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jueves, 26 de mayo de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (22).

11.El Profeta se entierra.
-Supongo que ya sabes para qué te he llamado, Ismael.
Ponce se encogió de brazos. El Profeta era la única persona en aquel colegio que le llamaba por su  nombre de pila. O, mejor dicho, que tenía su permiso para hacerlo. Hubo un tiempo ya muy lejano en que el arrogante Ponce fue un niño asustado que respondía al nombre bordado en su babi de Ismael Ponce. Entonces, cuando el tigre de patio era un simple cachorro de parvulario, el Profeta había sido un cayado donde apoyarse. Los años habían pasado, pero aquel sentimiento de respeto hacia el Profeta (de hecho, era cariño, aunque Ponce no quisiera reconocerlo) había permanecido. El Profeta era el único adulto en todo aquel colegio que podían obtener algo de Ponce sin recurrir a la intimidación, e incluso casi gratis.
-Ni idea, padre -Ponce llamaba así al Profeta. Hecho más que destacable, dado que eso Ponce no lo hacía ni con su propio padre -literalmente-.
-El cuadernillo de inglés de ese niño. Seguro que tus amigos y tú sabéis algo.
-Me temo que no, padre.
-No me mientas, Ismael.
Ismael se limitó a levantar mirada. El Profeta recordó que para Ismael era absolutamente imposible no decirle la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
-¿Y ahora qué hacemos, hijo? Tengo mucho interés en que aparezca ese cochino cuadernillo.
-Ni idea, Padre. De ese workbook no se va a volver a saber jamás. ¡A saber qué habrá hecho ese pringado con él!
-Ya.
-Bueno, padre, pero el castigo se me levantará de todos modos, ¿no?
-Sí, claro. Sabes que nunca te fallaría. Esta misma tarde hablo con el Padre Director.
Sin duda, Ponce sentía un gran cariño y reverencia por el Profeta, pero no era un producto que se vendiera gratis. Cada vez que el Profeta recurría a Ponce, éste esperaba algo a cambio.
Que, como ya quedó dicho, Ponce al Profeta le vendía las cosas muy baratas, pero no gratis.
El Profeta pensó en el pobre Big Ben y suspiró resignado. Aquel chaval le caía bien simpático, ¡lástima que se fuera a quedar en el paro tan pronto!

viernes, 20 de mayo de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (21).

10.Eva entra en acción.
No era complicado que el Módulo te dedicara unos minutos de su tiempo para charlar, como con cualquier persona que se siente sola.
-Tu workbook sigue sin aparecer, ¿no, Álvaro?
El Módulo no tenía costumbre de que las chicas hablaran con él por iniciativa propia, así que no sabía exactamente qué hacer, así que siguió su torpe e inexperto instinto e intento hacerse el duro y el interesante. Sin lograrlo, claro está.
-Bah, eso ya lo doy por perdido. Pero paso, tía.
-¡No puedes pasar, Álvaro, tienes que encontrarlo!
-Vaya, veo que te preocupas por mí, Evis.
¿”Evis”? ¿Qué es era eso de “Evis”? Nadie jamás había llamado así a Eva ni jamás lo haría. De nuevo, la falta de habilidades sociales le pasaba factura al Módulo. Él lo había hecho por impresionarla, y ella estaba de todo menos impresionada.
-¿Y no has pensado que quizás se te cayó por la calle? ¿Has preguntado en las tiendas por las que pasas de camino al colegio? Quizás alguien lo encontró y lo dejó allí.
-¡Qué inocente eres, Evis? ¡La gente no hace ese tipo de cosas! Ese workbook está perdido y mi madre ya va a encargar otro. Lo tienen que pedir a la editorial, porque a estas alturas de curso ya no los tienes en las librerías.
Eva sintió ganas de soltarse a ese pringado que allí el único que era inocente hasta decir basta era él, pero se cortó. Todo por el pobre Big Ben. Él malinterpretó el gesto de su cara y pensó que la tenía totalmente impresionada.
-¡No, no, dile que no encargue nada de momento, que va a aparecer!
El Modulo sonrió de un modo que a él le parecía de los más seductor. Eva no pensaba lo mismo, pero no podía perder en tiempo con esas tonterías. Tenía que conseguir el Workbook del módulo fuera como fuese, y tenía pinta de que iba a tener que ser por lo criminal.
-Bueno, Álvaro, me tengo que ir. Porfa, dile a tu madre que espere un par de días, que yo lo voy a encontrar.
-OK -dijo el Módulo con su mejor acento made-in-tipo de duro de las pelis americanas. No había duda: la tenía loca.

lunes, 16 de mayo de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (20).

9.La red del Caimán.
Nada escapaba a la inmóvil mirada del Caimán y su poderosa mandíbula. Incluso los que se creían totalmente a salvo eran observados, controlados y, si era preciso, atacados y devorados. El intrépido periodista no había sido una excepción. Él pensaba que había sido discreto, pero nadie podía ir haciendo preguntas a la puerta de aquel colegio sin que el Caimán buscara respuestas.

-En efecto, es un periodista de investigación. Le conozco bien, es de la competencia.

El Caimán sonrió satisfecho y congeló la imagen registrada por la discreta cámara de seguridad que había a la entrada del centro. Su experto de turno no le había fallado. Era uno de tantos en su extensa red. La red de expertos del Caimán era, en el fondo, un club de antiguos alumnos. Con la excusa, de “no perder contacto con nuestros amados muchachos”, el Caimán gestionaba un completo fichero de profesionales de todos los campos que habían estudiado en aquel colegio y a los que sabía que podía recurrir en caso de necesidad. Acelerar listas de espera médicas, conseguir billetes de avión a última hora, o, como en este caso, la identificación de un presunto periodista. La red del Caimán era de los más efectiva. ¿Y qué sacaban ellos a cambio? Bueno, llevarse bien con el Caimán. Siempre convenía -y mucho- llevarse bien con gente como el Caimán.

-Gracias, Díaz. Me sería muy útil si pudieras fisgar un poco y enterarte de qué pretende ese tío.
-Descuide, padre. Averiguaré todo lo que pueda, tengo un contacto en el medio de ese fulano que de debe un par de favores -esta vida es un continuo dar y cobrar favores.
Díaz siempre tan servicial y tan de fiar, ya desde los días de la educación primaria.
No obstante, el Caimán se olía de qué iba a aquello. El Caimán no tenía un pelo de tonto, el Caimán tenía el sexto sentido de los depredadores, ese que es indispensable para sobrevivir en los pantanos y en los colegios. El dichoso Pizarro Angulo, no iba a bastar con echar al profesor aquel. La prensa iba a meter sus sucios morros en su territorio en busca de carroña y era crucial que no encontraran nada. Iban a ir en busca del niño mártir marginado, pero se iban a topar con un chaval normal, feliz y perfectamente integrado.

Y tenía al hombre idóneo para lograrlo.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (19).

8.Palabra de Profeta.

-¿Cómo sigue esa vida, profe?
-Sigue.
El Profeta le preguntaba al Big Ben con regularidad cómo le iban las cosas, un poco como un médico le pasa revisiones a un paciente. En realidad, eso mismo era el Big Ben, un enfermito de ánimo y espíritu. Una afección de todo profesor novato, que a muchos sólo se les cura con la jubilación.
-¿Apareció ya el dichoso cuaderno ese de inglés?
Al Big Ben le dio un vuelco el corazón. Si hasta el Profeta lo sabía, era que el asunto era realmente serio.
-¿Cómo sabe lo del workbook?
-Mira, hijo, los curitas no nos enteramos de nada, pero lo sabemos todo.
-En serio, ¿se lo ha dicho el padre director?
-Bueno, digamos que me ha llegado. Un colegio es un como un pequeño convento de clausura, todo se sabe de todos.
-Me van a echar si no aparece, ¿verdad?
-¡Hombre, no creo!
-¡No tengo ni idea de dónde buscarlo!
-No te desesperes, ya verás cómo lo encuentras. Sigue con ello y ten fe.
Lo cierto era que al Profeta le constaba que la continuidad del pobre muchacho dependía de aquello. El Caimán tenía muchos secretos, pero no la capacidad de protegerlos del Profeta. El viejo profesor tenía sus fuentes, muchas y buenas. Al Profeta le habría encantando ayudar al Big Ben, pero, ¿cómo? El colegio estaba por encima de todo y todos, y había que protegerlo a toda costa de esos fisgones advenedizos. Lo único que el Profeta podía hacer era rezar para que el chico aquel tuviera un golpe de suerte.
Hombre, pensándolo mejor, quizás podía hacer algo más. Después de todo, él era el Profeta, el curita de aspecto inofensivo que manejaba un montón de hilos en aquel colegio. Igual resultaba un poco arriesgado, pero apostar fuerte por echarle una mano a una buena persona era en teoría parte de su trabajo, y, al fin y al cabo, un sacerdote a menudo tiene que rezar con actos para que triunfe su bando.

viernes, 6 de mayo de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (18).

Aunque sólo fuera por los viejos tiempos, Sarita y sus antiguas compañeras de mosquete intercambiaban algunas palabras de vez en cuando. Por supuesto que aquello no era ni de lejos lo que un día había sido, pero las amistades que fallecen de muerte natural nunca mueren del todo, y uno de los débiles latidos que siempre les quedan son los favores hechos de corazón. Y Eva necesitaba uno en aquel momento.

-Sara, tía, tienes que hablar con las Cenis para convencer al Comando de que le devuelvan el workbook al Módulo.
Sarita puso cara de sorpresa guasona.
-¿Y a ti que más te da eso “pringao”?
-Me da mucha pena, tía. Que le van a echar.
-¿Le van a echar al módulo del cole porque ha perdido un libro? ¡Pero si eso no es novedad!
-¡No me refería al Módulo, hablaba del Big Ben!
-¿Tú crees que le van a mandar a la calle por eso?
-Lo sé de buena tinta. ¡Es un profesor y se supone que tiene que mantener el orden y la disciplina en clase! Hasta ha venido un tío del ministerio.
-¿A ti qué más te da, tía? ¡Es un simple profe, que espabile!
-Te digo que me da mucha pena de ese pobre hombre.
-Mira, en cualquier caso, el Comando no ha sido esta vez.
-¿Estás segura?
-¿Robarle algo al Módulo? ¡Eso es tan fácil y está tan visto que hace mucho tiempo que no tiene ni gracia!
-Entonces, ¿quién lo tiene?
-Ni idea. Lo más seguro es que el anormal del Módulo lo haya perdido por la calle porque se le cayó de la mochila o algo.
-¡Joder, pues tiene que aparecer como sea!
-Lo dudo. Si el trabajo del Big Ben depende de encontrar ese workbook, que se vaya buscando otra cosa.

Eva se despidió de su casi-amiga y se marchó angustiada. Hasta aquel momento había estado convencida de que el maldito workbook estaba en poder del Comando y aquello la había dejado totalmente fuera de juego. Sarita la observó mientras se alejaba. ¡Preocuparse por un profe, menuda pringada! ¡Con razón ella había cambiado de amigas, la decisión más acertada de su vida!

domingo, 1 de mayo de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (17).

Sarita, como es natural en la adolescente etapa escolar, empezó a mirar a los chicos con otros ojos (no era la única, como es obvio). Ella no ignoraba que era alta y guapa, y lo suficientemente lista como para percatarse de que el hecho tampoco les pasaba desapercibido a los chicos de su clase. Pero, más obviedades, a Sarita los que de verdad, de verdad, le gustaban eran lo más mayores, los que le sacaban uno o dos cursos. Pero para acercarse a esos, para que supieran que al menos existías, había que ser parte de un club muy exclusivo. Había que ser una Ceni.

Las Cenis la aceptaron en su cerrado círculo con relativa facilidad. Sarita era alta, guapa y tan lista como para darse cuenta de que tenía que hacer algunas tontería para ser una de ellas. Maquillarse como una puerta de piso piloto fue el primer paso, adaptar la forma de llevar el uniforme le siguió, un par de suspensos no estorbaron y, por fin, un jueves lluvioso a la salida, tuvo lugar el rito iniciático definitivo.

-Toma, dale una calada.
Sarita tosió, como era de esperar.
-Es la primera vez, ¿no?
-No...Sí...Bueno...
-No te preocupes, tía. Al principio da un poco de asco, pero luego te acostumbras.

Eva y Pústula contemplaron, muy tristes, la escena desde la esquina de la calle. Siempre había que mantenerse a una distancia de seguridad de las Cenis. Habían presenciado impotentes cómo Sarita abandonaba lentamente la hermandad de las Tres Mosqueteras en pequeños detalles de patio y en grandes gestos de los planes de un sábado por la tarde. La amistad de Amarisa se les había escapado poco a poco de las manos, como ese mercurio líquido que habían visto en el museo de Ciencias Naturales. Seguramente por instinto no habían intentado hacer nada por evitarlo. Era como si barruntaran que había llegado el momento de que sus caminos se separaran, el momento de que Sarita ligara con los chicos más mayores y ellas se quedaran con sus muñecas y sus fantasías de juramentos eternos de “todas para una y todas para siempre”.

-¡Mírala, tía, está fumando! -sentenció, casi llorando, Pústula.
Eva se limitó a encogerse de hombros y decirle a su amiga:
-Me temo que este año Sarita no va a querer venir ni a tu cumple ni al mío. Venga, vámonos, que te invito a un bollo.

Todo adolescente experimenta por primera vez lo que es de verdad una traición. Es parte de su aprendizaje.

viernes, 29 de abril de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (16).

7.La tercera mosquetera.

Atosa, Portosa y Aramisa, así se hacían llamar. Para que luego digan que de las clases de Lengua Castellana de las aulas de primaria no valen para nada. La señorita le había hecho leer una versión -convenientemente adaptada- del clásico de Alejandro Dumas (padre) y a las tres íntimas e inseparables amigas les había encantado aquello del “todos para uno y uno para todos”. Ellas lo había adaptado convenientemente a “todas para una y todas para siempre” y habían comenzado, tras oportuna y solemne ceremonia de juramento en la mesa más al fondo de una hamburguesería, a llamarse entre ellas por sus nuevos apelativos. Atosa era Eva Colmo, Úrsula era Portosa y Sarita era Aramisa.

Sarita era Sara Gómez Troya. Era la más alta de las tres (aunque solo un poquitín más que Eva), la más delgada y, las cosas como son, también la más guapa (o, al menos, la que tenía un mayor potencial para serlo). Aunque, claro está, en Primaria lo de si un niño o niña es más o menos agraciado le preocupa mucho más a sus papás y abuelos (y a las vecinas) que al crío en cuestión.

Para rematar la faena, Sarita también era la que mejores notas sacaba, decía Eva que porque era la más lista de las tres, aunque Sarita -un poco colorada- replicaba que estudiaba mucho. Tanto Eva como Sarita decían la verdad.

Las Tres Mosqueteras se habían conocido el primer día de cole y habían conectado de inmediato. Ese fatídico momento en que tus padres te arrojan cruelmente a un mundo inhóspito y desconocido con una mochilita nueva por todo equipación, uno busca refugio en cualquier compañero de tragedia y ellas lo habían encontrado las unas en las otras. Su amistad fue creciendo con los cursos. Habían hecho todo juntas durante la totalidad de la primaria: combatir el aburrimiento en clase lanzándose miradas y notitas, correr dando voces por el patio hasta caerse risa o compartir las muñecas de Reyes o las inocentes ilusiones de los primeros amores imposibles un viernes por la tarde en la habitación de alguna de ellas. No eran ni jamás serían las divinas Cenis -ni pretendían serlo- pero vivían muy felices con su grupito de confidencias, apoyo y lealtad. Pensaban que su amistad sería eterna, que nada ni nadie jamás separaría a las Tres Mosqueteras. Lo creían firmemente y de todo corazón, como un dogma de fe, porque se lo habían jurado una y mil veces. Creyeron que la amistad nacida y criada en la infancia sería eterna, como todos hicimos en algún momento.

Y entonces llegó la dichosa Educación Secundaria.