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sábado, 29 de abril de 2017

Los Escuderos (1).

-Venga, por aquí, José Emilio.

A los que le habían conocido en su época de esplendor les costaba creer que ese ser torpe y frágil pudiera ser don José Emilio Díaz Duque. Y, no obstante, pese a que se movía como si fuera una tortuga de cristal a punto de romperse y pese a que los sonidos que emitía distaban mucho de ser palabras articuladas, en el fondo de esa mirada que se le había vuelto tan de ovejita parecía adivinarse el último reducto del odio y la chulería de antaño.

-Siéntate, José Emilio. Vamos a tomar un poquito el sol.

Augusto Pérez se sentó en el banco junto al hombre que tenía a su cargo y se sacó cien gramos de pipas -con sal- del bolsillo de la chaqueta (eran el único pequeño gran lujo que un hombre en su situación se podía permitir). Se las empezó a comer con la mirada y el asco clavados en el infinito, escupiendo violentamente cada cáscara,  como si fuera el taco más impronunciable. Le pagaban poco, y, lo que era peor, aquella mierda de miseria le sabía a caridad y limosna. Sin duda, porque aquellos cuatros duros le hacían falta de veras. La familia de José Emilio, seguramente sin saberlo, le pagaba por cuidar de él, pero también le compraba el orgullo a Augusto bien barato.

-Glu, glu, glu...

José Emilio se señalaba la boca.

-Tienes sed, ¿no? Anda, toma.

Augusto sacó el recipiente especial del agua y se la fue dando poco a poco a don José Emilio, quien la tragaba a borbotones, pero con innegable gesto de satisfacción. La enésima ironía de todo aquello. Aquella boca que tanta ginebra de la mejor había bebido como agua, ahora se tomaba el agua con más placer que si hubiera sido aquella mismísima ginebra tan cara.

Augusto le secó los labios a José Emilio, que se dejaba mansamente. y volvió a sus pipas tan saladas y su vida tan amarga.

domingo, 23 de abril de 2017

La última bala del Pistolero (y 6).

"El Pocho" se había mantenido perfectamente alejado de todo aquello, según lo planeado.

"La madre de todas las broncas", así había titulado la prensa especializada, y no era para menos. La jugada era previsible, por lo que el Pistolero se había preparado mentalmente para no caer en la trampa. ¿Qué mejor manera de proteger a "El Pocho" que forzar la expulsión del Pistolero al segundo de iniciarse el partido? Pero no, él no caería. Le hicieran lo que le hicieran, le dijeran lo que le dijeran, él tranquilo y a jugar (o, mejor dicho, a hacer su juego).

Fue en el mismo instante en que los jugadores pisaron el terrano de juego. "Macita" Miller se aproximó al Pistolero y le susurro algo al oído, con la mano oportunamente cubriendo sus labios. Al instante, como impulsado por el resorte del odio más irracional, el Pistolero le propinó un puñetazo de auténtica antología. El plan era caerse al suelo y chillar, pero "Macita" Miller decidió improvisar y devolvió el derechazo. El resto, como se suele decir, es historia. La historia de un partido que terminaron iniciando nueve contra nueve jugadores. Obviamente, tanto el "Macita" con el Pistolero estuvieron en el grupo de los expulsados.  La historia de un partido sin historia: 5-0, con cuatro tantos de "El Pocho". Demasiadas facilidades.

Así fue el último partido del Pistolero, que terminó retirándose no como futbolista, sino como improvisado boxeador. Pero, ¿qué le había dicho "Macito" Miller? ¿Cuáles habían sido las palabras mágicas? Eso nunca se supo. Fue un secreto que se llevarían a la tumba el Pistolerio, "Macito" Miller y la persona que le había llamado por teléfono para revelárselas. 

Es lo malo de los tipos como Brocco, que te entrenan tan bien que llegan a conocer hasta el últimio rincón de tu alma y tu corazón, y saber cómo hacerlos saltar.

Arturo Brocco odíaba todo aquello en lo que habían convertido al fútbol, y aquella fue su pequeña venganza.

domingo, 16 de abril de 2017

La última bala del Pistolero (5).

"El Pocho" no había hablado con la prensa, por mucho que todo el país se muriera por saber qué pensaba del asunto."El Pocho" sólo hablaba en el campo, y aquello no iba a ser una excepción.

Con los que sí había hablado era con los abogados (con los propios, los del club e incluso con los de los patrocinadores), pero -claro está- no se puede sancionar a nadie por un delito que no ha cometido, y la amenaza era tan velada que tampoco se le podía meter mano por ahí. Eso sí, como ese energúmeno le tocara un pelo a "El Pocho", al Pistolero se le iban a caer todos (y tenía muchos). Los diferentes bufetes ya estaban preparando todo lo relacionado con la denuncia, por si acaso.

"El Pocho" nunca hablada antes de los partidos, y aquel tan excepcional no iba a ser una excepión. Se sentaba en su esquina reservada del vestuario y escuchaba su música favorita, dejando que los minutos pasaran lo más rápido posible. Se tocó la rodilla derecha, se la acarició en realidad. Siempre había sido su punto débil, y el Pistolero sin duda lo sabía. Todo el país lo sabía. ¿Se podía partir una rodilla de una sola patada? Sin duda, si era lo suficientemente brutal. Había sentido la tentación de preguntarle a los médicos del club, pero estaba claro que sí.

Sus compañeros de equipo le habían mostrado todo su apoyo. De hecho, en cuanto el Pistolero le tocara, le habían garantizado que se iba a armar una de las buenas. "La madre de todas las tanganas", decían. De hecho, la prensa del césped más amarillo hablaba de que todo el estadio se podía tornar en un tumultuoso campo de batalla si el Pistolero cumplía la amenaza que no terminaba de hacer.

Había llegado la hora de ponerse en marcha. "El Pocho" se quitó los cascos, carraspeó con cierta irritación según su costumbre y se dirigió a reunirse con el resto de sus compañeros.

"Macita" Miller no era el mejor defensa del mundo, pero el suplente que todo entrenador desea tener en su equipo, para partidos como aquel.

"Macita" Miller se acercó a "El Pocho" y le susurró al oído:·

"Tranquilo, pibe. Está todo controlado".

sábado, 8 de abril de 2017

La última bala del Pistolero (4).

No cabía un alma en la sala de prensa (ni en los bares, ni en los salones de las casas...) El país y la nación del fútbol en general estaban totalmente consternados.

Arturo Brocco entró serio, colocó el micrófono más serio, carraspeó todavía más serio, bebió un traguito de agua incluso más serio todavía y se dispuso a leer el comunicado más serio de su vida.

"...como pueden ustedes comprender, la ética profesional y la dignidad humana me impiden prestarme a ser el pasayo de un infame circo de la ignominia al deporte". En otras palabras, y como le había dicho a Mister Ding, "conmigo no cuente para eso, me voy". El propietario se limitó a asentir y recordarle que, al dejar él libremente el puesto, no tenía derecho a indemnización por despido.

"No habrá turno de preguntas. Gracias y adiós". Así cerró Brocco su rueda de prensa y su etapa en aquel equipo.

Pero la de aquel día era una tragicomedia en dos actos. El segundo se produjo a la salida del entrenamiento, dirigido de modo provisional por un empleado del club ante la fulminante salida de Brocco. Aquello sí que era la guerra, una guerra con múltiples frentes: cada periodista y cada cámara contra todos sus colegas y contra los empleados de seguridad del club.

En el ojo de aquel huracán, el auto deportivo de su propiedad que trasladaba al Pistolero a su domicilio. Avanzaba lento, muy lentinto, a ritmo de bocinazos entre la multitud enloquecida y los fogonazos de los flashes. Tras el cristal de la luna del coche y los cristales de las gafas de sol, se adivinaba el rostro satisfecho del Pistolero.

Cuatro líneas en su red social de cabecera habían bastado para desencadenar la locura:

"Jugaré el gran partido, confirmado.Va a ser mi partido de despedida como futbolista, pero puede que yo no sea el único que diga adiós. Me da igual que me sancionen con mil partidos, porque no podré cumplir ni uno. Me da igual que mi equipo se quede con diez, porque ahí va a estar el germen de nuestra victoria".

El Pistolero no soltó una palabra a la salida de aquel entrenamiento. Ya lo había dicho todo. 

lunes, 3 de abril de 2017

La última bala del Pistolero (3).

A mister Ding, como buen propietario de última generación de club de fútbol, no le gustaba el fútbol. Es más, le aburría. A mister Ding no le gustaba el deporte, sólo le interesaba ganar o, mejor dicho, ganar dinero. Para terminar de ser precisos, diremos que a mister Ding le gustaba ganar dinero -muchísimo- a cualquier precio, y ahí era donde entraba el deporte. Era un producto que se vendía bien. A mister Ding le habían empezado a hacer rico las baratijas de bazar por Internet, luego las tiendas de ropa, la hostelería, los pisos y el fútbol no era más que otro tentáculo de su insaciable pulpo de hacerse cada vez más rico.

Por tanto, la idea del Pistolero le pareció estupenda.

-Muy bien. Poner el práctica.

-Hay un problema, presi. Para eso hace falta que me saque el mister.

-¿Mister? Yo mister Ding, yo sacar.

-No, no...Mister usted no. Mister de entrenador....Mister Brocco.

-¿Por qué mister Brocco no sacarte?

-¡Dice que no es ético, que va en contra del deporte y de sus principios!

Mister Ding se puso muy serio y arqueó su ceja izquierda (mala señal).

-No entender eso de principios deportivos en deporte profesional, Niños de liga escolar, puede, pero esto es un negocio de millones de millones. No lugar para absurdos principios deportivos en negocios.

-¡Si eso mismo le digo yo, pero no me hace caso!

-No preocupar, yo hablar con mister Brocco. Tú sacado.

En el idioma tan particular de mister Ding, "hablar con" era sinónimo de "convencer a". Era algo que mister Ding sabía hacer a cualquier precio, aunque a los tipos como él les solía salir bastante barato.

domingo, 26 de marzo de 2017

La última bala del Pistolero (2).

-¡Vos estás loco, loco!

-¡No, es lo más sensato que esta patata podrida que tengo por cerebro ha pensado en su vida!

-¡Menos mal que no hay testigos de esto! ¡Largate a la cancha y ponete a entrenar! Haremos como qu esto no pasó nunca.

-Se lo voy a contar al resto de los muchachos, seguro que les parece una gran idea.

-¿Pero no te das cuenta que eso que proponés es totalmente contrario al espíritu del deporte? ¡Qué carajo, es una agresión, un delito!

-¡No me vengás ahora con esas! El circo este en el que se ha transformado esto es de todo menos deporte.

-¿Qué qurés, terminar en la cárcel?

-¡No le meten preso a nadie por lo que pasa en el pasto!

-¡Pues os sancionarán de por vida!

-¿Qué má me da? Me retiro, que es lo mismo.

-Pero, ¿querés ser recordado como un canalla?

-Los enemigos van a tener un mal recuerdo igual, nuestros fans me querrán todavía más y a los que les da igual el fútbol les dará lo mismo.

-¡Estás loco!

-¿Vos querés ganar el maldito partido o no?

-Sí.

-¡Pues ya está!

-Pero yo no puedo estar de acuerdo con esto.

-¡Pos no lo estés!

-Pero si no lo estoy, no puedo ponerte a jugar.

-Me parece que hablo con la persona equivocada. ¡El presidente es mi hombre!

-Hacé lo que querás, loco.

-¡Por supuesto que lo voy a hacer!

martes, 21 de marzo de 2017

La última bala del Pistolero (1).

"'El Pocho' Es el noventa por ciento del equipo. Sin 'El Pocho', les ganamos fácil. De hecho, sin el Pocho les ganamos con diez".

La palabra de Arturo Brocco era ley en el mundo del fútbol de aquel país. Bien ganado se lo tenía. Como el popular periodista Hugo Pérez Parma había afirmado en su columna del semanario Gol: "Los ingleses inventaron el fútbol, pero Arturo Brocco fue quien le escribió el manual de intruccciones". Quizás exageró un poco, pero sin duda no mucho.

El timbre a deshoras del teléfono se le clavó en toda la cabeza al Brocco.

-Mister, ¿hablás en serio?

-¿Quién es?

-Soy el Pistolero.

-¿Qué hora es, loco...? ¡Las seis, la concha de la lora! ¿Me despertás a las seis, pelotudo?

-¡Es que fue ahora cuando vi la entrevista en el noticiero!

-Pero, ¿vos que hacés levantado a esta hora? ¡No me digás, venís de juerga! ¡Que estés viejito y ya no juegues casi no te da permiso para irte de borrachera!

-¡Que si lo decís en serio, carajo!

-¿El qué, el qué, el qué?

-¡Lo de que sin el Pocho no nos ganan!

-¿A qué viene eso ahora? ¡A la mierda, pelotudo!

Brocco colgó el teléfono. Pero el Pistolero no se iba a rendir tan fácilmente. El asunto era bien grave.

-¡No me jodas! ¿Querés que le diga al club que le habra un expediente?

-¡Es que es muy importante, mister!

-¡Mañana lo hablamos en el entrenamiento!