Hola, Fabián.
-¡Hombre, mi amigo! ¿Cómo vas?
-Bien.
-Bien bien o bien bueno.
-Bueno, bien bueno, en realidad.
-¿Y eso?
-Cosas.
-¿Que clase de cosas?
-Pues, cosas mías.
-De casa o del cole.
-Un poco de todo.
-Pues vamos por orden, empieza por el cole.
-Bueno, nada importante en realidad.
-¿Seguro?
-Bueno, un poco.
-Explicate.
-Es....¿tú qué piensas de los chivatos?
Y así, dando mil rodeos, Fabián fue llegando al corazón de aquellos cuatro niños.
Era el momento de que la pandilla, ya formada por separado, se convirtiera en grupo.
No pasó mucho tiempo antes de que aquellos niños le empezaran a contar cosas a Fabián. Es un ley física, simple y humana: todos necesitamso compartir nuestros problemas, y, a falta de colegas, buenos son adultos receptivos. Al principio, esperaban ansiosos a que él viniera, pero, poco a poco, fueron cogiendo la suficiente confianza como para acercarse ellos mismos.
El ritual siempre era el mismo: de la generalidad al grano, sin prisa pero sin pausa.
-Hola, Fabián.
-¡Hombre, mi amigo! ¿Cómo vas?
-Bien.
-Bien bien o bien bueno.
-Bueno, bien bueno, en realidad.
-¿Y eso?
-Cosas.
-¿Que clase de cosas?
-Pues, cosas mías.
-De casa o del cole.
-Un poco de todo.
-Pues vamos por orden, empieza por el cole.
-Bueno, nada importante en realidad.
-¿Seguro?
-Bueno, un poco.
-Explicate.
-Es....¿tú qué piensas de los chivatos?
Y así, dando mil rodeos, Fabián fue llegando al corazón de aquellos cuatro niños.
Era el momento de que la pandilla, ya formada por separado, se convirtiera en grupo.
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martes 17 de mayo de 2011
La Banda del Capitán Gusanito (2).
A primera vista. Fabián Duque no era ningún niño.
Ya peinaba muchas canas, fruto sin duda de tanto ir de acá para allá, y de allá a puede que a ninguna parte.
De profesión, Fabián Duque era todo y nada, y calidad de no se sabe de cuál de las dos cosas lo contrataron en aquel colegio para hacer de todo un poco.
Incluido cuidar el patio durante los recreos del mediodía de los alumnos mediopensionistas. Ya sabe, pasear de arriba y abajo por el patio, devolver de una torpe patada una pelota que llega a tus dominios o mediar en alguna pelea a muerte sin importancia.
Fabián se tomaba su trabajo muy en serio, tanto que empezó a preocuparse porque cuatro niños parecían no tener amigos, y se dedicaban a hacer lo mismo que él: dar vueltas por las esquinas, dedicar todo su interés a una hoja seca caída de un árbol y mirar de reojo a sus compañeros jugando al fútbol.
-Hola, ¿no juegas al fútbol con tus amigos?
-No, es que...Estoy lesionado.
-Ya, claro...¿Cómo te llamas?
-Miguel.
-Encantado, Miguel. Yo soy Fabián.
Se estrecharon las manos y cada uno por su lado.
-Hola, ¿cómo es que no estás cambiando cromos con los demás?
-Es que...Me los he dejado en casa.
-¡Por supuesto!...¿Cómo te llamas?
-Jose.
-Encantado, Jose. Yo soy Fabián.
Se estrecharon las manos y cada uno por su lado.
-Hola, ¿cómo es que no estás jugando a la comba?
-Es que...Me duele este pie..
-Sí, parece un poco hinchado...¿Cómo te llamas?
-Bego.
-¿Qué tal, Bego? Yo soy Fabián.
Se estrecharon las manos y cada uno por su lado.
-Hola, ¿cómo es que no estás repasando el control como todos?
-Es que...Yo ya me lo sé muy bien.
-¡Sin duda!...¿Cómo te llamas?
-Domingo.
-Tanto gusto, Domingo. Yo soy Fabián.
Se estrecharon las manos y cada uno por su lado.
Fabián sonrió feliz. Ya se estaba formando una pandilla. Ellos no lo sabían, claro, pero la pandilla estaba en marcha.
Cuando se le conocía un poco, uno se percataba rápidamente de que Fabián Duque era un niño.
Ya peinaba muchas canas, fruto sin duda de tanto ir de acá para allá, y de allá a puede que a ninguna parte.
De profesión, Fabián Duque era todo y nada, y calidad de no se sabe de cuál de las dos cosas lo contrataron en aquel colegio para hacer de todo un poco.
Incluido cuidar el patio durante los recreos del mediodía de los alumnos mediopensionistas. Ya sabe, pasear de arriba y abajo por el patio, devolver de una torpe patada una pelota que llega a tus dominios o mediar en alguna pelea a muerte sin importancia.
Fabián se tomaba su trabajo muy en serio, tanto que empezó a preocuparse porque cuatro niños parecían no tener amigos, y se dedicaban a hacer lo mismo que él: dar vueltas por las esquinas, dedicar todo su interés a una hoja seca caída de un árbol y mirar de reojo a sus compañeros jugando al fútbol.
-Hola, ¿no juegas al fútbol con tus amigos?
-No, es que...Estoy lesionado.
-Ya, claro...¿Cómo te llamas?
-Miguel.
-Encantado, Miguel. Yo soy Fabián.
Se estrecharon las manos y cada uno por su lado.
-Hola, ¿cómo es que no estás cambiando cromos con los demás?
-Es que...Me los he dejado en casa.
-¡Por supuesto!...¿Cómo te llamas?
-Jose.
-Encantado, Jose. Yo soy Fabián.
Se estrecharon las manos y cada uno por su lado.
-Hola, ¿cómo es que no estás jugando a la comba?
-Es que...Me duele este pie..
-Sí, parece un poco hinchado...¿Cómo te llamas?
-Bego.
-¿Qué tal, Bego? Yo soy Fabián.
Se estrecharon las manos y cada uno por su lado.
-Hola, ¿cómo es que no estás repasando el control como todos?
-Es que...Yo ya me lo sé muy bien.
-¡Sin duda!...¿Cómo te llamas?
-Domingo.
-Tanto gusto, Domingo. Yo soy Fabián.
Se estrecharon las manos y cada uno por su lado.
Fabián sonrió feliz. Ya se estaba formando una pandilla. Ellos no lo sabían, claro, pero la pandilla estaba en marcha.
Cuando se le conocía un poco, uno se percataba rápidamente de que Fabián Duque era un niño.
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lunes 16 de mayo de 2011
La Banda del Capitán Gusanito (1).
Domingo nunca fue un alumno brillante, no por vago sino por torpe. Domingo no daba para más, y suerte tuvo de encontrar aquel trabajo en la residencia de ancianos. Nada especial, tan sólo entender y cumplir órdenes sencillas que precisan de mucho más músculo que cabeza. Sin embargo, le hace feliz, porque por fin había cumplido su sueño de sentirse necesario y útil.
Domingo pasa la mayor parte del tiempo con los internos "asistidos". Ahí es donde su fortaleza física, su paciencia y su cariño son más provechosos. La mayoría ni le hablan, o hablan sin decir nada (incluso algunos hasta le chillan), pero a Domingo le es igual, les acaricia y les mima de todas maneras. Las sonrisas ocasionales que le tributan son más que suficiente motivación y estímulo.
La Banda del Capitán Gusanito, así llama él en broma a los ocupantes de la sala de asistidos. Sus compañeros le siguen la broma, ayuda a endulzar un poco aquel lugar tan vacío de futuro, y también de presente o pasado. En realidad, tan vacio de todo lo que no sea lenta espera y tránsito a ninguna parte.
"¿Cómo estáis hoy, mis valientes?", dice siempre -con voz de bandolero de opereta- cuando entra a la sala para comenzar su turno.
"¡Con el cuchillo entre los dientes y listos para el combate!", le contestan el resto de trabajadores, e incluso algún interno con un punto de lucidez en el agujero negro de la demencia senil.
"¡Pues al ataque la Banda del Capitán Gusanito!", replica Domingo.
Es una de esas cosas pequeñas y maravillosas que hacen llevadero el día a día.
Aquel día, Domingo cumplió con el rito, como siempre.
-¡Mira, Domingo, tenemos a un miembro nuevo en nuestra banda!
-¿Sí?, ¡qué suerte! ¿Como te llamas, bandolero!
El anciano se limitó a levantar la vista hacia el estímulo sonoro y sonreír bobalicón.
-Se llama Fabián Duque.
Domingo, en cambio, se quedó helado.
-¿Es...es usted, mi Capitán?
Domingo pasa la mayor parte del tiempo con los internos "asistidos". Ahí es donde su fortaleza física, su paciencia y su cariño son más provechosos. La mayoría ni le hablan, o hablan sin decir nada (incluso algunos hasta le chillan), pero a Domingo le es igual, les acaricia y les mima de todas maneras. Las sonrisas ocasionales que le tributan son más que suficiente motivación y estímulo.
La Banda del Capitán Gusanito, así llama él en broma a los ocupantes de la sala de asistidos. Sus compañeros le siguen la broma, ayuda a endulzar un poco aquel lugar tan vacío de futuro, y también de presente o pasado. En realidad, tan vacio de todo lo que no sea lenta espera y tránsito a ninguna parte.
"¿Cómo estáis hoy, mis valientes?", dice siempre -con voz de bandolero de opereta- cuando entra a la sala para comenzar su turno.
"¡Con el cuchillo entre los dientes y listos para el combate!", le contestan el resto de trabajadores, e incluso algún interno con un punto de lucidez en el agujero negro de la demencia senil.
"¡Pues al ataque la Banda del Capitán Gusanito!", replica Domingo.
Es una de esas cosas pequeñas y maravillosas que hacen llevadero el día a día.
Aquel día, Domingo cumplió con el rito, como siempre.
-¡Mira, Domingo, tenemos a un miembro nuevo en nuestra banda!
-¿Sí?, ¡qué suerte! ¿Como te llamas, bandolero!
El anciano se limitó a levantar la vista hacia el estímulo sonoro y sonreír bobalicón.
-Se llama Fabián Duque.
Domingo, en cambio, se quedó helado.
-¿Es...es usted, mi Capitán?
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domingo 15 de mayo de 2011
Gracia del Río (Un Pueblo con Poco de Ambas): El Día que el Cabo Requejo Abatió a una Cucaracha a Tiros.
Si alguna vez para por Gracia del Río, y el cabo Requejo le para, para pedirle la documentación, los papeles del coche o que le de la hora, no deje de pedirle que le cuente "lo de la cucaracha".
Dicen la leyenda, y el propio cabo de la Benemérita, que al poco de llegar al pueblo, unos niños bromistas avisaron de que en su domicilio se había colado un animal. El joven e inexperto Requejo dio por supuesto que debía de tratarse de alguna alimaña de cierta envergadura, por lo que se apresuró a personarse en la dirección indicada pistola en en mano.
"¿Dónde está?, pregunto nada más llegar, y le indicaron que en la salita.
Pagando el precio de la inexperiencia (que siempre lleva los nervios como impuesto), derribó de una patada la puerta, entró dando voces y abrió fuego con los ojos cerrados. Una vez dado el tiro, salió tan deprisa como había entrado, y dijo a los atónitos chavalines de la casa: "creo que ya está muerto, porque no le se oye".
Y en efecto, cuando entraron a mirar, por increíble que parezca, los restos de la cucaracha estaban diseminados alrededor de un agujero de bala que había en el suelo.
Ante la sorpresa generalizada (de los niños, y de los vecinos que se habían personado a ver qué pasaba), el cabo Requejo se limitó a afirmar: "Ya ven, señores, la Guardia Civil nunca yerra un disparo o malgasta una bala. Misión cumplida. Buenas tardes".
Esto es lo que cuenta el Cabo Requejo, por difícil que resulte de creer. Y lo cuenta con la inmensa alegría que le transmite saber que aquella fue la primera y la última ocasión en que se ha visto forzado a abatir a alguien en el cumplimiento del deber.
Dicen la leyenda, y el propio cabo de la Benemérita, que al poco de llegar al pueblo, unos niños bromistas avisaron de que en su domicilio se había colado un animal. El joven e inexperto Requejo dio por supuesto que debía de tratarse de alguna alimaña de cierta envergadura, por lo que se apresuró a personarse en la dirección indicada pistola en en mano.
"¿Dónde está?, pregunto nada más llegar, y le indicaron que en la salita.
Pagando el precio de la inexperiencia (que siempre lleva los nervios como impuesto), derribó de una patada la puerta, entró dando voces y abrió fuego con los ojos cerrados. Una vez dado el tiro, salió tan deprisa como había entrado, y dijo a los atónitos chavalines de la casa: "creo que ya está muerto, porque no le se oye".
Y en efecto, cuando entraron a mirar, por increíble que parezca, los restos de la cucaracha estaban diseminados alrededor de un agujero de bala que había en el suelo.
Ante la sorpresa generalizada (de los niños, y de los vecinos que se habían personado a ver qué pasaba), el cabo Requejo se limitó a afirmar: "Ya ven, señores, la Guardia Civil nunca yerra un disparo o malgasta una bala. Misión cumplida. Buenas tardes".
Esto es lo que cuenta el Cabo Requejo, por difícil que resulte de creer. Y lo cuenta con la inmensa alegría que le transmite saber que aquella fue la primera y la última ocasión en que se ha visto forzado a abatir a alguien en el cumplimiento del deber.
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gracia del rio
sábado 14 de mayo de 2011
El "Cicelone Chapucelo".
-¿Y cuántos japoneses dices que son?
-Quince.
-¿Y no les puedes llevar a otro sitio mejor?
-¿Por ejemplo?
-Pues, por ejemplo, a un sitio donde tú hayas estado antes, porque me reconocerás que, para ser guía turístico, conviene conocer el lugar uno mismo previamente.
-No, si razón no te falta, pero los japoneses están emperrados con lo Córdoba.
-¿Y no hay nadie en la empresa que conozca Córdoba?
-Sí, pero yo soy el único que habla japonés.
-¡Que tú hablas japonés! ¿Desde cuándo?
-Desde que todos mentimos en los currículos..
-O sea, que tienes que enseñar Córdoba a quince altos ejecutivos de una empresa nipona, y ni conoces Córdoba ni hablas japonés.
-Más o menos.
-¿Y qué piensas hacer?
-Pues con lo del idioma, entenderme por señas.
-¿Y con lo de enseñar a esos hijos del Sol Naciente una ciudad que no conoces?
-Pues aprovecharme de que ellos tampoco...Daremos una vuelta sin rumbo el centro de la ciudad, convertiré en monumento principal cualquier edificio un poco antiguo con que nos topemos, y los meteré en todos los bares que nos encontremos, a ver si consigo emborracharlos lo más rápido posible, y con un poco de suerte luego no se acordarán de nada.
-Quince.
-¿Y no les puedes llevar a otro sitio mejor?
-¿Por ejemplo?
-Pues, por ejemplo, a un sitio donde tú hayas estado antes, porque me reconocerás que, para ser guía turístico, conviene conocer el lugar uno mismo previamente.
-No, si razón no te falta, pero los japoneses están emperrados con lo Córdoba.
-¿Y no hay nadie en la empresa que conozca Córdoba?
-Sí, pero yo soy el único que habla japonés.
-¡Que tú hablas japonés! ¿Desde cuándo?
-Desde que todos mentimos en los currículos..
-O sea, que tienes que enseñar Córdoba a quince altos ejecutivos de una empresa nipona, y ni conoces Córdoba ni hablas japonés.
-Más o menos.
-¿Y qué piensas hacer?
-Pues con lo del idioma, entenderme por señas.
-¿Y con lo de enseñar a esos hijos del Sol Naciente una ciudad que no conoces?
-Pues aprovecharme de que ellos tampoco...Daremos una vuelta sin rumbo el centro de la ciudad, convertiré en monumento principal cualquier edificio un poco antiguo con que nos topemos, y los meteré en todos los bares que nos encontremos, a ver si consigo emborracharlos lo más rápido posible, y con un poco de suerte luego no se acordarán de nada.
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viernes 13 de mayo de 2011
Historias de un Colegio Imaginario que Jamás Existió: Lección de Matemáticas.
Cristobal Buarset iba a aprobar las Matemáticas a los puntos, no por KO.
Don Román lo sabía y lo aceptó con resignación, no era el primero ni el último que iba para abogado, y que se podía permitir el lujo de desterrar a los números de su vida para siempre.
No obstante, Buarset siempre fue muy educado, y le pareció del todo improcedente no despedirse de su profesor, (y, de paso, darle las gracias, que ya le digo que Buarset era de modales exquisitos).
-Bueno, don Román, que ya no me tendrá usted que aguantar más.
El docente asintió con cierta pesadumbre: Habían sido tres años a golpe de doses y treses.
-Suerte, Buarset.
Don Román, siempre decía lo mismo. Los profesores de Ciencias no tiene por costumbre ni necesidad ser originales en la expresión oral.
Mas en ese segundo, un dato aplastante tomó al asalto el privilegiado intelecto de aquel hombre. ¡Tres años de clase, casi 500 lecciones de una hora y ese chaval no iba a sacar nada en claro!
La sensación de inutilidad que se apoderó de don Román fue tan rotunda e incómoda, que sintió la necesidad vital de que aquel muchacho se llevara alguna lección inolvidable, que aprendiera algo, aunque tan sólo fuera una cosa. Es la única manera de calmar el profundo dolor en las tripas del alma que les produce a los profesores constatar que no han sido capaces de enseñar nada de nada.
-Por cierto, Buarset, recuerde que los bancos nunca le van a regalar nada. Puede que estén dispuestos a ganar más o menos, pero nunca le van a dar nada gratis.
Veinte años después, mientras firmaba un montón de papeles en una céntrica sucursal de un banco de la periferia del país, don Cristobal Buarset no pudo evitar acordarse de aquel antiguo profesor de Matemáticas, y una sonrisa de nostalgia de tantas cosas pasadas se le asomó a la cara.
Don Román lo sabía y lo aceptó con resignación, no era el primero ni el último que iba para abogado, y que se podía permitir el lujo de desterrar a los números de su vida para siempre.
No obstante, Buarset siempre fue muy educado, y le pareció del todo improcedente no despedirse de su profesor, (y, de paso, darle las gracias, que ya le digo que Buarset era de modales exquisitos).
-Bueno, don Román, que ya no me tendrá usted que aguantar más.
El docente asintió con cierta pesadumbre: Habían sido tres años a golpe de doses y treses.
-Suerte, Buarset.
Don Román, siempre decía lo mismo. Los profesores de Ciencias no tiene por costumbre ni necesidad ser originales en la expresión oral.
Mas en ese segundo, un dato aplastante tomó al asalto el privilegiado intelecto de aquel hombre. ¡Tres años de clase, casi 500 lecciones de una hora y ese chaval no iba a sacar nada en claro!
La sensación de inutilidad que se apoderó de don Román fue tan rotunda e incómoda, que sintió la necesidad vital de que aquel muchacho se llevara alguna lección inolvidable, que aprendiera algo, aunque tan sólo fuera una cosa. Es la única manera de calmar el profundo dolor en las tripas del alma que les produce a los profesores constatar que no han sido capaces de enseñar nada de nada.
-Por cierto, Buarset, recuerde que los bancos nunca le van a regalar nada. Puede que estén dispuestos a ganar más o menos, pero nunca le van a dar nada gratis.
Veinte años después, mientras firmaba un montón de papeles en una céntrica sucursal de un banco de la periferia del país, don Cristobal Buarset no pudo evitar acordarse de aquel antiguo profesor de Matemáticas, y una sonrisa de nostalgia de tantas cosas pasadas se le asomó a la cara.
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Un Colegio Imaginario
jueves 12 de mayo de 2011
Los Pinchazos de "El Punzón".
"Es un genio, imprevisible y arbitrario, pero genio y al fin y al cabo, y nos encanta consentirle todos y cada uno de sus caprichitos de niño malcriado, porque es el ojito derecho de los que amamos el fútbol".
"El Punzón" Velosso sonrió. Le gustaba ojear la prensa y leer lo que de él se decía. Era una forma como cualquier otra de matar el tiempo de espera en la sala VIP del aeropuerto.
El día anterior, en el minuto 34 del segundo tiempo, sin previo aviso o permiso del entrenador, se había retirado a los vestuarios. Simplemente, no le apetecía jugar más. Su técnico se limitó a sacar a otro futbolista y hacer como si nada. Luego, después del partido, le felicitó por los dos goles -golazos- conseguidos y no le pidió explicaciones. Tampoco los incisivos muchachos de la prensa. Se limitaron a darle la enhorabuena por el partidazo.
Durante los cuatro choques siguientes, "El Punzón" se dedicó a corretear por el campo, sin el más mínimo interés por jugar. No tenía cuerpo. Él era así. La mala racha la remató pasándose tres días sin aparecer por los entrenamientos del equipo, pese a que el partido más importante del campeonato se avecinaba.
"Si el entrenador de este equipo tiene la más mínima personalidad y sentido de la dignidad, 'El Punzón' debería ver la final desde el banquillo"
"El Punzón" levantó la vista del periódico y sonrió mirando a su entrenador. El "míster" no era de los que juegan a hacerse los héroes, pues sabía bien que los campos de batalla siempre quedan llenos de cadáveres muy valientes y muy dignos.
"¿Hasta cuando vamos a tolerar las tonterías de este niñato gilipollas?", continuaba el artículo.
"El Punzón" cerró el periódico. Seguía sonriendo.
"De momento, un par de mesecitos más, después de que meta tres goles en la final", se dijo.
"El Punzón" Velosso sonrió. Le gustaba ojear la prensa y leer lo que de él se decía. Era una forma como cualquier otra de matar el tiempo de espera en la sala VIP del aeropuerto.
El día anterior, en el minuto 34 del segundo tiempo, sin previo aviso o permiso del entrenador, se había retirado a los vestuarios. Simplemente, no le apetecía jugar más. Su técnico se limitó a sacar a otro futbolista y hacer como si nada. Luego, después del partido, le felicitó por los dos goles -golazos- conseguidos y no le pidió explicaciones. Tampoco los incisivos muchachos de la prensa. Se limitaron a darle la enhorabuena por el partidazo.
Durante los cuatro choques siguientes, "El Punzón" se dedicó a corretear por el campo, sin el más mínimo interés por jugar. No tenía cuerpo. Él era así. La mala racha la remató pasándose tres días sin aparecer por los entrenamientos del equipo, pese a que el partido más importante del campeonato se avecinaba.
"Si el entrenador de este equipo tiene la más mínima personalidad y sentido de la dignidad, 'El Punzón' debería ver la final desde el banquillo"
"El Punzón" levantó la vista del periódico y sonrió mirando a su entrenador. El "míster" no era de los que juegan a hacerse los héroes, pues sabía bien que los campos de batalla siempre quedan llenos de cadáveres muy valientes y muy dignos.
"¿Hasta cuando vamos a tolerar las tonterías de este niñato gilipollas?", continuaba el artículo.
"El Punzón" cerró el periódico. Seguía sonriendo.
"De momento, un par de mesecitos más, después de que meta tres goles en la final", se dijo.
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relatos
miércoles 11 de mayo de 2011
Mauro Bonanapia, Tenor Regularcillo Tirando a Malísimo.
Mauro Bonapia nace en la simpática localidad toscana de Mondadientelle, pero, como es tan simpática, por favor no lo vaya diciendo por ahí.
Desde bien pequeño, Mauro sueña con ser tenor, sueño que logra transformar en la pesadilla de muchos.
A los ochos años, el talento musical de Mauro ingresa en el conservatorio, aunque, en palabras de sus profesores, ingresa cadáver.
Por fin, a Mauro Bonanapia sus profesores del conservatorio le conceden el título de canto, con la condición de que no actúe en la ceremonia de graduación.
Convertido ya en un profesional, Mauro realiza una prueba para la Compañía Nacional de Ópera, después de la cual es comparado con Enrico Caruso: es infinitamente peor.
Inasequible al desaliento, Mauro recorre todo el país en busca de una gran oportunidad que no termina de llegar. De hecho, si tan siquiera empieza.
Negándose a rendirse, Mauro marcha a Francia, recibiendo una carta personal del director de la Ópera de Milán, deseándole toda la buena fortuna del mundo en su aventura francesa: "A ver si hay suerte y no vuelves", escribe en concreto.
En Francia, tiene por fin la oportunidad de poner en práctica lo aprendido desde bien pequeño y comienza a trabajar de profesor de italiano en una academia de idiomas.
Es en esa academia donde, por petición de la dirección, deleita a algunos alumnos con fragmentos escogidos de grandes óperas (a algunos alumnos castigados).
Es también por esta época que Mauro entra a formar parte de una compañía de teatro musical de aficionados, pero el proyecto no prospera: después de un par de ensayos con Mauro se les pasa la afición a todos.
Intuyendo que, quizás, el canto no es lo suyo, Mauro decide centrarse en su segunda gran pasión, una para la que está verdaderamente dotado.
Mauro Bonanapia protagoniza más de 500 títulos de cine para adultos (a los que siempre imprime su toque operístico personal), entre los que destacan grandes clásicos como "La Traviata se Desata", "Le dan a Butterfly" o "Cabalgando a las Walkirias".
Son las palabras de su compañera habitual de reparto Sally Villa las que -acaso- mejor resumen la trayectoria profesional de Mauro Bonanapia:
"¡Anda que si llegas a tener tú la voz como lo de abajo, no te habías hinchado a ganar duros cantando ni ná!"
Desde bien pequeño, Mauro sueña con ser tenor, sueño que logra transformar en la pesadilla de muchos.
A los ochos años, el talento musical de Mauro ingresa en el conservatorio, aunque, en palabras de sus profesores, ingresa cadáver.
Por fin, a Mauro Bonanapia sus profesores del conservatorio le conceden el título de canto, con la condición de que no actúe en la ceremonia de graduación.
Convertido ya en un profesional, Mauro realiza una prueba para la Compañía Nacional de Ópera, después de la cual es comparado con Enrico Caruso: es infinitamente peor.
Inasequible al desaliento, Mauro recorre todo el país en busca de una gran oportunidad que no termina de llegar. De hecho, si tan siquiera empieza.
Negándose a rendirse, Mauro marcha a Francia, recibiendo una carta personal del director de la Ópera de Milán, deseándole toda la buena fortuna del mundo en su aventura francesa: "A ver si hay suerte y no vuelves", escribe en concreto.
En Francia, tiene por fin la oportunidad de poner en práctica lo aprendido desde bien pequeño y comienza a trabajar de profesor de italiano en una academia de idiomas.
Es en esa academia donde, por petición de la dirección, deleita a algunos alumnos con fragmentos escogidos de grandes óperas (a algunos alumnos castigados).
Es también por esta época que Mauro entra a formar parte de una compañía de teatro musical de aficionados, pero el proyecto no prospera: después de un par de ensayos con Mauro se les pasa la afición a todos.
Intuyendo que, quizás, el canto no es lo suyo, Mauro decide centrarse en su segunda gran pasión, una para la que está verdaderamente dotado.
Mauro Bonanapia protagoniza más de 500 títulos de cine para adultos (a los que siempre imprime su toque operístico personal), entre los que destacan grandes clásicos como "La Traviata se Desata", "Le dan a Butterfly" o "Cabalgando a las Walkirias".
Son las palabras de su compañera habitual de reparto Sally Villa las que -acaso- mejor resumen la trayectoria profesional de Mauro Bonanapia:
"¡Anda que si llegas a tener tú la voz como lo de abajo, no te habías hinchado a ganar duros cantando ni ná!"
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monólogos
martes 10 de mayo de 2011
¿Quién me Devuelve Todo el Tiempo que Perdí...
...delante de una pantalla de ordenador donde ponía: "Por favor, Espere" o "Completado 99%", hasta que por fin decidí que aquello se había colgado y me tocó apagar y encender?
...estudiando cosas que ya he olvidado para siempre?
...haciendo los trabajos manuales que acabaron en la papelera?
...leyendo libros insufribles con la única esperanza de que el final fuera bueno, y no lo fue? (También es aplicable a películas).
...preocupándome por cosas que nunca me pasaron?
...buscando soluciones a problemas que jamás tuve?
...esperando a gente que finalmente no se presentó?
...intentando recordar datos absurdos o trivialidades varias?
...tratando de quedarme dormido?
...viendo aburridos partidos de fútbol que terminaron 0-0?
....escuchando conversaciones que no me interesaban?
...buscando las gafas, las lentillas, una llaves o un reloj que llevaba puesto?
...creyéndome mentiras?
...hablando a gente que no escuchaba?
...esperando al Metro?
...llorando por cosas que no lo merecían? (o por personas).
...buscando una respuesta a preguntas que no la tenían?
...odiando?
...buscando una calle o un producto, en lugar de preguntar?
...aburrido haciendo tiempo porque "está feo que me vaya tan pronto"?
(Sabe, creo que cuando uno empieza a preocuparse porque pierde el tiempo, es que se está empezando a dejar de ser joven).
...estudiando cosas que ya he olvidado para siempre?
...haciendo los trabajos manuales que acabaron en la papelera?
...leyendo libros insufribles con la única esperanza de que el final fuera bueno, y no lo fue? (También es aplicable a películas).
...preocupándome por cosas que nunca me pasaron?
...buscando soluciones a problemas que jamás tuve?
...esperando a gente que finalmente no se presentó?
...intentando recordar datos absurdos o trivialidades varias?
...tratando de quedarme dormido?
...viendo aburridos partidos de fútbol que terminaron 0-0?
....escuchando conversaciones que no me interesaban?
...buscando las gafas, las lentillas, una llaves o un reloj que llevaba puesto?
...creyéndome mentiras?
...hablando a gente que no escuchaba?
...esperando al Metro?
...llorando por cosas que no lo merecían? (o por personas).
...buscando una respuesta a preguntas que no la tenían?
...odiando?
...buscando una calle o un producto, en lugar de preguntar?
...aburrido haciendo tiempo porque "está feo que me vaya tan pronto"?
(Sabe, creo que cuando uno empieza a preocuparse porque pierde el tiempo, es que se está empezando a dejar de ser joven).
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reflexiones
lunes 9 de mayo de 2011
Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (y 15).
Hasta allí llegaba el relato de Woodchat Shrike, hasta aquel tajante y enigmático "adiós". Sin ninguna referencia más a Helen Trull o a cómo y por qué había llegado a su poder ese manuscrito. Sin tan siquiera despedirse del lector. Era como si Woodchat no hubiera podido soportar más el dolor que escribir todo aquello le producía.
Una vez más, las implicaciones de todo aquella historia era significativas, y afectaban a gente famosa, viva y muerta. No obstante, llegué a la conclusión de que no tenía derecho a revelar una información, que, después de todo, tanto el "yankee de la vocecita" como "la Americana" (usted disculpará que no use sus verdaderos nombres, suficientemente obvios son) habían decidido mantener oculta, pese a haber tenido múltiples oportunidades de haberla revelado, de un modo más o menos explícito.
Por otro lado, la figura de Woodchat Shrike me parecía cada vez más fascinante y compleja. El hombre contrario a la última pena que la ejecuta, el hombre que desprecia su trabajo pero no para de recalcar que es el mejor a la hora de hacerlo, el hombre que sacrifica su propia vida para quitársela a los demás.
Sin duda, un caso digno de estudio. ¿Quién era realmente? ¿Un psicópata legal que no podía dejar de matar, por mucho que le doliera? ¿Un iluminado que creía que su destino era pasaportar a sus semejantes? ¿Un inadaptado que encontraba así una perfecta excusa para huir de su propia incapacidad para encajar en el mundo? ¿Un amante de la justicia atormentado por toda la injusticia que ve a su alrededor? ¿Un caballero andante, solitario y moderno que intenta por todos los modos combatir por la Verdad?
En resumen: ¿era un héroe o un majara? Seguramente, un poco de ambos.
Obviamente, no podía juzgar adecuadamente-mejor dicho, evaluar- a Woodchat sin conocer más datos de su pasado. ¿Cómo había llegado a tenebroso mundo de las ejecuciones? ¿Qué había ocurrido durante la guerra?
Múltiples y fascinantes interrogantes. Sólo me quedaba esperar que el siguiente nombre, escrito a lápiz al margen y con caligrafía apresurada, me aclarara alguno de ellos.
El nombre era John Biggleswade.
Una vez más, las implicaciones de todo aquella historia era significativas, y afectaban a gente famosa, viva y muerta. No obstante, llegué a la conclusión de que no tenía derecho a revelar una información, que, después de todo, tanto el "yankee de la vocecita" como "la Americana" (usted disculpará que no use sus verdaderos nombres, suficientemente obvios son) habían decidido mantener oculta, pese a haber tenido múltiples oportunidades de haberla revelado, de un modo más o menos explícito.
Por otro lado, la figura de Woodchat Shrike me parecía cada vez más fascinante y compleja. El hombre contrario a la última pena que la ejecuta, el hombre que desprecia su trabajo pero no para de recalcar que es el mejor a la hora de hacerlo, el hombre que sacrifica su propia vida para quitársela a los demás.
Sin duda, un caso digno de estudio. ¿Quién era realmente? ¿Un psicópata legal que no podía dejar de matar, por mucho que le doliera? ¿Un iluminado que creía que su destino era pasaportar a sus semejantes? ¿Un inadaptado que encontraba así una perfecta excusa para huir de su propia incapacidad para encajar en el mundo? ¿Un amante de la justicia atormentado por toda la injusticia que ve a su alrededor? ¿Un caballero andante, solitario y moderno que intenta por todos los modos combatir por la Verdad?
En resumen: ¿era un héroe o un majara? Seguramente, un poco de ambos.
Obviamente, no podía juzgar adecuadamente-mejor dicho, evaluar- a Woodchat sin conocer más datos de su pasado. ¿Cómo había llegado a tenebroso mundo de las ejecuciones? ¿Qué había ocurrido durante la guerra?
Múltiples y fascinantes interrogantes. Sólo me quedaba esperar que el siguiente nombre, escrito a lápiz al margen y con caligrafía apresurada, me aclarara alguno de ellos.
El nombre era John Biggleswade.
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woodchat shrike
domingo 8 de mayo de 2011
Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (14).
Alguien hace tiempo me dijo que hay situaciones que sabemos que van a ser muy dolorosas, pero nos sentimos atraídos irrefrenablemente por ellas, como las polillas por la luz.
Por eso, cuando el yankee de la vocecita me preguntó si no deseaba saludar la Americana antes de volver al Reino Unido, yo le contesté que sí.
-¡Aquí eres tú el que habla raro!-fue su saludo.
Yo me limité a sonreír y darle la mano.
-Mi amigo me ha confirmado lo que ya sabía, eres el mejor.
-Ojalá los hubieran perdonado...A mi no me hace gracia, pero es que...¡No es sencillo de explicar!.
-No hace falta que me expliques nada. Tú no eres culpable, los culpables son los que apoyan la pena de muerte con sus gritos o con sus silencios. En el fondo, creo que hasta te admiro...¡Ojalá todo el mundo tratará a las personas con la preocupación y el respeto que tú tienes por los condenados!
Me sonrojé. Ella había cambiado, y supongo que yo también. Pero otras cosas seguían igual, y yo no tenía el valor para cambiarlas.
Y cuando a uno le falta el valor, la única opción es huir.
-Bueno, me tengo que ir a para el aeropuerto. Más rápido y emocionante que en barco. ¡Tu amigo ha sido muy espléndido hasta en eso!
-¿Tienes transporte?
-Sí, él ya lo ha arreglado.
-¡Genial!...Toma, te he traído un regalo. Es un libro que he escrito.
-¿Matar a un Ruiseñor? ¿De qué va, de cazadores?
-En cierto modo, sí...Espero que te guste.
-Estoy seguro.
-¿Sabes?, cuando pensaba en el título me acordé un poco de ti...Woodchat Shrike.*
-¡No me digas!
-¡Ya ves!
Sonreímos, pero pronto la sonrisa se volvió incómoda, insostenible, torturadora.
-Anda, vete, que tienes muchos kilómetros entre nubes hasta Inglaterra.
-Sí, bueno, adiós y gracias por el libro.
-Adiós.
*Woodchat Shrike es el nombre de un tipo de pájaro en inglés.
Por eso, cuando el yankee de la vocecita me preguntó si no deseaba saludar la Americana antes de volver al Reino Unido, yo le contesté que sí.
-¡Aquí eres tú el que habla raro!-fue su saludo.
Yo me limité a sonreír y darle la mano.
-Mi amigo me ha confirmado lo que ya sabía, eres el mejor.
-Ojalá los hubieran perdonado...A mi no me hace gracia, pero es que...¡No es sencillo de explicar!.
-No hace falta que me expliques nada. Tú no eres culpable, los culpables son los que apoyan la pena de muerte con sus gritos o con sus silencios. En el fondo, creo que hasta te admiro...¡Ojalá todo el mundo tratará a las personas con la preocupación y el respeto que tú tienes por los condenados!
Me sonrojé. Ella había cambiado, y supongo que yo también. Pero otras cosas seguían igual, y yo no tenía el valor para cambiarlas.
Y cuando a uno le falta el valor, la única opción es huir.
-Bueno, me tengo que ir a para el aeropuerto. Más rápido y emocionante que en barco. ¡Tu amigo ha sido muy espléndido hasta en eso!
-¿Tienes transporte?
-Sí, él ya lo ha arreglado.
-¡Genial!...Toma, te he traído un regalo. Es un libro que he escrito.
-¿Matar a un Ruiseñor? ¿De qué va, de cazadores?
-En cierto modo, sí...Espero que te guste.
-Estoy seguro.
-¿Sabes?, cuando pensaba en el título me acordé un poco de ti...Woodchat Shrike.*
-¡No me digas!
-¡Ya ves!
Sonreímos, pero pronto la sonrisa se volvió incómoda, insostenible, torturadora.
-Anda, vete, que tienes muchos kilómetros entre nubes hasta Inglaterra.
-Sí, bueno, adiós y gracias por el libro.
-Adiós.
*Woodchat Shrike es el nombre de un tipo de pájaro en inglés.
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woodchat shrike
sábado 7 de mayo de 2011
Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (13).
Se hizo. Mejor dicho, ¿para qué los eufemismos?, lo hice.
Fue todo lo rutinario que puede ser matar a otro ser humano. Fue todo lo rápido que un desplazamiento tan largo y las dichos trece escaleras me permitieron.
Me puse un sombrero intentar para ocultar mi rostro. Me daba cierto apuro que aquellos dos hombres se percataran de que el presunto periodista inglés no era más que un verdugo. Seguramente, ellos tenían otras cosas más urgentes en la cabeza en aquellos momentos, pero, en cualquier caso, me parecía que ningún hombre merece irse de de este mundo dándose de bruces con una mentira, por muy piadosa que sea.
En resumen, dos más, aunque nunca lo son.
Algunos testigos se acercaron después de las ejecuciones para felicitarme por mi rapidez y pericia. Ignoro si esa era su primer ahorcamiento o ya tenían cierta experiencia. El más expresivo fue el "Titular de la Plaza", que incluso me pidió un par de consejos que le regalé con sumo gusto.
El yankee de la graciosa vocecita también estaba por allí. Tenía ojos de haber llorado. Se ofreció a llevarme de vuelta a mi hotel en su vehículo. Recorrimos los primeros kilómetros en silencio, hasta que el dolor y la necesidad de saber le estallaron en el pecho y la boca.
-No sufrieron mucho, ¿verdad?
-No más de lo necesario. Muy poquito.
-¡Ha merecido la pena traerle desde Inglaterra, el tipo que tienen aquí no parecía de mucha confianza!-dijo mientras se le escapaba por los labios una de esas sonrisas del dolor brevemente aliviado.
Volvió el silencio, que duró el rato que descansó la duda.
-¿Qué se siente?
-¿Cuándo?
-Ya sabe...
No era la primera vez que escuchaba esa pregunta, ni sería la última. Y siempre me resultó igual de incómoda y dolorosa.
-Es muy desagradable. Ellos suelen haber matado cegados por un arrebato de ira, celos, frustración, locura, codicia...Pero yo, yo los mato a sangre fría.
-¿A Sangre Fría?
Me limité a asentir, y clavar la mirada en la ventanilla, dando con ello la conversación por definitivamente terminada.
Él se pasó el resto del trayecto repitiendo mi frase entre dientes:
"A sangre fría, a sangre fría..."
Fue todo lo rutinario que puede ser matar a otro ser humano. Fue todo lo rápido que un desplazamiento tan largo y las dichos trece escaleras me permitieron.
Me puse un sombrero intentar para ocultar mi rostro. Me daba cierto apuro que aquellos dos hombres se percataran de que el presunto periodista inglés no era más que un verdugo. Seguramente, ellos tenían otras cosas más urgentes en la cabeza en aquellos momentos, pero, en cualquier caso, me parecía que ningún hombre merece irse de de este mundo dándose de bruces con una mentira, por muy piadosa que sea.
En resumen, dos más, aunque nunca lo son.
Algunos testigos se acercaron después de las ejecuciones para felicitarme por mi rapidez y pericia. Ignoro si esa era su primer ahorcamiento o ya tenían cierta experiencia. El más expresivo fue el "Titular de la Plaza", que incluso me pidió un par de consejos que le regalé con sumo gusto.
El yankee de la graciosa vocecita también estaba por allí. Tenía ojos de haber llorado. Se ofreció a llevarme de vuelta a mi hotel en su vehículo. Recorrimos los primeros kilómetros en silencio, hasta que el dolor y la necesidad de saber le estallaron en el pecho y la boca.
-No sufrieron mucho, ¿verdad?
-No más de lo necesario. Muy poquito.
-¡Ha merecido la pena traerle desde Inglaterra, el tipo que tienen aquí no parecía de mucha confianza!-dijo mientras se le escapaba por los labios una de esas sonrisas del dolor brevemente aliviado.
Volvió el silencio, que duró el rato que descansó la duda.
-¿Qué se siente?
-¿Cuándo?
-Ya sabe...
No era la primera vez que escuchaba esa pregunta, ni sería la última. Y siempre me resultó igual de incómoda y dolorosa.
-Es muy desagradable. Ellos suelen haber matado cegados por un arrebato de ira, celos, frustración, locura, codicia...Pero yo, yo los mato a sangre fría.
-¿A Sangre Fría?
Me limité a asentir, y clavar la mirada en la ventanilla, dando con ello la conversación por definitivamente terminada.
Él se pasó el resto del trayecto repitiendo mi frase entre dientes:
"A sangre fría, a sangre fría..."
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woodchat shrike
viernes 6 de mayo de 2011
Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (12)
Ahora precisaba echar un vistazo a aquellos dos infelices con un pie y medio en el otro mundo. En mi tierra, la celda de los condenados dispone de un discreto agujero-mirilla por el que hacerlo, pero, de nuevo, parecía que la civilización no había llegado a aquel país tan civilizado. Me tocaría verme cara a cara con ellos. Apenas puedo describir la poquísima gracia que me hacía aquella. En fin, lo haría y ya.
El pequeño yankee de la vocecita se había negado a visitar conmigo "La Esquina", pero no tuvo inconveniente en acompañarme a las celdas de los condenados, con los que, estaba a claramente a la vista, le unía una relación muy estrecha, cuyos matices ignoraba y no deseaba conocer en absoluto.
-Les diré que es usted un fotógrafo que ha venido desde Londres para informar a "The Times".
Me pareció buena idea, uno tiende a ponerse tenso si le anuncian que va a recibir la presencia del tipo que le va a dar matarile a uno.
¿Qué puedo decir de aquellos dos hombres tan diferentes entre sí, y tan parecidos a la mayoría de los asesinos que acababa colgando? Simplement que eran una pareja de infelices muy violentos, dos almas simples que perdieron por completo en control e iban a pagar por ello.
Uno era alto, rubio y no exento de chulería, mientras que el otro era más bajito, menos rubio y hacía todo lo posible por ser amable.
Conseguidos los datos necesarios, me despedí apresuradamente. No tuve estómago para darle la mano a ninguno de los dos. Afortunadamente, el pequeño yankee estuvo rápido y les indicó que en el Reino Unido no teníamos costumbre de hacer esas cosas.
En fin, ya estaba todo listo. Sólo quedaba esperar.
Y, si usted no ha esperado hasta que ejecuten a alguien, usted no sabe lo que es esperar de verdad.
El pequeño yankee de la vocecita se había negado a visitar conmigo "La Esquina", pero no tuvo inconveniente en acompañarme a las celdas de los condenados, con los que, estaba a claramente a la vista, le unía una relación muy estrecha, cuyos matices ignoraba y no deseaba conocer en absoluto.
-Les diré que es usted un fotógrafo que ha venido desde Londres para informar a "The Times".
Me pareció buena idea, uno tiende a ponerse tenso si le anuncian que va a recibir la presencia del tipo que le va a dar matarile a uno.
¿Qué puedo decir de aquellos dos hombres tan diferentes entre sí, y tan parecidos a la mayoría de los asesinos que acababa colgando? Simplement que eran una pareja de infelices muy violentos, dos almas simples que perdieron por completo en control e iban a pagar por ello.
Uno era alto, rubio y no exento de chulería, mientras que el otro era más bajito, menos rubio y hacía todo lo posible por ser amable.
Conseguidos los datos necesarios, me despedí apresuradamente. No tuve estómago para darle la mano a ninguno de los dos. Afortunadamente, el pequeño yankee estuvo rápido y les indicó que en el Reino Unido no teníamos costumbre de hacer esas cosas.
En fin, ya estaba todo listo. Sólo quedaba esperar.
Y, si usted no ha esperado hasta que ejecuten a alguien, usted no sabe lo que es esperar de verdad.
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woodchat shrike
jueves 5 de mayo de 2011
Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (11)
-"La Esquina", así lo llamamos.
Al "Titular de la Plaza" le habían encargado la misión de convertirse en mi improvisado guía durante mi visita a la Penitenciaría Estatal de Kansas. "La Esquina" era una especie de cobertizo donde se encontraba el patíbulo. Se trataba de una estructura elevada sobre el suelo, un escenario de muerte, un tablado macabro. Conté los escalones hasta acceder a él. Eran trece. ¡Estos yakess, tan peliculeros para todo!
-¿Dónde está la celda del condenado?
-Al otro lado del patio.
-¿Al otro lado? ¿Significa eso que tiene que atravesar todo el patio antes de llegar aquí?
-¡Claro!
Eso complicaba las cosas, para ellos y para mí. ¡Era absurdo, de hecho! Nosotros lo teníamos esperando en una celda adyacente. Un seguro de rapidez, algo que siempre se agradece en estos trances. En fin, su cárcel, sus normas. Supongo que cuando uno juega al fútbol fuera, no puede decidir cómo va a estar el césped.
El tipo de soga, sin embargo, no me sorprendió. Lo conocía bien de los tiempos de la guerra. ¡Yankess y su anticuado nudo corredizo! Saqué de mi maleta de viaje un buen ejemplo de la vieja y buena soga británica de argolla.
-Hay que cambiar esa soga por esta.
Mi improvisado anfitrión se limitó a encogerse de brazos y ponerse manos a la obra. Había sido uno de los testigos de mi presunta "hazaña" con la vaca y me tributaba una cierta admiración, como si no tuviera la más mínima duda de yo sabía bien lo que me hacía.
-¡Diablos, cómo colgaste a esa jodida vaca!-comentó por enésima vez mientras comenzaba el proceso de cambio de sogas.
Empecé a pensar que quizás aquel tipo me iba a terminar pidiendo un autógrafo.
Al "Titular de la Plaza" le habían encargado la misión de convertirse en mi improvisado guía durante mi visita a la Penitenciaría Estatal de Kansas. "La Esquina" era una especie de cobertizo donde se encontraba el patíbulo. Se trataba de una estructura elevada sobre el suelo, un escenario de muerte, un tablado macabro. Conté los escalones hasta acceder a él. Eran trece. ¡Estos yakess, tan peliculeros para todo!
-¿Dónde está la celda del condenado?
-Al otro lado del patio.
-¿Al otro lado? ¿Significa eso que tiene que atravesar todo el patio antes de llegar aquí?
-¡Claro!
Eso complicaba las cosas, para ellos y para mí. ¡Era absurdo, de hecho! Nosotros lo teníamos esperando en una celda adyacente. Un seguro de rapidez, algo que siempre se agradece en estos trances. En fin, su cárcel, sus normas. Supongo que cuando uno juega al fútbol fuera, no puede decidir cómo va a estar el césped.
El tipo de soga, sin embargo, no me sorprendió. Lo conocía bien de los tiempos de la guerra. ¡Yankess y su anticuado nudo corredizo! Saqué de mi maleta de viaje un buen ejemplo de la vieja y buena soga británica de argolla.
-Hay que cambiar esa soga por esta.
Mi improvisado anfitrión se limitó a encogerse de brazos y ponerse manos a la obra. Había sido uno de los testigos de mi presunta "hazaña" con la vaca y me tributaba una cierta admiración, como si no tuviera la más mínima duda de yo sabía bien lo que me hacía.
-¡Diablos, cómo colgaste a esa jodida vaca!-comentó por enésima vez mientras comenzaba el proceso de cambio de sogas.
Empecé a pensar que quizás aquel tipo me iba a terminar pidiendo un autógrafo.
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woodchat shrike
miércoles 4 de mayo de 2011
Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (10)
¿Ahorcar vacas? ¿Quién ahorca vacas? ¿Cómo se ahorca a una vaca?
En fin, los mejores no conocen excusas.
-Hola, buenas, ¿tendría usted un libro de anatomía de ganada vacuno?
-¿Ganado vacuno?
-Sí, vacas en concreto. Me interesa en especial que tenga un diagrama de cabeza y cuello...Y también saber cuánto suele pesar una vaca.
Normalmente, las bibliotecarias delgaduchas y con gafitas sólo tienen un gesto: neutro total, pero mi pregunta, como por arte de magia, le puso cara de sorpresa a aquella mujer.
-Mire en la estantería superior de ese pasillo.
-Gracias...Por cierto, ¿me podría prestar un lapicero y una hoja en sucio que no le valga?
Horas después, una infeliz vaca se encontraba -con los ojos vendados- de pie sobre el robusto tejado del granero del rancho de un tal Wally Vicks, tranquila de pura ignorancia del destino que le aguardaba inminente. A su lado, yo, y al cuello, una muy gruesa soga atada a un mástil en ese mismo tejado.
Ante la oscura curiosidad de todos aquellos particulares con sombrero tejano, le pegué un buen azote al animal, y éste empezó a avanza lentamente, ignorante de que delante tenía un vació fatal.
Al sentirse caer, animal emitió un mugido, pero cuando la cuerda paró la caída de modo brusco y letal, el bicho ya no dijo ni "mu". Estaba claro, yo tenía un don natural e instintivo para aquello. ¿Por qué no para la literatura o el fútbol? ¡Qué asco de vida!
-¡Diablos, caballero, la ha dejado usted lista para freír!
-¿Acaso no le dije que era el mejor?-terció el pequeño yankee.
-Sin duda, ese par de cabrones asesinos tienen mucha suerte.
Yo no podía estar más en desacuerdo.
En fin, los mejores no conocen excusas.
-Hola, buenas, ¿tendría usted un libro de anatomía de ganada vacuno?
-¿Ganado vacuno?
-Sí, vacas en concreto. Me interesa en especial que tenga un diagrama de cabeza y cuello...Y también saber cuánto suele pesar una vaca.
Normalmente, las bibliotecarias delgaduchas y con gafitas sólo tienen un gesto: neutro total, pero mi pregunta, como por arte de magia, le puso cara de sorpresa a aquella mujer.
-Mire en la estantería superior de ese pasillo.
-Gracias...Por cierto, ¿me podría prestar un lapicero y una hoja en sucio que no le valga?
Horas después, una infeliz vaca se encontraba -con los ojos vendados- de pie sobre el robusto tejado del granero del rancho de un tal Wally Vicks, tranquila de pura ignorancia del destino que le aguardaba inminente. A su lado, yo, y al cuello, una muy gruesa soga atada a un mástil en ese mismo tejado.
Ante la oscura curiosidad de todos aquellos particulares con sombrero tejano, le pegué un buen azote al animal, y éste empezó a avanza lentamente, ignorante de que delante tenía un vació fatal.
Al sentirse caer, animal emitió un mugido, pero cuando la cuerda paró la caída de modo brusco y letal, el bicho ya no dijo ni "mu". Estaba claro, yo tenía un don natural e instintivo para aquello. ¿Por qué no para la literatura o el fútbol? ¡Qué asco de vida!
-¡Diablos, caballero, la ha dejado usted lista para freír!
-¿Acaso no le dije que era el mejor?-terció el pequeño yankee.
-Sin duda, ese par de cabrones asesinos tienen mucha suerte.
Yo no podía estar más en desacuerdo.
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martes 3 de mayo de 2011
Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (9)
El yankee bajito de la voz peculiar era un trolero de farol. En otras palabras, no estaba todo solucionado. Después de cruzar medio mundo, le expliqué al amiguete que debía visitar la cárcel para hacer toda una serie de preparativos. Me dio largas durante tres días, hasta que, por fin, me confesó que "el cambio de planes" sólo estaba propuesto y aprobado en su mente. "No habrá problema, yo mismo les convenceré".
Pero sí, sí había problema. El soberano estado de Kansas ya tenía quien hiciera el trabajo, y no precisaban de un extranjero que llegara a enseñarles cómo había que hacer las cosas.
"No se preocupe, lo solucionaré".
Me daba igual, aquel tipo pagaba mi comida y hotel, y yo no tenía nada mejor que hacer con mi vida en aquel momento que aburrirme paseando por las calles de Topeka.
En efecto, tenía tiempo libre más que de sobra...Incluso habría podido preguntar al pequeño liante por nuestra amiga común, habría podido intentar hacerle una visita, por los viejos tiempos...Pero no, mejor no.
Hasta que, por fin, mi anfitrión de pago me telefoneó para darme la noticia:
-Mañana mismo podrás visitar la prisión y disponerlo todo.
-¿Cuándo será?
-A menos que el gobernador cambie de idea, en tres días.
-No es mucho tiempo.
-¡No creo que haga falta un mes para colgar una soga de una viga!
Aficionados, no entienden de nada, pero siempre hablan de todo.
-No es tan sencillo, amigo, pero supongo que me las arreglaré.
-Por cierto, hay un pequeño fleco para que le autoricen.
-¿Qué fleco?
-Le he dicho al director de la cárcel que es usted capaz de ahorcar a una vaca. Me ha dicho que si se lo demuestra, le permitirá trabajar en su amada prisión.
-¿Cómo dice?
-Que esta tarde tiene usted que ahorcar a una vaca en el rancho de un amigo del director de la prisión estatal.
-¿Está usted totalmente loco?
-¡Vamos, no sea hipócrita sentimentalón, que buenos filetes se come, a mi costa, por cierto!
-No es eso, es que...
-Pasaré a eso de las tres a recogerle en el hotel.
Pero sí, sí había problema. El soberano estado de Kansas ya tenía quien hiciera el trabajo, y no precisaban de un extranjero que llegara a enseñarles cómo había que hacer las cosas.
"No se preocupe, lo solucionaré".
Me daba igual, aquel tipo pagaba mi comida y hotel, y yo no tenía nada mejor que hacer con mi vida en aquel momento que aburrirme paseando por las calles de Topeka.
En efecto, tenía tiempo libre más que de sobra...Incluso habría podido preguntar al pequeño liante por nuestra amiga común, habría podido intentar hacerle una visita, por los viejos tiempos...Pero no, mejor no.
Hasta que, por fin, mi anfitrión de pago me telefoneó para darme la noticia:
-Mañana mismo podrás visitar la prisión y disponerlo todo.
-¿Cuándo será?
-A menos que el gobernador cambie de idea, en tres días.
-No es mucho tiempo.
-¡No creo que haga falta un mes para colgar una soga de una viga!
Aficionados, no entienden de nada, pero siempre hablan de todo.
-No es tan sencillo, amigo, pero supongo que me las arreglaré.
-Por cierto, hay un pequeño fleco para que le autoricen.
-¿Qué fleco?
-Le he dicho al director de la cárcel que es usted capaz de ahorcar a una vaca. Me ha dicho que si se lo demuestra, le permitirá trabajar en su amada prisión.
-¿Cómo dice?
-Que esta tarde tiene usted que ahorcar a una vaca en el rancho de un amigo del director de la prisión estatal.
-¿Está usted totalmente loco?
-¡Vamos, no sea hipócrita sentimentalón, que buenos filetes se come, a mi costa, por cierto!
-No es eso, es que...
-Pasaré a eso de las tres a recogerle en el hotel.
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lunes 2 de mayo de 2011
Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (8)
Otro par de pobres diablos con el cuello bajo sentencia se cruzaban en mi camino, la historia de mi vida, en el fondo, la historia de mi maldición libremente aceptada.
Estos dos habían asaltado la casa de una presuntamente muy adinerada familia, pero el dinero no había aparecido por ninguna parte. Los tipejos se habían puesto muy violentos y muy nerviosos, lo que siempre resulta una mala combinación cuando uno va armado. En resumen, habían liquidado a todos los miembros de la familia e intentaron huir pero la policía lo cazó, habían cantando y un juez había decidido que su tiempo sobre la faz de la tierra debía tener límites legales.
En aquella época los yankees eran más dados a la electricidad y al gas que a la vieja soga, es lo que llaman "progreso" sin saber que progresar es otra cosa bien diferente. No obstante, el estado de Kansas todavía era fiel al estilo clásico.
Por supuesto que allí tenían quien hiciera el trabajo, pero mi peculiar visitante había entablado fuerte -acaso mórbida- amistad con los condenados a muerte, y deseaba que los pasaportara el mejor. Yo le reiteré que lo más probable es que no me dejaran actuar, a lo que el me respondió que no me preocupara, que ya estaba todo solucionado. También me reiteró él que yo era el mejor y para él era una absoluta necesidad que sus amigos tuvieran la muerte más rápida posible. "Y usted es el mejor, y si hace falta, se lo repito mil veces".
Quizás fue por eso, por la vanidad tan inteligentemente alimentada de ser llamado el número uno, que acepté cruzar el charco, o quizás fue el deseo de viajar un poco y ver mundo, y, claro está, la pasta por anticipado que me ofrecía aquel personajillo también me ayudó a decidirme.
Si la verdadera razón era por tener la posibilidad de volver a ver a "La Americana" fue una pregunta que me prohibí terminantemente hacerme.
Estos dos habían asaltado la casa de una presuntamente muy adinerada familia, pero el dinero no había aparecido por ninguna parte. Los tipejos se habían puesto muy violentos y muy nerviosos, lo que siempre resulta una mala combinación cuando uno va armado. En resumen, habían liquidado a todos los miembros de la familia e intentaron huir pero la policía lo cazó, habían cantando y un juez había decidido que su tiempo sobre la faz de la tierra debía tener límites legales.
En aquella época los yankees eran más dados a la electricidad y al gas que a la vieja soga, es lo que llaman "progreso" sin saber que progresar es otra cosa bien diferente. No obstante, el estado de Kansas todavía era fiel al estilo clásico.
Por supuesto que allí tenían quien hiciera el trabajo, pero mi peculiar visitante había entablado fuerte -acaso mórbida- amistad con los condenados a muerte, y deseaba que los pasaportara el mejor. Yo le reiteré que lo más probable es que no me dejaran actuar, a lo que el me respondió que no me preocupara, que ya estaba todo solucionado. También me reiteró él que yo era el mejor y para él era una absoluta necesidad que sus amigos tuvieran la muerte más rápida posible. "Y usted es el mejor, y si hace falta, se lo repito mil veces".
Quizás fue por eso, por la vanidad tan inteligentemente alimentada de ser llamado el número uno, que acepté cruzar el charco, o quizás fue el deseo de viajar un poco y ver mundo, y, claro está, la pasta por anticipado que me ofrecía aquel personajillo también me ayudó a decidirme.
Si la verdadera razón era por tener la posibilidad de volver a ver a "La Americana" fue una pregunta que me prohibí terminantemente hacerme.
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domingo 1 de mayo de 2011
Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (7)
Y pasaron quince años, y muchas cosas con ellos, cosas que fueron aplastando al recuerdo de "La Americana", hasta hundirlo prácticamente del todo.
Entonces, llamaron a la puerta del humilde cuchitril al que llamo hogar en un arrebato de locura.
El tipo era bajito, estrambótico y cursi. Y hablaba muy raro, y no sólo porque era americano.
-¿Señor Shrike?
Me puse en guardia. Poca gente me llamaba así.
-¿Quién le envía?
-El señor David Dogan me dio esta dirección.
¿David? ¿Qué diablos hacia David contándole a la gente donde vivía yo?
El tipejo aquel debía tener una sensibilidad tremenda, porque se percató de mi tensión e intentó traquilizarme.
-No se preocupe. Vengo de parte de una amiga común.
¿Qué amiga común podía yo tener con un yankee canijo, gangoso y amanerado? ¿Alguien de la guerra?
No, se trataba de "La Americana". ¿Por qué venía el tipo aquel a molestarme? ¿Con qué derecho se ponía a excavar y remover porquerías personales largamente enterradas?
-Se preguntará cuál es el motivo de mi visita.
Confirmado, aquel renacuajo tenía un sexto sentido para los sentimientos de las personas.
-Resulta que preciso con toda urgencia de ciertos servicios profesionales, y mi -nuestra- amiga, casualmente enterada de mi, digamos, agónica necesidad, me confirmó que usted es la mejor persona sobre la faz de la tierra para aliviar mi gravísimo pesar.
-Perdón, ¿habla usted mi idioma?
-Ah, disculpe, amigo. ¡Qué torpe soy! Olvidaba que hay multitudes de ingleses son absolutamente incapaces de comunicarse en su propio idioma.
-¿A qué ha venido? ¿A insultarme? ¡Lárguese antes de que le parta su mierdosa bocaza americana!
-¡Dejémonos de gilipolleces, amigo! ¡Quiéro que me hagas un favor y cuelgues a dos tíos para mí!
Me quedé sin palabras. Quizás, después de todo, aquel elemento tenía razón y yo no dominaba mi propio idioma cuando más falta me hacia.
-Estoy dispuesto a pagarle un buen dinero por ello.
Entonces, por fortuna, me volvió el don de Shakespeare.
-¡Fuera de aquí antes de que llame a la policía!
-Hágalo si lo desea. Lo que le propongo es absolutamente legal, con su sentencia correspondiente. Nada que usted no haya hecho ya cientos de veces.
-¿Qué dice? ¡En América no me necesitan, ya tienen gente para hacer eso!
-Sí, pero no son muy buenos, y lo sabe perfectamente. Y yo quiero al mejor: usted.
Entonces, llamaron a la puerta del humilde cuchitril al que llamo hogar en un arrebato de locura.
El tipo era bajito, estrambótico y cursi. Y hablaba muy raro, y no sólo porque era americano.
-¿Señor Shrike?
Me puse en guardia. Poca gente me llamaba así.
-¿Quién le envía?
-El señor David Dogan me dio esta dirección.
¿David? ¿Qué diablos hacia David contándole a la gente donde vivía yo?
El tipejo aquel debía tener una sensibilidad tremenda, porque se percató de mi tensión e intentó traquilizarme.
-No se preocupe. Vengo de parte de una amiga común.
¿Qué amiga común podía yo tener con un yankee canijo, gangoso y amanerado? ¿Alguien de la guerra?
No, se trataba de "La Americana". ¿Por qué venía el tipo aquel a molestarme? ¿Con qué derecho se ponía a excavar y remover porquerías personales largamente enterradas?
-Se preguntará cuál es el motivo de mi visita.
Confirmado, aquel renacuajo tenía un sexto sentido para los sentimientos de las personas.
-Resulta que preciso con toda urgencia de ciertos servicios profesionales, y mi -nuestra- amiga, casualmente enterada de mi, digamos, agónica necesidad, me confirmó que usted es la mejor persona sobre la faz de la tierra para aliviar mi gravísimo pesar.
-Perdón, ¿habla usted mi idioma?
-Ah, disculpe, amigo. ¡Qué torpe soy! Olvidaba que hay multitudes de ingleses son absolutamente incapaces de comunicarse en su propio idioma.
-¿A qué ha venido? ¿A insultarme? ¡Lárguese antes de que le parta su mierdosa bocaza americana!
-¡Dejémonos de gilipolleces, amigo! ¡Quiéro que me hagas un favor y cuelgues a dos tíos para mí!
Me quedé sin palabras. Quizás, después de todo, aquel elemento tenía razón y yo no dominaba mi propio idioma cuando más falta me hacia.
-Estoy dispuesto a pagarle un buen dinero por ello.
Entonces, por fortuna, me volvió el don de Shakespeare.
-¡Fuera de aquí antes de que llame a la policía!
-Hágalo si lo desea. Lo que le propongo es absolutamente legal, con su sentencia correspondiente. Nada que usted no haya hecho ya cientos de veces.
-¿Qué dice? ¡En América no me necesitan, ya tienen gente para hacer eso!
-Sí, pero no son muy buenos, y lo sabe perfectamente. Y yo quiero al mejor: usted.
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