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lunes, 2 de mayo de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (8)

Otro par de pobres diablos con el cuello bajo sentencia se cruzaban en mi camino, la historia de mi vida, en el fondo, la historia de mi maldición libremente aceptada.

Estos dos habían asaltado la casa de una presuntamente muy adinerada familia, pero el dinero no había aparecido por ninguna parte. Los tipejos se habían puesto muy violentos y muy nerviosos, lo que siempre resulta una mala combinación cuando uno va armado. En resumen, habían liquidado a todos los miembros de la familia e intentaron huir pero la policía lo cazó, habían cantando y un juez había decidido que su tiempo sobre la faz de la tierra debía tener límites legales.

En aquella época los yankees eran más dados a la electricidad y al gas que a la vieja soga, es lo que llaman "progreso" sin saber que progresar es otra cosa bien diferente. No obstante, el estado de Kansas todavía era fiel al estilo clásico.

Por supuesto que allí tenían quien hiciera el trabajo, pero mi peculiar visitante había entablado fuerte -acaso mórbida- amistad con los condenados a muerte, y deseaba que los pasaportara el mejor. Yo le reiteré que lo más probable es que no me dejaran actuar, a lo que el me respondió que no me preocupara, que ya estaba todo solucionado. También me reiteró él que yo era el mejor y para él era una absoluta necesidad que sus amigos tuvieran la muerte más rápida posible. "Y usted es el mejor, y si hace falta, se lo repito mil veces".

Quizás fue por eso, por la vanidad tan inteligentemente alimentada de ser llamado el número uno, que acepté cruzar el charco, o quizás fue el deseo de viajar un poco y ver mundo, y, claro está, la pasta por anticipado que me ofrecía aquel personajillo también me ayudó a decidirme.

Si la verdadera razón era por tener la posibilidad de volver a ver a "La Americana" fue una pregunta que me prohibí terminantemente hacerme.

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