Buscar en Mundo Jackson

domingo, 20 de agosto de 2017

La Receta del Diablo (7).

-Sinceramente, páter, pensaba que después de treinta años en el ejército y dos guerras lo había visto, pero me equivoqué...

El efecto, el siempre campechano coronel Smith no sabía realmente qué hacer. Lo único que tenía claro era que era su deber hacer algo.

-Siempre se aprende algo nuevo en la vida, coronel, y más todavía si es la vida militar.

-¿Se está usted riendo de mí, páter?

-¡Por supuesto que no! ¿Cómo puede usted pensar eso?

Por supuesto que sí. Era el padre Lafferty en estado puro, capaz de hacer que se tambaleara incluso el proverbial sentido del humor del coronel Smith.

-Pero, ¿usted se da cuenta de lo que ha hecho?

-Perfectamente, coronel: socorrer a un pobre diablo al que van a colgar haciéndole más llevadera tan horrible espera.

-¡Usted está para dar asistencia espiritual al reo, no para emborracharse con él mientras juegan a las cartas!

-Con el debido respeto, mi coronel, no creo que sea usted la persona indicada para enseñarme a hacer mi trabajo y, por favor, no me grite. Ya sabe, la resaca.

-Sabe que voy a poner esto en conocimiento de sus superiores eclesiásticos.

-Por supuesto. Ya están acostumbrados a mis numeritos, pero, por alguna razón, no prescinden de mí.

-Por cierto, páter, una duda. ¿De dónde diablos sacó güisqui en un sitio como este?

-Lo siento, mi coronel. No se lo puedo decir. Digamos que es secreto de confesión.

domingo, 13 de agosto de 2017

La Receta del Diablo (6).

-¡Ah, un cura! Supongo que esto significa que se confirma que la cosa no tiene solución. Siéntese, páter. O mejor, no. No le robaré mucho de su preciado tiempo. Los pecados de la tierra ya se los confesé al juez, y los otros prefiero discutirlos con Dios en persona.

-Bueno, veo que al menos eres creyente. Con eso ya tengo mucho del camino andado.

-Sí. Sé que a mucha gente le resulta chocante, pero yo creo que no hay que mezclar a Dios con la guerra. es una combinación peligrosa, como la historia demuestra.

-Mira, hijo, te voy a ser sincero. Aunque la esperanza es lo último que se pierde y todo eso, como tú muy bien has dicho, la cosa está muy fea, así que vamos a intentar prepararte lo mejor posible para ese encuentro con Dios que tú mismo me confirmas que sabes que vas a tener.

-No se moleste, páter. Ya estoy listo pero, si sabe jugar al póquer, le invito a una timbas con los carceleros.

-Supongo que no me queda otra.

-¡Roberts, Smith, traed vuestro sucio dinero, que el páter se apunta!

Los dos jóvenes soldados se asomaron confundidos a la celda.

-¿No habéis oído a Holz? ¡Venid a ti, que os voy a dar una clase casi gratuita de póquer!

Los dos jóvenes soldados tomaron asiento, incluso más confusos.

-Estupendo, señores. Démonos prisa, no me quedan muchas partidas que disfrutar.

-¿Vamos a jugar a palo seco, muchachos?

-¿Quiere un poco de agua, padre? -preguntó tímido el soldado Smith.

-¡Qué coño agua! ¡Lo que el póquer pide es güisqui!

-Pero, padre, que esto es una cárcel militar y...

-Ya, ya...No os preocupéis. Dios proveerá.

lunes, 7 de agosto de 2017

La Receta del Diablo (5).

-Si es para decirme que mañana me cuelgan, se podría hacer ahorrado el paseo, Hills.

Hanz Holz ni tan siquiera levantó la mirada de las cartas con las que estaba echando un solitario.

-Todavía no está todo perdido.

-No intente eso conmigo, Hills. Escuché tantas veces esa frase durante los últimos meses de la guerra, que sé que siempre es mentira.

-Mi obligación es pelear.

-También era la nuestra. Lo hicimos y perdimos. Ya ve cómo es esto de la guerra. Pero no se preocupe, le escribiré una carta de recomendación antes de que me cuelguen.

-Si le cuelgan.

-Adoro su optimismo, Hills. Pero ya se lo dije. En mi caso, morir no es tan grave: la humanidad entera me odia, apenas tengo familia y ningún amigo vivo. Aunque eso tampoco importa demasiado, porque encerrado en una cárcel el resto de mi vida tampoco iba a tener oportunidad de verlos. Ya ve,  mi vida no está en la casilla uno, sino en la menos mil y, si le soy sincero, después de todo el esfuerzo de la guerra, no me encuentro con fuerzas de andar un camino tan largo.

-No obstante, yo lucharé por usted hasta el último segundo.

-Se lo agradezco de todo corazón, aunque no se lo aconsejo. También yo luché por mi país hasta el último segundo, y ya ve cómo he acabado.

-No pierda la esperanza.

-Lo siento, la perdí junto a la guerra.

-Le mantendré al tanto de todas las novedades.

-Se lo agradezco, y ahora, si me disculpa, tengo un solitario que intentar no perder, por una vez en mi vida.

viernes, 28 de julio de 2017

La Receta del Diablo (4).

En otro tiempo y en otro lugar, Hanz Holz habría resultado un buen vendedor de seguros: bien parecido, mejor inteligente y superior simpático. Si me apuran, casi hasta habría sido un secundario de cine bastante potable.

Pero, claro está, la guerra se cruzó en su camino y no le quedó otra que ingresar en el ejército. Por sus buenas cualidades -y por las urgencias de ir perdiendo- los mandos lo habían ascendido a teniente con toda celeridad y lo facturaron al frente.

Allí, Hanz Holz perdió la belleza, la inteligencia y la simpatía. En otras palabras: se quedó sin humanidad. Su subida en el escalafón transcurrió paralela a su descenso a los infiernos. Cuando ordenó su primera ejecución de unos guerrilleros -ya de capitán- aquella noche le costó un poco conciliar el sueño, pero para cuando le nombraron teniente coronel, a pocas semanas de la rendición, ya mandaba fusilar civiles como quien pide un café con leche.

Curiosamente, con el fin de la guerra, parecía que parte de las virtudes que le adornaban antes de la guerra había vuelto a Hanz. Durante el juicio se había mostrado moderadamente arrepentido de ciertos de sus actos (mas no de todos) y, aunque los primeros días se había mostrado esquivo y huraño con sus carceleros, ahora bromeaba con ellos y les agradecía con toda amabilidad cada pitillo que le ofrecían.

Su aspecto físico también había mejorado -irónicamente-. Había ganado peso gracias a que la comida de la cárcel era bastamte mejor que la de un ejército a punto de rendirse ("Me ceban como a los cerdos cuando los van a sacrificar", decía) y, a diario, se afeitaba y peinaba cuidadosamente sus rubios cabellos. Si hubiera sido un pez más gordo, no le habrían permitido el acceso a una cuchilla por miedo al suicidio, pero él era un criminal del montón, así que si se quitaba la vida, hasta casi les hacía un favor ahorrándoles las molestias de ahorcarle.

Si iba a ir al cadalso, lo haría presentable.

martes, 25 de julio de 2017

La Receta del Diablo (3).

-¿Dios? No me suena... Ah, sí, espere...¿No se llamaba sí aquel tipo al que conocí en un timba de póquer en Encino, Texas?

No es que el padre Lafferty hubiera perdido la fe -ni mucho menos-, es que él era así o -mejor dicho- la vida y la guerra le habían vuelto de aquel modo.

El joven párroco de un pueblecito de Illinois se había alistado al poco de empezar la guerra anterior, impulsado por una mutación espiritual del mismo sentimiento patriótico que había empujado a tantos muchachos al ejército. Si la gente iba a sufrir, el sitio de un sacerdote estaba con ellos.

La guerra cambió al padre Lafferty, como a todo el mundo, pero de un modo también más espiritual que psicológico. De vuelta a su parroquia, los pequeños problemas paletos y domésticos de sus feligreses por los que antes tan entusiásticamente había rezado le parecían ahora nimiedades por la que resultaba casi obsceno molestar a Dios, que seguro que tenía guerras, epidemias y hambrunas de las que ocuparse.

Viendo que no lograba adaptarse a volver la vida civil, hizo como tantos se reenganchó al ejército, y para cuando llegó la siguiente gran guerra ya era comandante.

Para cuando terminó, era un coronel al que nada le quedaba por ver sobre la superficie de la tierra, y tampoco nada de lo que asustarse.

Por eso, cuando hizo falta alguien para dar compañía y consejo espiritual a los criminales de guerra antes de pasar por la soga, él aceptó el puesto sin pestañear.

A pocas horas de la primera ejecución, Lafferty preparaba todo para que el reo comulgara.

-No sé moleste, padre -le indicó uno de los soldados que custodiaban al condenado día y noche.

-Leí en su biografía que el tipo está bautizado.

-Sí, pero renegó de Dios hace mucho tiempo. Por mucho que usted se empeñe, no creo que...

-Mira, hijo, si yo me empeño, puedo lograr hasta que novia me coma los huevos.

 Así era el padre Lafferty en estado puro.  

lunes, 17 de julio de 2017

La receta del Diablo (2).

"Bueno, no tampoco soy capaz de entender las matemáticas, pero no por eso protesto porque la gente sume".

Se lo habían dicho tantas veces, que él ya tenía esa respuesta preparada. "No lo entiendo". Sí, el comandante Hugo W. Hills era un tipo difícil de entender, sin duda como todas las personas inteligentes para los que no lo son tanto.

Un brillante abogado en ciernes que había renunciado a mucho, mucho dinero (y la plácida vida familiar que eso trae aparejada) a cambio de unirse al ejército. Incomprensible en un hombre que ni era especialmente aventurero ni un patriota del todo convencido. "Me gusta el uniforme", solía decir con su ingenio habitual. Pero la razón verdadera sólo él la sabía.

Todavía más complicado de entender era por qué había aceptado aquel caso. Defender a unos de aquellos, ¿quién tenía el estómago de hacer eso? ¡Después de todo lo que había hecho! Las terribles imágenes que había horrorizado a toda la humanidad hablaban por sí solas.

-¿Cómo puedes trabajar para que no castiguen a ese hijo de la gran puta? -Le había reprochado por línea telefónica su hermano Freddie, siempre tan directo.

-Yo no trabajo para que no le castiguen, sino para que reciba el castigo que en justicia merece.

-¡Esa mierda no merece otra cosa que la horca, y poco me parece!

-Lamentablemente, una cosa es tu parecer y otra muy diferente la justicia, hermanito.

Hugo y Freddie, siempre discutiendo.

Hugo W. Hills había aceptado aquel caso por la misma razón por la que se había unido al ejército: le parecía un reto atractivo, y a eso nunca había sido capaz de decir que no.

Por desgracia, aquel caso estaba tan claro y estaba tan perdido que él nada había podido hacer: la justicia determinó que horca era, y horca iba a tener.

No obstante, a sólo unos días de que la sentencia se cumpliera, Hugo W. Hills apenas comía y dormía todavía menos por estar preparándose para jugar su última carta.

Hugo W. Hills siempre fue así de cabezón.

martes, 11 de julio de 2017

La receta del Diablo (1).

-¿Por qué yo, señor?

Aquello era el ejército y en el ejército uno no hace preguntas, y mucho menos de esa clase. Pero el coronel Smith era un tipo campechano y el teniente Saint James necesitaba saberlo.

-Bueno, usted es médico, ¿no? Se supone que certificar una muerte es parte de su trabajo.


Aquello era el ejército y en el ejército uno se traga sin rechistar las impertinencias de un superior. Pero el coronel Smith seguía siendo campechano, por muy inoportuno que hubiera sido el comentario.

-Pero, con el debido respeto, señor, hay otros médicos con mucha más experiencia que yo...

-Precisamente por eso le toca, teniente, porque ninguno de los más veteranos quiere encargarse. Tiene su lógica: Al principio, los morbosos se peleaban por asistir, pero ya llevamos un buen puñado y la novedad y el interés ya han desaparecido. Pero estese tranquilo, muchacho. Le garantizo que es poco más o menos como certificar una muerte en el frente, igual un poco más violento.

-Ya...

-¡Ah, siempre se me olvida que usted llegó cuando la fiesta ya había casi terminado y no vio mucha acción!

-Si le soy sincero, señor, no he visto un cadáver desde la facultad!

-¡Bueno, pues así refresca usted conocimientos! ¡Ja, ja, ja! Adiós, teniente, y no se preocupe, hombre.

-A sus órdenes, señor.

Lo dicho, que el coronel Smith era de lo más simpático.

Mientras salía de la oficina de su superior, el teniente Algernon W. Saint James recordó lo que le había dicho su padre:

"Todos los Saint James desde que se fundó este país hemos servido voluntariamente en el ejército y tú no vas a ser una excepción. Además, te vendrá muy bien para tu carrera como médico".


Al teniente Saint James, el modo en el que supervisar la ejecución de un criminarl de guerra y certificar su muerte le iba a hacer mejor médico simplemente se le escapaba.