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sábado, 14 de octubre de 2017

Valor sin Valor (1).

"Prefiero morir de hambre a que me alimente la humillación".

Todos los presentes aplaudieron emocionados. Conocían bien aquella cita, la que rezaba al pie de la estatua recién descubierta, la que muchos llevaban en sus camisetas, la que había inspirado la vida de todos y les había dado fuerza en los momentos difíciles.

"Magnolia Glenn no fue sólo un ejemplo para las mujeres de este país, Magnolia Glenn no fue sólo un ejemplo para la comunidad Hazi, Magnolia Glenn fue un ejemplo de dignidad, lucha y valor para todo el género humano. Yo mismo no estaría aquí, ni habría logrado muchas cosas sin la fuerza y la inspiración que Magnolia Glenn supuso para mí ".

Más vítores para el señor presidente. En efecto, él también era un Hazi, el primero de su etnia en dirigir los destinos de aquella pequeña república. El primero que había logrado unir el voto de las otras minorás del país (Jukelays, Guila, Babasami, Ho...) para derrotar a la mayoría Nushaw, la cual había regido los destinos del país desde su independencia.

Fue precisamente un presidente Nushaw -Abbo Hagga- el que, tres décadas atrás, había desencadenado todo con su infame decisión de enviar una importante partida de carne de vacuno que se sospechaba pudiera estar contaminada a la región Hazi donde vivía Magnolia Glenn. "Puede que alguno tenga que ir al baño más de lo debido pero, desde luego, no matará a nadie y a muchos les permitirá comer carne, algo que hacen con bien poca frecuencia", había afirmado Hagga sonriente en rueda de prensa.

La comunidad Hazi aceptó con resignación el cuarto de kilo por hogar de regalo presidencial (después de todo, "carne es carne", aunque la mayoría optaba por picarla para mezclarla con otros alimentos, y también por no dársela a los niños).

Pero Magnolia Glenn fue diferente, Magnolia le tiró el filete a la cara al funcionario de turno después de pronunciar la célebre frase y, como consecuencia directa, pasó una semana bajo arresto en una comisaria a base de pan y agua.

viernes, 6 de octubre de 2017

El Segurata que Amaba a los Pitufos (y 3).

Era el mejor. Por mucho que fuera más bien bajito y seguramente pasado de edad. Seguía siendo el mejor.

-Ha sido la inmovilización más limpia que he visto en mucho tiempo.

Todo un cumplido, viniendo de quien venía.

-¡Me ha costado! ¡No vea usted cómo se resistía!

-Sí, le debe gustar mucho este grupo musical para darlo todo con tal de colarse.

-Pasa con frecuencia. Estos fans son unos locos.

-¿Es usted fan de algo?

Sí, por supuesto, de los pitufos. Pero, ¿cómo confesarle eso a un supervisor de seguridad curtido en la Legión en sus años mozos?

-Del fútbol...como todo el mundo.

Exacto. Mejor una respuesta predecible, conservadora y segura.

-¡Pues imagínese que su equipo juega la final de la Copa de Europa y usted se quedó sin entrada!¿No haría lo mismo?

-Sí, supongo que sí.

-Los sueños están para cumplirse a cualquier precio, agente.

"Los sueños están para cumplirse a cualquier precio". No paró de repetirse la frase en el Metro de camino a casa.

Daba lo justito para vivir con algún extra ocasional, cosas de cobrar de entrada la voluntad (para ser honrado lo poco que sacaba se lo daban las camisetas de recuerdo), y quizás no le hiciera mucha gracia eso tener la casa llena de desconocidos. Pero, después de todo, un sueño es un sueño.

Bienvenido al Pequeño Gran Super Museo Pitufo.  El nombre no era gran cosa, pero a él le gustaba y enseñar su colección era un millón de veces más agradable que aquel trabajo de guardia jurado.

domingo, 24 de septiembre de 2017

El Segurata que Amaba a los Pitufos (2).

Su casa era todo lo grande que  un tipo de su profesión se podía permitir. En otras palabras, era diminuta. "Una casita de pitufos", se decía a sí mismo bromeando.

Por fortuna, vivía solo. Una vez se compró un gato -al que previsiblemente apodó Azrael-, pero, como su tocayo de lápiz y tinta, no paraba de martirizar a los pobres pitufos, en este caso encarnados en figuras de plástico y cerámica. Al mes y medio de convivencia, cuando diezmó parte de una costosa colección, se lo regaló a la niña de una vecina. Ninguno de los dos echó de menos al otro.

Por fortuna, el desaguisado con la firma del minino se había podido remediar, aunque a costa de mucho tiempo y bastante dinero. Precisamente ese día le había llegado por correo -certificado, mejor no correr riesgos con las cosas serias aunque cueste un poco más de dinero- el último recambio de tan preciada colección.

Lo situó en su lugar y se alejó unos pasos para cerciorarse de que todo estaba en su sitio. Torció el morro, concentrado, mientras se iba y venía haciendo pequeños ajustes hasta que todo quedó a su plena satisfacción.

Ningún extraño había pisado jamás su hogar. La poca vida social que tenía la mantenía bien alejada de su santuario pitufil. Le daba apuro, vergüenza mejor dicho, que alguien supiera que esos pequeños bichos azules eran una parte importante de su vida.

Cerró con cuidado el álbum 17 de la serie de extras de los 80 -uno de sus favoritos- y lo devolvió con incluso más mimo a la estantería. ¿Cuántas veces lo habría leído? Ni idea, pero seguro que menos de las que todavía lo habría de leer.

Era hora de bajar de la nube e irse al trabajo. Se enfundó en su uniforme casi militar y se fue a patrullar los pasillos del estadio local. Era partido de alto riesgo, y para esos los jefes siempre asignaban a los tipos más duros, como él.

lunes, 18 de septiembre de 2017

El Segurata que Amaba a los Pitufos (1).

Uno no pregunta. Es la regla de oro número dos del quiosquero (la número uno es vigilar para que los chavalines no te manguen las revistas guarras). El cliente paga y se lleva lo que ha comprado. Punto.

Con eso y con todo, al quiosquero siempre le daba por enunciar sus propias teorías privadas cuando algún cliente habitual compraba más raro de la cuenta, teorías en base a las cuales apodaba a sus parroquianos.

"Papá Pitufo", ése era de los más claros (y uno  de sus favoritos). De entrada, vestía de azul por su profesión de guardia de seguridad, y la bien recortada barba ya estaba más gris que negra. Para colmo, era bastante bajito para ser un agente del orden (de hecho, el quiosquero dudaba de que diera la talla mínima).

-Hola, me llevo el tebeo de esta semana y diez sobres de cromos.

-Muy bien. Pues serán..8 en total.

-¿Sabes cuándo llega el especial de primavera?

-Pues para la semana que viene, supongo.

-No te olvides de resevarme uno.

-Descuida.

Por mucho que fuera de azul, canoso y bajito, "Papá Pitufo" se había ganado el mote porque desde hacía años no se perdía un solo producto relacionado con las simpáticos personajillos azules y porque el quiosquero suponía que aquel hombre sería el papá (acaso el joven abuelo) de uno, dos o tres malcriadas niñas obsesionadas con los Pitufos, a las que su cliente era incapaz de negarles el capricho.

La suposición, como tan a menudo ocurre en esta vida, era errónea.

sábado, 9 de septiembre de 2017

La Receta del Diablo (y 11).

-¡Vaya cara, páter! Un milagro no es el tipo de cosa que debería cogerle de sorpresa.

El comandante Hugo W. Hill sonreía socarrón mientras encendía un pitillo. Era su manera habitual de restregarle sus victorias por la cara al resto de la humanidad.

-Hasta mi creencia en los milagros tiene un límite, abogado.

-¡Hombre de poca fe! -la sonrisa ya era carcajada.

El teniente Saint James también sonreía feliz. El alivio es la felicidad de los pusilánimes.

-¿Y él cómo se lo ha tomado?

-¡Ah, muy contento! Todo eso de que prefería morir...,una pose. Ya se sabe los chulos que son los alemanes.

-Y estos más.

El padre Lafferty se detuvo a analizar el rostro de aquel tipo sin duda digno de toda admiración. ¿Cómo habría logrado que le conmutaran la horca por cadena perpetua a un fulano como Holz, que había hecho lo que había cometido? Hill cazó la mirada del páter al vuelo.

-Se pregunta cómo lo he hecho, ¿verdad?

-Y supongo que, como los magos de los teatros, no me va a revelar el truco.

-Ja, ja, ja. Mire, páter, si algo me ha enseñado la guerra es que este mundo es una jungla llena de fieras con objetivos. Si uno quiere sobrevivir, no hay que deternerse ante nada, no hay que tener escrúpulos a la hora hacer lo que sea, porque si tú no eres un malnacido, alguien lo será por ti. Eso es lo que somos todos, una pandilla de bestias bastardas: Holz, matando a sangre fría a todos aquellos inocentes, o cierto juez, destrozando la inocencia de niñas de la peor manera posible.

Lafferty se puso pálido de incredulidad. El teniente Saint James todavía estaba terminando de asimilar la información.

-¡Vaya, pater, otro milagro: se ha quedado usted mudo!

-Y esas niñas...

-¡Pobre juez Johnston, él que pensaba que había superado ese vicio tan terrible! ¡Pero esas dos huerfanitas eran tan deliciosamente dulces y con el pelo tan rizadito! ¡Qué mala suerte que hubiera un tipo escondido en el armario con una cámara fotográfica!

-¡Me da usted asco, es un hijo de puta!

-En efecto, y de los gordos. Ya se lo he dicho, lo somos todo un poco. Es, con triste frecuencia, la única manera de lograr los propios objetivos.

-¡Debería denunciarle, cabrón!

-Pero no lo hará. Usted y yo sabemos por qué. Además, le soplé una bonita cifra al orfanato donde están las niñas. Comerán caliente durante bastante tiempo. Ya ve, grandísimo hijo de puta, pero con su corazoncito.

El padre Lafferty clavó pensativo sus ojos en los de Hill y terminó asintiendo resignado.

-Supongo que es la Receta del Diablo.

-En efecto, páter, pisar a cualquier precio si uno quiere ser pisado gratis.

domingo, 3 de septiembre de 2017

La Receta del Diablo (10).

-¡Joder, ha tenido suerte! ¡Es el bueno!

El teniente Saint James no quería mirar -su conciencia, mejor dicho-, pero acabó haciéndolo. Los seres humanos somos todos una pandilla de morbosos. ¿Para qué negarlo? ¿Quién se puede resistir a verle la cara a un verdugo de verdad?

-¿Cómo sabe usted tanto de él, padre?

-Yo lo sé todo, hijo. Es una característica de los de mi empresa, empezando por el Jefe.

-¿Y sabe usted si necesita que le dé alguna información?

El padre Lafferty le miró con una tremenda cara de guasa.

-No, chaval, no será necesario que hables con él, a no ser que necesites que él te explique una o dos cosas.

-¿Tan bueno es?

-¡Una jodida máquina de matar!

-Entonces, será todo rápido.

-No os vais a dar ni cuenta.

-Espero que sí.

-Anda, vámonos a descansar un poco, que para estas cosas hay que estar toda la noche en vela, Es lo único malo que tienen.

-Joder, páter, con perdón.

-Ja, ja, ja.

Según salían de la prisión, se cruzaron con el abogado Hills. Intercambiaron un saludo breve, formal y forzado.

-¡Éste tampoco va a dormir ni un minuto hoy, chaval! ¡Qué manera de perder el tiempo, Holz ya es hombre muerto! ¡Le admiro la fe que tiene!, lo cual, viniendo de un hombre como yo, tiene mucho mérito.

-Pues a mí me parecía que iba hasta casi sonriendo.

lunes, 28 de agosto de 2017

La Receta del Diablo (9).

-¿Apto, pues, para morir, doctor?

El teniente Saint James no levantó la mirada del impreso que estaba rellenado. No lo habría hecho ni por todo el oro del mundo.

-¡No seas cruel, Holz, que bastante mal lo está pasando el señor doctor!

-Lo siento, padre. Soy cruel, extremadamente cruel, cruel más allá de lo humanamente concebible. Si no me cree, lea las actas del juicio, el señor fiscal no se cansó de decirlo.

-Me han informado de que esta misma tarde viene el otro a visitarte. A ver si con ése tienes tantos cojones, Holz.

-¿Cree que me va a impresionar un verdugo? ¡Dudo que sea mejor en ese oficio que yo! De hecho, es posible que incluso me pida un autógrafo.

-Por eso mismo sabrás las consecuencias de un ahorcamiento chapucero.

El semblante de Holz se oscureció uno o dos tonos. No convenía entrar en una guerra dialéctica con el padre Lafferty, él siempre sabía dónde atacar.

-Bueno, puede que me toque bailar un poco el "swing", pero supongo que me lo tengo merecido después de todo.

-Creo que podrían haber tenido la deferencia de fusilarte.

-Menos espectacular y mucha sangre que limpiar. Además, eso es para los hombres de honor, para los capitanes de intendencia que asesinan a su esposa en un ataque de cuernos, y desde un principio se dejó bien claro que nosotros somos un montón de escoria. Y ahora, si me disculpan, tengo que lavarme bien el cuello para que esté presentable para el señor cuelganazis.

El teniente médico Saint James había permanecido en silencio durante toda la conversación. Estaba apoyado sobre una esquina de la celda. Con el rostro paliducho y pulso algo tembloroso, firmaba su informe. Confirmado: no estaba preparado para según qué situaciones.