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sábado, 27 de junio de 2015

El Sistema y la Memoria.

-¿Recuerdas el día de tu Primera Comunión?

El caballero de aspecto importante se encogió de hombros.

-¿Qué pregunta es esa? ¡Por supuesto!

-Era lo que se llama una interrogación retórica.

El caballero de aspecto importante no había escuchado esa frase antes en su vida, pero fue consciente de su ignorancia apenas unas milésimas de segundo.
"Figura que consiste en interrogar, no para manifestar duda o pedir respuesta, sino para expresar indirectamente la afirmación, o dar más vigor y eficacia a lo que se dice".

El sistema informático vinculado a su cerebro siempre funcionaba a la perfección.

-Ya, ya... 

-Fue bonito, ¿verdad?

El caballero de aspecto importante sonreía como el niño ilusionado que había sido mientras repasaba las imágenes, los sonidos e incluso los olores de aquellos momentos.

De nuevo, el sistema informático enlazado con sus sentidos iba como la seda.

-Me pregunto cómo se las arreglaba la gente antes de que inventaran el sistema...

-Tengo entendido que el cerebro humano tiene algo llamado memoria.

-¿Memoría, como la del sistema?

-Sí, eso creo.

-Pero supongo que tendrían que hacer el esfuerzo de concentrarse y recordar.

-Eso parece.

-¡Menuda paliza!

-En efecto.

jueves, 25 de junio de 2015

El Hombre que Numeraba a los Perros.

-¿Cómo se llama?

El anciano pastor no miró al curioso.

-¿Quién?

-El perrito.

El anciano pastor no miró ni al curioso ni al can.

-Entonces, no es quién sino qué.

-Pero, ¿cómo se llama?

-Siete.

-¿Siete, como el número?

-Exacto.

El anciano pastor seguía sin apartar la mirada del infinito.

-¿Por alguna razón en particular?

-Porque vino después de seis.

-Ya. Déjeme que lo adivine: y antes de seis, estuvo cinco.

-Justo al morirse cuatro.

-Comprendo.

-Pues, usted me perdonará, pero con esto que hace usted da la sensación de que los perros le importan un pimiento.

-¿Eso cree?

El anciano pastor, por primera vez, dirigió la mirada hacia su interlocutor.

-Eso parece.

El anciano pastor miro entonces al perrillo.

-El primero no fue uno, sino Marquín. Me gustaba el nombre. Usted no sabe lo mal que lo pase cuando se me fue. Desde ese día, decidí que, dado que no podía ganarme la vida sin perro, intentaría mantenerme lo más distante de ellos para no sufrir tanto cuando se me fueran.

-¿Y funciona?

-En absoluto.

El anciano pastor devolvió la vista al horizonte, ahora llorosa.

domingo, 21 de junio de 2015

Don Quijote del VIPS.

La carcajada se propagó, más irritante que rotunda, por toda la sección de Librería. No era la primera (ni la segunda). El muchacho de la vista corta, los dientes de roedor y los diez kilos de sobra estaba sin duda disfrutando de aquel libro de chistes.

El encargado de seguridad siguió haciendo la vista gorda, aunque cada vez le estaba costando más. Norma número uno: el cliente siempre tiene la razón (aunque tantas veces no la merezca). Era bastante improbable que el sujeto tuviera intención de adquirir el libro de chistes. Al fin y al cabo, la segunda vez ya no son tan graciosos, y a la tercera ni sonríes. Pero, después de todo, quizás comprara un chicle o un bolígrafo. Y eso es mejor que nada.

Otro carcajadita de conejo. Desde luego, el tipo le estaba sacando el jugo al libro de chistes. Y gratis.

-Perdón, caballero, ¿va a adquirir ese libro?

-Lo estoy evaluando.

-Ya...Pues, de momento, parece que aprueba con nota.

-¿Cómo dice usted?

-Que, por sus reacciones, parece que le está gustando.

-Le repito que estoy examinando el libro para decidir si me lo llevo o no. Estoy en mi derecho como cliente.

-Comprendo. Pues si se vuelve usted a reír, me temo que va usted que tener que comprar el libro, señor cliente...

-¿Qué dice?

-¡Que vale ya de reírse gratis!

-Me parece que me voy a ver obligado a llamar al encargado para informarle de este incidente.

-¡Haga lo que le salga de los cojones, gorrón cultural!

El inminente ex-encargado de seguridad había tenido tres empleos en dos años. Decidido, su quijotesco sentido de la justicia cultural no casaba bien con su profesión.

viernes, 19 de junio de 2015

Reciclaje.

-¿Y qué hago yo ahora?

El señor juez se encogió de hombros.

-No sé, algo te saldrá.

-¿Y qué le va a salir a un tío como yo?

El señor juez se re-encogió de hombros.

-Hombre, será cuestión de buscar.

-¡Pero si yo lo único que sé hacer es matar personas, y lo van a prohibir!

-Mira, Honorio, si yo pienso como tú y a mí esto también me fastidia como a ti, pero desde arriba han decidido que lo de matar a los presos ya no está bien...

-¿Y cree que a mí me hace gracia lo de darle matarile al personal? ¡Pero es que no me salía otra cosa!

-Tengo a un cuñado que es amigo de un cargo intermedio del matadero municipal, lo mismo te puede colocar allí.

-¿Matando a animales? ¡Bastante mal lo paso con las personas para meterme con los pobre bichos!

-¡Honorio, no compares!

-Si es que los pobres animalitos no han hecho nada malo...

-¡Honorio, hombre, haz un esfuerzo!

-¿Pero qué daño hacia yo matando a los reos?

-¡Vaya pregunta, Honorio!

-Usted me entiende, señoría.

-Mira, vamos a hacer una cosa. Yo voy a hablar con los del matadero, y, si te cogen, yo te firmo una sentencia de muerte para los animales si así te quedas más tranquilo.

-Pero, ¿eso es legal?

-Me parece que no, pero todo sea por un amigo, Honorio.

-¡Pues muchas gracias, señoría!

-Todo por un amigo, Honorio.

domingo, 14 de junio de 2015

El Calvario de Jesús.

-¿Quién habría inventado las matemáticas o, mejor dicho, quién las habría llevado más allá de la utilidad de lo cotidiano? Sumar peras, restar lápices...¡Claro que sí! Pero de ahí a las dichosas integrales...

En fin, ya no había remedio o, mejor dicho, el único remedio era aprobar aquel dichoso examen global.

-¿Dónde me siento, don Julio?

-Donde quieras, Jesús.

-¡Es que no quedan sitios libres!

-¡Pues haber llegado antes!

¿Y qué se habría resuelto con eso? No era muy bueno en Matemáticas, pero estaba claro que habría hecho falta un pupitre de más en cualquier caso. Este don Julio sabría mucho de derivadas e integrales, pero parecía que el sentido común en su propia asignatura se le atragantaba (defecto no raro en los docentes).

-¿Y qué hago, don Julio?

-Pues ir a un aula y traerte un pupitre.

-Es que en este piso no hay más clases.

-¡Pues baja!

Claro, "pues baja".

No sabía si era por el peso o la incomodidad de tener que mantener la silla en equilibrio sobre la mesa, pero estaba empezando a sudar (seguramente, era un poquito o un mucho de ambas cosas). Lentamente, fue subiendo las escaleras. Los pasos eran rítmicos -casi como si los marcara el ritmo de un tambor- y un poco arrastrados. Algunos alumnos se cruzaron con él -pero ninguno le ofreció su ayuda-, también pasaron un par de profesores, pero uno se limitó a decirle que tuviera cuidado y el otro directamente le ignoró.

Hizo falta su tiempo, pero, por fin, llegó al aula.

-Llegas tarde, ya hemos empezado.

-Lo siento, don Julio. ¿Dónde puedo poner esto?

-Clávalo ahí mismo, entre esos dos chicos. Toma, el examen.

Seguía el calvario.

sábado, 13 de junio de 2015

Los Golfos (y 2).

Fructuoso demostró sin el más mínimo disimulo su aprobación por el guiso como sólo un maleducado sabe (al menos en España).

-Estaba bueno, ¿eh?

Fructuoso miró de reojo, con ese aire de chulería despectiva que sólo otorga llevar toda la vida creyéndose el ombligo del mundo.

Pero, contra todo pronóstico, el chico le resultó simpático.

-¡Cojonudo, chaval, el menú especial es más caro, pero merece la pena!

-Por lo que veo, le van bien las cosas.

-No me quejo, chaval, no me quejo.

-¿Reformas?

-Mayormente.

-¡Pues sí que tiene usted suerte, porque tengo entendido que está la cosa muy achuchada!

-Es que hay que estar vivo y espabilado, chaval. Si no sale tajo, se le llama.

-¿Propanganda?

-¡Qué propaganda ni qué niño muerto, ignorante! Lo que hay que hacer, es ser más listo que los tontos.

-No le entiendo.

-¡Entonces, tú eres un tonto!

-Lo seré, pues. Explíquese usted.

-Pues que hay mucho panoli que no entiende de lo mío, que se cree que algo está bien porque no parece que esté mal, pero, en realidad, está fatal. Entonces, cuando se se le rompe, se cree que ha sido la mala suerte, y te vuelve a llamar.

-Si no le entiendo mal, usted hace chapuzas a posta, para que le vuelvan a llamar para arreglarlas.

-¡Chico listo!

-¡Joder, pero usted -si me lo permite- es tan golfo como un político!

Fructuoso se rió satisfecho. Siempre es agradable que los demás admitan que uno es parte la élite de los caraduras.

-¡Favor que me haces, chaval!

miércoles, 10 de junio de 2015

Los Golfos (1).

-¿Esos?. ¡esos no han trabajado un solo día en su puta vida! -dijo el viejete señalando la portada del periódico que había servido de envoltorio al bocadillo de su subordinado.

Esos, obviamente, eran los políticos. Él, en cambio (él era Fructuoso Díaz Torca), llevaba seis décadas justas madrugando. Al principio, para trabajar él; luego -poco a poco- para ver trabajar a otros mientras les daba órdenes con la vocalización arruinada por un palillo. En efecto, Fructuoso Díaz Torca iba para el más rico del cementerio (toda una institución patria).

-¡Unos golfos todos, don Fructuoso!

Isi le dio la razón, como está mandado con los locos y los jefes.

-¡Bueno, termínate el bocadillo rapidito y a seguir con lo tuyo!

Eso, el currante a currar, y el jefe al bar, a por menú, café y licor.

-¡Y cuando vuelva de comer quiero que esté eso ya terminado!

-¡A mandar, jefe!

A otro sitio le iba él a mandar a don Fructuoso si el viejete no fuera el hada de los sobrecitos preñados.

De camino al bar de comidas caseras, Fructuoso Diaz se cruzó con la clienta de la chapuza.

-¿Cómo va eso, Fructuoso?

-¡Uh, señora, menuda tenía ahí liada!

-¡Pues, hombre, la que me lió usted, que le recuerdo que ese baño me lo hizo usted no hace ni un año!

-¡Pero ya le dije que lo barato sale caro, y que usando materiales baratos...!

-¡Hombre, más que baratos, yo diría poco caros!

-En fin, que no se preocupe, que está vez ya va a quedar todo perfecto.

-Eso espero, Fructuoso, eso espero.