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lunes, 1 de septiembre de 2014

El Agua de la Bondad (y 7).

-¿Es usted consciente de la cantidad de problemas que le ha creado a mucho gente, empezando por usted?

-Ya se lo he dicho, mi general: perdimos el sistema de navegación y la radio. Me desorienté. Entonces vimos la columna de humo y pensé que el incendio era en nuestro propio país. El capitán se limitó a cumplir mis órdenes.

-¡No me toque las pelotas, coronel!

-Sí, señor.

-¡Ha provocado un incidente diplomático de primer orden!

-Ya le he dicho lo que pasó, señor.

-Claro...¡Fuera de mi vista!

La versión oficial habló de dos pilotos muy inexpertos que se perdieron y pensaron que el incendio era en su país. Hubo una disculpa formal y la cosa terminó allí.

El coronel recibió un castigo testimonial, aunque muchos coincidían en que aquello posiblemente había puesto freno a la brillante carrera que le conducía a convertirse en general.

Le daba igual. Seguía yendo a la orilla del río y contemplado feliz y satisfecho como corría hacía el mar. Pero, sobre todo, tenía la conciencia tranquila. Se había dado cuenta de que su misión no era defender un río, sino garantizar que los que necesitaban de su agua pudieran disfrutar de ella, independientemente de quiénes fueran.

Si, como parecía probable, no le daban el ascenso a general, seguramente abandonaría el ejército y buscaría otro camino.

Seguramente, el camino de intentar convencer a la Humanidad de que el agua es de todos.

domingo, 31 de agosto de 2014

El Agua de la Bondad (6).

Fue al inicio de la tercera pasada de riego.

-¿Qué ha sido eso?

-Nos están disparando. Creo que nos han dado -dijo fríamente el coronel asomándose por la ventana lateral.

-¿Cómo? ¡Venimos a echar una mano y estos hijo de puta nos atacan!

-Eso parece. ¿Es la primera vez que disparan contra usted?

-¡Afirmativo, yo soy un humilde piloto apaga-fuego, yo no estoy entrenado para esto! 

En efecto, la instrucción del escuadrón anti-incendios no incluía maniobras evasivas. ¿Para qué, si esos aviones no participan en misiones de ataque?

Una nueva sacudida, todavía más fuerte.

-Suba todo lo que pueda y ponga rumbo a casa.

-A la orden, señor.

Nada más cruzar la frontera, coronel y capitán se detuvieron a valorar los daños.

-Parece que todo está correcto, señor.

-Eso creo, sólo algunos agujeros, nada que no solucione un poco de chapa y pintura.

-Sí...Un par de descargas de agua más les habrían venido de perlas a esa gente. Me pregunto por qué nos atacaron...

-No soy un experto en la estupidez humana, tan sólo un humilde aviador militar.

-Ya.

-En fin, ha llegado el momento de que la radio se arregle mágicamente por sí sola y nos pongamos en contacto con la torre para aterrizar.

-¡Va a haber que dar un montón de explicaciones!

-No se preocupe, capitán, déjeme hablar a mí. Yo le metí en esto.

sábado, 30 de agosto de 2014

El Agua de la Bondad (5).

Había imaginado ese momento miles de veces, pero nunca de ese modo. El coronel estaba a punto de sobrevolar las montañas fronterizas, pero no a una velocidad próxima a la del sonido y cargado de muerte bajo las alas, sino más lento y con esperanza en la barriga de su aparato.

Estaba demasiado concentrado en la misión para percatarse de lo profundamente irónico que resultaba todo aquello: toda una vida dedicada a ser un engrasado engranaje de la perfecta maquinaria que negaba el agua del río al enemigo, y ahora le iban a regalar un generoso puñado de litros.

Pero ahora lo importante eran luchar contra ese maldito y brutal incendio.

-Mantenga el rumbo, capitán.

-OK.

En realidad, las indicaciones del coronel eran innecesarias, la columna de humo era un inmejorable punto de referencia.

"Base Tango para Lluvia 12, está usted entrando en territorio enemigo. Tome rumbo 212 y retorne a la base de inmediato"

-¡Qué porquería de aparato, el sistema de comunicaciones también se ha estropeado! -dijo el coronel al tiempo que apagaba la radio-. Bien, capitán, supongo que esos tíos estarán demasiado preocupados con la catástrofe como para intentar derribarnos pero, por si acaso, hagamos la pasada lo más bajo y rápido posible.

-Sí, señor.

El avión voló a ras de suelo hasta que, por fin, el capitán calculó que había llegado el momento de iniciar la maniobra de suelta de agua. Levantó el morro hasta alcanzar una altura prudencial y picó suavemente sobre el objetivo soltando su carga líquida. Después, el capitán giró el avión de modo, que pudieran evaluar los efectos del agua.

-¡Buena maniobra!

-Gracias, señor.

-Sin embargo, otra ración de agua no les vendría mal.

-Estoy de acuerdo, señor.

El capitán aplicó máxima potencia y puso rumbo al río. ¿Qué otra cosa podían hacer?

viernes, 29 de agosto de 2014

El Agua de la Bondad (4).

El capitán tuvo el valor de verbalizar lo que ambos estaban pensando.

-¡Qué bien les vendría ahora tener un puñado de estos!

-Sin duda.

En efecto, el enemigo no disponía de aviones anti-incendios. ¿Para qué comprarlos? Su país apenas disponía de zonas boscosas y para las ciudades ya están los bomberos. Pero resultaba que aquello no era un fuego cualquiera, aquello era la mismísima puerta del Infierno.

-¿A qué distancia estarán los pozos de petróleo?

El coronel no contestó, aunque su mente estaba absorta en esa misma cuestión. Conocía como la palma de su mano aquella ciudad, los pozos, el aeropuerto...Al fin y al cabo, llevaba tiempo preparándose -y preparado- para liderar un ataque contra ella en caso de que la guerra estallara. Podría volar hasta allí y volver con los ojos cerrados. Irónicamente, si ese hipotético ataque erraba sus blancos, la escena no sería muy diferente a la que estaba contemplando.

En resumen, que era perfectamente consciente de la carnicería de llamas que estaba teniendo lugar y sabía que a cada segundo era más probable que aquello pudiera ponerse incluso peor. Guardó silencio unos instantes y, tras inspirar hondo y liberarse del aire con un suspiro, habló:

-Estos cacharros son una porquería, capitán -dijo el coronel, al tiempo que manipulaba unos botones del tablero de mandos.

-¿Perdón, señor?

-El sistema de navegación, se ha vuelto loco. Le he indicado que nos marque el camino de vuelta a la base y me parece que nos manda para otro lado.

-Con el debido respeto, señor, es usted el que le acaba de introducir otras coordenadas...

-No, créame, capitán, está averiado...Se acaba de averiar bajo mi completa responsabilidad.

El capitán sonrió, al tiempo que zambullía a su aeronave en un brusco giro.

No esperaba menos de su coronel.

jueves, 28 de agosto de 2014

El Agua de la Bondad (3).

La tentación había sido demasiado fuerte y, al fin y al cabo, era lo que todo el mundo en la base esperaba de él. De hecho, el capitán estaba encantado de compartir cabina con él. Era todo un honor. Así pues, en su vuelo de prueba después de la reparación del motor, el avión anti-incendios estaba siendo co-pilotado por el coronel en persona.

-El sistema de seguimiento del terreno funciona a las mil maravillas.

-Sí, ahora el avión se vuela casi solo, señor.

El coronel sonrió: mentira podrida, las misiones a bajo altura sobre bosques en llamas eran de todo menos sencillas. Lo único que lograba el nuevo sistema es que fueran algo menos arriesgadas.


-Carguemos agua del río, se la soltamos otra vez y damos la prueba por correcta.

-OK. señor.

La maniobra la efectuó el capitán. Era demasiado delicada para un piloto como el coronel, que llevaba años sin sentarse a los mandos de ese aparato.

-Excelente. Gire y devolvámosle al río el agua que le hemos robado.

-¿Ha visto eso, señor?

El coronel siguió con la mirada el dedo de su subordinado. A lo lejos, más allá de la frontera con el país enemigo, se veía una estela de humo que descendía rápidamente.

-Parece un avión comercial en problemas graves -dijo el coronel al tiempo que manipulaba la radio del avión para sintonizar el canal de emergencia.

Así fue como ambos fueron testigos impotentes y mudos de la tragedia que se desarrollaba al otro de la frontera: el avión de pasajeros con un motor en llamas, su intento agónico por ganar a la deseperada la pista del aeropuerto más cercano, y su fatal y catastrófico impacto contra un barrio residencial a las afuera de Juger, la ciudad que había crecido empujada por la muy potente industria petrolífera de la zona. La inmensa y negrísima columna de humo era perfectamente visible desde la posición privilegiada de coronel y capitán.

miércoles, 27 de agosto de 2014

El Agua de la Bondad (2).

El coronel llegó justo a tiempo de ver la maniobra de aterrizaje de emergencia. Fue perfecta, de manual, digna de la felicitación que los dos pilotos recibieron del propio coronel nada más pisar la pista de aterrizaje.

-Buena maniobra, yo no lo habría hecho mejor.

-Gracias, mi coronel.

La pareja de capitanes aceptó en cumplido con especial satisfacción. No era ningún secreto que el coronel -en su etapa de comandante- había sido uno de los pilotos que habían probado el E214. De hecho, el coronel era una leyenda dentro del servicio. Durante dos décadas y media en el aire, había estado a los mandos de todo tipo de aparatos, y siempre con excepcional pericia. 

-¿Tiene alguna idea de por qué les ha fallado el motor?

-No, es extraño. El E214 es un aparato de lo más fiable.

El coronel asintió. Lo sabía de sobra.

-Habrá que notificar al Comando de Material de su base para que nos envíen a un equipo de mecánicos.

-Al menos no es verano.

-Cierto.

Los E214 eran los aparatos especializados en la extinción de incendios, algo necesario en un país con áreas tan boscosas como aquel. Durante los meses de calor, los seis aparatos de la unidad eran esenciales en la lucha contra el fuego. En invierno, por contra, la práctica totalidad de las salidas -aquella incluida- eran de entrenamiento rutinario.

-Vengan, señores, vayamos a dar parte a su base y luego les invito a una cerveza. Ese aterrizaje bien lo merece.

martes, 26 de agosto de 2014

El Agua de la Bondad (1).

El coronel interrumpió su paseo y, por enésima vez en su vida, se sentó sobre la tierra húmeda para admirar su lugar favorito en toda la superficie del planeta Tierra, tanto que no duraría un segundo en defenderlo con su vida si era preciso. De hecho, era la principal razón por la que había ingresado en la fuerza aérea.

El río, el gran río, el tan generoso río que daba vida a aquella región y a aquel país era atravesado por un larguísimo puente en aquel punto. Lo habían construido cuando el coronel era un niño, un chaval de un pueblo cercano. Un niño que se había jurado defenderlo del odiado enemigo. Era uno de los recuerdos más bonitos de su infancia.

El odiado enemigo ansiaba poseer toda esa agua, lo había hecho durante siglos, y su pueblo siempre la había defendido con valor, fiereza y efectividad. Ellos sólo tenían arena y sol, y ni el descubrimiento de unas casi inagotables reservas de petróleo les había librado de la obsesión histórica por hacerse con el dominio de aquel río.

El coronel miró por encima del hombro. En el horizonte, pero no a muchos kilómetros de distancia, se alzaban las chatas montañas que hacían las veces de frontera entre ambos países.  

El enemigo no estaba lejos, el país tenía que estar siempre en guardia. Y la base aérea que el coronel dirigía era la primera línea de defensa en el vital flanco sur.

Y en eso sonó su teléfono móvil.

-Coronel Sdol.

-Oficial de guardia, señor. Un E214 del A45 ha solicitado hacer un aterrizaje de emergencia en la base.

El personal de la base tenía órdenes estrictas por parte del coronel de comunicarle cualquier incidencia fuera de lo rutinario.

-¿Es grave?

-Los pilotos comunican que no. Uno de los dos motores se les ha parado.

-Voy para allá.

Por si acaso. Al coronel le gustaba que todo estuviera atado y bien atado.