Su nombre técnico es "Orchis simia", aunque los amigos la conocen como "orquídea mono", y es tal que así:
Inquietante (¡muy inquietante!), ¿verdad? Parece, en efecto, un mono -quizás un hombre, acaso un ahorcado- colgando del tallo de la planta y -seguro que ya se ha fijado, picarón- con su cosita reglamentaria en posición de descansen (y de un calibre relativo no desdeñable). Es, quizás, por el susodicho apéndice que la flor en cuestión -muy extendida por todo el mundo, España incluida- no alcanza más popularidad. Es comprensible, lo último que quiere la señorita Mari Paz es tener que lidiar con la guasa, las risas y algún que otro comentario en la clase de 12 añitos al poner la diapositiva del vegetal de marras.
Por cierto, que, para colmo de anecdótica, la florecilla huele -literalmente- a caca, (dicen que es una hábil táctica para atraer a los insectos que la polinizan).
Pero, la cosa está clara, la Madre Naturaleza no puede ser más caprichosa....
¿O quizás sí?
Otra orquidea al canto.
Se llama "Dracula gigas" (Dracula no por el Conde, sino por dragón), Y, aunque la "Orquidea Mono" sea la de arriba, quizás está merecería más tal apelativo. Observe.
No, no le tomo el pelo ni es ningún montaje. La flor es tal y como usted la ve: con toda la cara de un mono en todo lo alto. Y, si no me cree, se pasa por el Norte de Sudamérica, que tienen.
(Por cierto, que, aparentemente, esta huele a naranjas).
Moraleja: la Naturaleza ofrece multitud de tesoros, maravillas, detalles y momentos dignos de ver y tenemos la suerte de que la tecnología los pone a nuestro alcance sin tener que viajar a el otro extremo del Planeta (Tierra, no premio, se entiende).
¡Búsquelos, encuéntrelos, disfrútelos!
martes, 21 de mayo de 2013
lunes, 20 de mayo de 2013
El Mercenario: Las Fotografías Perdidas.
El Mercenario ocupaba un cuarto en uno de los barracones de los oficiales. Como coronel, tendría derecho a algo mejor. Pero eso era más propio de los coroneles con una familia que él no tenía y, además, le gustaba convivir con sus comandantes, capitanes y tenientes. Si quizás haya que morir juntos, también hay que vivir juntos. Además, tenía la sensación de que así le respetan más.
Si es que eso era posible.
El Mercenario dedicaba el poco tiempo libre que le dejaba la guerra a buscar un poco de paz. Le gustaba leer, por el leer en sí, y porque al Enemigo no le gustaba que se lea.
-¿Se puede, mi coronel?
Tenía, en efecto, poco tiempo libre, ya no sólo por la lucha, sino porque sus hombres a menudo iban buscar en él respuestas al mundo de preguntas que les había tocado vivir.
-Adelante, capitán.
Todos ellos estaban tan unidos como un grupo de personas puedan están, pero sin perder las formas.
-Le quería comentar un asunto, mi coronel.
-Usted dirá.
-Verá, me quiero casar y no sé si sería posible tomarme una semana de permiso para hacerlo y pasar unos días con mi esposa.
El Coronel miró directamente a los ojos de su subordinado.
-¿Está usted seguro de eso, capitán?
-Bueno....la quiero mucho...
-No me refiero a si la quiere o no, me refiero a cuánto tiempo va a poder seguir haciéndolo. Nuestro oficio es peligroso, no hace falta que se lo recuerde.
-Es por eso, mi coronel, porque no me quiero morir sin haber sido su marido.
El Mercenario asintió sesudo.
-De acuerdo. Váyase mañana y vuelva el siete. Nos las arreglaremos para seguir ganando esta guerra sin usted. Y disfrute de esos días, no va a ser usted jamás más feliz. Un lujo en los tiempos que corren.
-¿Estuvo usted casado, mi coronel? Si me permite la pregunta.
-Se la permito. Sí, y tuve una familia. Y ahora no tengo nada.
El Mercenario parecía muy incómodo, más amargo por segundos. El capitán se dio cuenta de lo inapropiada que había sido la pregunta y decidió marcharse.
-En fin, si no ordena nada más, me voy. Gracias, mi coronel.
-Muy bien. Sea feliz. Y no pierda tiempo haciendo fotos. Las fotos son absurdas. Yo hice muchas y las he perdido todas. Aunque me da lo mismo. No me hacen falta fotos para recordar cómo eran sus caras.
Si es que eso era posible.
El Mercenario dedicaba el poco tiempo libre que le dejaba la guerra a buscar un poco de paz. Le gustaba leer, por el leer en sí, y porque al Enemigo no le gustaba que se lea.
-¿Se puede, mi coronel?
Tenía, en efecto, poco tiempo libre, ya no sólo por la lucha, sino porque sus hombres a menudo iban buscar en él respuestas al mundo de preguntas que les había tocado vivir.
-Adelante, capitán.
Todos ellos estaban tan unidos como un grupo de personas puedan están, pero sin perder las formas.
-Le quería comentar un asunto, mi coronel.
-Usted dirá.
-Verá, me quiero casar y no sé si sería posible tomarme una semana de permiso para hacerlo y pasar unos días con mi esposa.
El Coronel miró directamente a los ojos de su subordinado.
-¿Está usted seguro de eso, capitán?
-Bueno....la quiero mucho...
-No me refiero a si la quiere o no, me refiero a cuánto tiempo va a poder seguir haciéndolo. Nuestro oficio es peligroso, no hace falta que se lo recuerde.
-Es por eso, mi coronel, porque no me quiero morir sin haber sido su marido.
El Mercenario asintió sesudo.
-De acuerdo. Váyase mañana y vuelva el siete. Nos las arreglaremos para seguir ganando esta guerra sin usted. Y disfrute de esos días, no va a ser usted jamás más feliz. Un lujo en los tiempos que corren.
-¿Estuvo usted casado, mi coronel? Si me permite la pregunta.
-Se la permito. Sí, y tuve una familia. Y ahora no tengo nada.
El Mercenario parecía muy incómodo, más amargo por segundos. El capitán se dio cuenta de lo inapropiada que había sido la pregunta y decidió marcharse.
-En fin, si no ordena nada más, me voy. Gracias, mi coronel.
-Muy bien. Sea feliz. Y no pierda tiempo haciendo fotos. Las fotos son absurdas. Yo hice muchas y las he perdido todas. Aunque me da lo mismo. No me hacen falta fotos para recordar cómo eran sus caras.
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El Mercenario
domingo, 19 de mayo de 2013
Historias Imaginarias de un Colegio que Jamás Existió: Relevo de Puestos.
José Luis Trestuestes era futbolero de todo corazón, como cualquier persona con algo de cabeza, y de esos que no puede ver un balón rodando sin, al menos, dedicarle unos instantes de su atención.
Ni que decir tiene que "El Trestuestes" era fiel seguidor de los equipos del cole.
-¡Árbitro, macho, que al pobre Rosales nos lo van a matar, y luego a ver qué le decimos a su madre!
"Llamadme Gus" le dio un golpecito en el brazo.
-¡Córtate un pelo, hombre, que están los chavales delante!
-Sí, los chavales y sus familias, por eso precisamente me he cortado, no uno, sino tres pelos. En circunstancias normales, me habría cagado el árbitro y en su padre.
"Llamadme Gus" había ido al partido más por simpatía hacia los chicos que por interés balompédico.
-A mí es que esto del fútbol, no me va mucho, ¿sabes?
-Pues es una pena, estimado colega, porque el fútbol es con mucha frecuencia pefecta metáfora de la propia vida. Mira, por ejemplo, ahora, ¿ves?
-¿El qué?
-Pues que el lateral ha subido y le están pillando al contraataque, por eso un central va a cubrir su banda, mientras que el otro ocupa la plaza de su compañero.
-Ya, ¿y qué me quieres decir con eso?
-Pues que en Educación nos está pasando lo mismo: los padres juegan a ser amigos y abandonan su parcela paternal, así que a los pobres profesores nos toca ir corriendo a ocupar esa plaza -y convertirnos en padres de nuestros alumnos-. Pero el problema es que ese hueco que dejamos libre lo están ocupando los medios de comunicación, que ahora son los auténticos profesores de los chicos. ¿Lo ves?
"Llamadme Gus" asintió.
-Lo veo.
Ni que decir tiene que "El Trestuestes" era fiel seguidor de los equipos del cole.
-¡Árbitro, macho, que al pobre Rosales nos lo van a matar, y luego a ver qué le decimos a su madre!
"Llamadme Gus" le dio un golpecito en el brazo.
-¡Córtate un pelo, hombre, que están los chavales delante!
-Sí, los chavales y sus familias, por eso precisamente me he cortado, no uno, sino tres pelos. En circunstancias normales, me habría cagado el árbitro y en su padre.
"Llamadme Gus" había ido al partido más por simpatía hacia los chicos que por interés balompédico.
-A mí es que esto del fútbol, no me va mucho, ¿sabes?
-Pues es una pena, estimado colega, porque el fútbol es con mucha frecuencia pefecta metáfora de la propia vida. Mira, por ejemplo, ahora, ¿ves?
-¿El qué?
-Pues que el lateral ha subido y le están pillando al contraataque, por eso un central va a cubrir su banda, mientras que el otro ocupa la plaza de su compañero.
-Ya, ¿y qué me quieres decir con eso?
-Pues que en Educación nos está pasando lo mismo: los padres juegan a ser amigos y abandonan su parcela paternal, así que a los pobres profesores nos toca ir corriendo a ocupar esa plaza -y convertirnos en padres de nuestros alumnos-. Pero el problema es que ese hueco que dejamos libre lo están ocupando los medios de comunicación, que ahora son los auténticos profesores de los chicos. ¿Lo ves?
"Llamadme Gus" asintió.
-Lo veo.
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Un Colegio Imaginario
sábado, 18 de mayo de 2013
La Guerra de la Paz.
A primera vista, el error había sido invitar a los señores tiranos al funeral, pero, ¿cómo no hacerlo? Era un funeral de estado por un sanguinario dictador, y a ese tipo de cosas uno tiene que invitar a los correligionarios, o la iglesia se te queda vacia.
Además, que se sentó a ese gente por orden alfabético de país de procedencia, y eso garantizaba una distancia prudencial entre uno y otro.
Y, al fin y al cabo, las cosas estaban algo tensas por aquello de la disputa del islote, pero tampoco tanto como para temerse los peor.
Y entonces el sacerdote dijo aquello de: "daos fraternalmente la paz".
¿Quién se iba a imaginar que el más calvo de los dos iba a tener la feliz idea de irle a dar la paz al otro?
¿Quién se podía figurar que el otro se iba a negar -airado- a estrechar una mano que no se había quitado el guante?
¿Cómo imaginar que el más calvo de los dos iba a abandonar de inmediato -entre gritos- el templo para buscar el primer teléfono disponible y ordenar un ataque inmediato y sin cuartel?
¿Cómo creerse que aquellos dos países habían entrado en guerra por culpa de la paz?
Los medios mundiales, con sus articulistas con la voluntad y la opinión de peaje, defendían al que tocaba defender. La culpa era de uno por "ir a provocar, dados los antecendentes y con el detalle nada inocente y de claro menosprecio de no quitarse el guante", la culpa era del otro "por rechazar un gesto de buenísima voluntad, lo cual constituía un gravísimo insulto al otro país".
El caso es que ya iban más de mil víctimas -entre civiles y militares (que también son muertos de verdad, con familia y perrito, aunque a menudo nos quieran hacer creer lo contrario) -y esos dos presuntos señores seguían yendo a misa y dando la paz, su paz.
Eso sí, a quien no la necesitaba.
Además, que se sentó a ese gente por orden alfabético de país de procedencia, y eso garantizaba una distancia prudencial entre uno y otro.
Y, al fin y al cabo, las cosas estaban algo tensas por aquello de la disputa del islote, pero tampoco tanto como para temerse los peor.
Y entonces el sacerdote dijo aquello de: "daos fraternalmente la paz".
¿Quién se iba a imaginar que el más calvo de los dos iba a tener la feliz idea de irle a dar la paz al otro?
¿Quién se podía figurar que el otro se iba a negar -airado- a estrechar una mano que no se había quitado el guante?
¿Cómo imaginar que el más calvo de los dos iba a abandonar de inmediato -entre gritos- el templo para buscar el primer teléfono disponible y ordenar un ataque inmediato y sin cuartel?
¿Cómo creerse que aquellos dos países habían entrado en guerra por culpa de la paz?
Los medios mundiales, con sus articulistas con la voluntad y la opinión de peaje, defendían al que tocaba defender. La culpa era de uno por "ir a provocar, dados los antecendentes y con el detalle nada inocente y de claro menosprecio de no quitarse el guante", la culpa era del otro "por rechazar un gesto de buenísima voluntad, lo cual constituía un gravísimo insulto al otro país".
El caso es que ya iban más de mil víctimas -entre civiles y militares (que también son muertos de verdad, con familia y perrito, aunque a menudo nos quieran hacer creer lo contrario) -y esos dos presuntos señores seguían yendo a misa y dando la paz, su paz.
Eso sí, a quien no la necesitaba.
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viernes, 17 de mayo de 2013
La Rosa y la Araña (y 6).
Cada uno por su lado, como hacía la gente moderna de hoy en día. Era lo mejor para los dos, en vista de lo que había pasado. Y por los niños no había que preocuparse. De hecho, hasta se sentían más normales y más acordes con los tiempos por tener a los padres separados.
A Adolfo María le iba mejor que nunca. "Había rehecho su vida", como a él mismo le gustaba decir al tiempo que presumía de novia jovencita. "¡Y de la guarra de mi ex no quiero saber nada, me importa una mierda cómo le vayan las cosas!"
Esto era una completa verdad a medias, porque se alegró un montón cuando se enteró de que lo había dejado con el ruso. De contento que estaba, hasta estuvo por llamarla para intentar arreglar lo suyo. Por fortuna, fue capaz de controlar la euforia.
Por lo demás, Adolfo María siguió frecuentando los mismos círculos (pero siempre con cuidado de no encontrarse con su ex). Los menos amigos se reían de él, "cuernos bailarines" y el "picotazo de la mariquita". Y los amigos de verdad también, pero intentando disimularlo.
-¡Cuidado, que hay mariquitas en este campo, a ver si os va a atacar alguna!
Ese era el tipo de comentarios que escuchaba a lo lejos -pero escuchaba- Adolfo María cuando iba a jugar al golf. Poco originales, muy hirientes.
Pero, ¿qué podía hacer? ¿Encararse? ¡Eso habría sido peor, porque eso era precisamente lo que querían!
Porque sí, ese club de golf tenía a la entrada un jardín tan bonito y tan bien cuidado que seguro que había mariquitas por entre las rosas.
Y, seguramente, también arañas.
De esas que le habían parasitado su más bella flor y le habían arruinado la vida.
A Adolfo María le iba mejor que nunca. "Había rehecho su vida", como a él mismo le gustaba decir al tiempo que presumía de novia jovencita. "¡Y de la guarra de mi ex no quiero saber nada, me importa una mierda cómo le vayan las cosas!"
Esto era una completa verdad a medias, porque se alegró un montón cuando se enteró de que lo había dejado con el ruso. De contento que estaba, hasta estuvo por llamarla para intentar arreglar lo suyo. Por fortuna, fue capaz de controlar la euforia.
Por lo demás, Adolfo María siguió frecuentando los mismos círculos (pero siempre con cuidado de no encontrarse con su ex). Los menos amigos se reían de él, "cuernos bailarines" y el "picotazo de la mariquita". Y los amigos de verdad también, pero intentando disimularlo.
-¡Cuidado, que hay mariquitas en este campo, a ver si os va a atacar alguna!
Ese era el tipo de comentarios que escuchaba a lo lejos -pero escuchaba- Adolfo María cuando iba a jugar al golf. Poco originales, muy hirientes.
Pero, ¿qué podía hacer? ¿Encararse? ¡Eso habría sido peor, porque eso era precisamente lo que querían!
Porque sí, ese club de golf tenía a la entrada un jardín tan bonito y tan bien cuidado que seguro que había mariquitas por entre las rosas.
Y, seguramente, también arañas.
De esas que le habían parasitado su más bella flor y le habían arruinado la vida.
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jueves, 16 de mayo de 2013
La Rosa y la Araña (5).
¿Denunciar, para qué? ¿Para qué toda esa sarta de chivatos que tenía por amigos se enterara de inmediado de que habia ido a pegarle una paliza al amante de su mujer, y lo había dejado fuera de combate de un sólo directo? ¡Y encima un sarasa....eso le dolía mucho más que el dichoso ojo morado! No, no denunciaria, aunque no le cabía la menor duda de que sus teóricas amistades se acabarían enterando más pronto que tarde.
El bedel, por su parte, tampocó interpondría demanda alguna, que a los señores que van con corbata de seda siempre hay que tenerles un respeto.
Con el alta hospitalaria y la moral muy baja, don Adolfo María salíó de urgencias. Su primer instinto fue buscarse un taxi, pero luego decidió ir dando un paseo. Habían intentado avisar a su mujer, pero no la habían conseguido localizar, aunque, dado que la cosa no era importante en absoluto, tampoco habían insistido mucho.
Mejor, no le apetecía hablar con ella; no quería hacerlo antes pensar un poco y aclarar sus ideas.
¿Separación? ¿Divorcio? ¿Guardar las apariencias, aunque toda la manada de cotillas salvajes supiera la verdad? ¿Qué era lo mejor para él? ¿Y para los niños? La pequeña ya tenía 17, edad de comprender las cosas.
¿Qué era, en suma, lo mejor?
No tenía ni idea. Le parecía la decisión más importante de su vida. Por un lado, le apetecía ser un hombre libre, lavar el baldón sobre su honor y su orgullo masculino liándose con alguna jovencita, de esas que te permiten presumir cuando tomas destilados con los amigotes.
Pero, por otro lado, y por extraño que a él mismo le resultara, le tenía cierto aprecio a su matrimonio.
Bah, lo mejor sería hablar con ella e intentar llegar a un acuerdo más o menos amistoso.
El bedel, por su parte, tampocó interpondría demanda alguna, que a los señores que van con corbata de seda siempre hay que tenerles un respeto.
Con el alta hospitalaria y la moral muy baja, don Adolfo María salíó de urgencias. Su primer instinto fue buscarse un taxi, pero luego decidió ir dando un paseo. Habían intentado avisar a su mujer, pero no la habían conseguido localizar, aunque, dado que la cosa no era importante en absoluto, tampoco habían insistido mucho.
Mejor, no le apetecía hablar con ella; no quería hacerlo antes pensar un poco y aclarar sus ideas.
¿Separación? ¿Divorcio? ¿Guardar las apariencias, aunque toda la manada de cotillas salvajes supiera la verdad? ¿Qué era lo mejor para él? ¿Y para los niños? La pequeña ya tenía 17, edad de comprender las cosas.
¿Qué era, en suma, lo mejor?
No tenía ni idea. Le parecía la decisión más importante de su vida. Por un lado, le apetecía ser un hombre libre, lavar el baldón sobre su honor y su orgullo masculino liándose con alguna jovencita, de esas que te permiten presumir cuando tomas destilados con los amigotes.
Pero, por otro lado, y por extraño que a él mismo le resultara, le tenía cierto aprecio a su matrimonio.
Bah, lo mejor sería hablar con ella e intentar llegar a un acuerdo más o menos amistoso.
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miércoles, 15 de mayo de 2013
La Rosa y la Araña (4).
-¿Dónde está ese hijo de la gran puta?
La entrada, a voces, de don Adolfo María en el Teatro de la Danza había sido así de triunfal.
-Perdón, ¿usted por quién pregunta?
Hay bedeles que no pierden la flema funcionarial bajo ninguna circunstancia.
-¡Pues mire, pregunto por un ruso hijo de la grandisima puta que se está tirando a mi mujer!
-Rusos aquí hay unos cuantos, pero con el resto de los datos que me da usted no puedo indicarle si la persona que busca está aquí. En cualquier caso, es hora del ensayo y no el teatro no está abierto al público.
Don Adolfo María iba preparado para la bronca, y el primer golpe de barra de hierro se lo acababa de llevar el señor funcionario. Se quedó ahí, tendido en el suelo.
-¡A ver, cerdo comunista rojo hijo de la gran madre Rusia, da la cara!
Otra entrada triunfal, ahora en la sala.
-¡Oiga, que aquí no se puede estar!
Don Alfonso María hizo oídos sordos, sacó una foto del bolsillo y se puso a buscar ese rostro por entre el elenco.
-¡Que le he dicho que se vaya, por favor!
-Quita, maricón de mierda, que le voy a partir la cara a uno que yo me sé.
Hector Guzmán era homosexual. No lo ocultaba, pues nunca vio razón para hacerlo. Como tampoco ocultaba que era bailarín, que era cubano o que su piel era mulata.
Hector también era, desde hacía cuatro años, pareja de un famoso boxeador. Les encantaba ir al gimnasio juntos y cruzar guantes. Les excitaba antes de entrar en otro tipo de combate.
El caso es que Hector Guzmán tenía mucha fuerza con los puños y mucha práctica con la cintura.
Y no le gustaba ni que le amenazaran con una barra de hierro ni que le llamaran "maricón".
La misma ambulancia que se llevó al (casi) heróico bedel se llevó a Adolfo María. Inconscientes ambos.
La entrada, a voces, de don Adolfo María en el Teatro de la Danza había sido así de triunfal.
-Perdón, ¿usted por quién pregunta?
Hay bedeles que no pierden la flema funcionarial bajo ninguna circunstancia.
-¡Pues mire, pregunto por un ruso hijo de la grandisima puta que se está tirando a mi mujer!
-Rusos aquí hay unos cuantos, pero con el resto de los datos que me da usted no puedo indicarle si la persona que busca está aquí. En cualquier caso, es hora del ensayo y no el teatro no está abierto al público.
Don Adolfo María iba preparado para la bronca, y el primer golpe de barra de hierro se lo acababa de llevar el señor funcionario. Se quedó ahí, tendido en el suelo.
-¡A ver, cerdo comunista rojo hijo de la gran madre Rusia, da la cara!
Otra entrada triunfal, ahora en la sala.
-¡Oiga, que aquí no se puede estar!
Don Alfonso María hizo oídos sordos, sacó una foto del bolsillo y se puso a buscar ese rostro por entre el elenco.
-¡Que le he dicho que se vaya, por favor!
-Quita, maricón de mierda, que le voy a partir la cara a uno que yo me sé.
Hector Guzmán era homosexual. No lo ocultaba, pues nunca vio razón para hacerlo. Como tampoco ocultaba que era bailarín, que era cubano o que su piel era mulata.
Hector también era, desde hacía cuatro años, pareja de un famoso boxeador. Les encantaba ir al gimnasio juntos y cruzar guantes. Les excitaba antes de entrar en otro tipo de combate.
El caso es que Hector Guzmán tenía mucha fuerza con los puños y mucha práctica con la cintura.
Y no le gustaba ni que le amenazaran con una barra de hierro ni que le llamaran "maricón".
La misma ambulancia que se llevó al (casi) heróico bedel se llevó a Adolfo María. Inconscientes ambos.
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