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sábado, 3 de diciembre de 2016

Las cuatro estaciones de don Epifanio García (7).

Ahí estaba don Epifanio. Con los ojos totalmente secos, la voz absolutamente calmada, pero, Ella sospechaba, el corazón llorando a chorros y el alma inesperadamente abierta de par en par.

-Y eso es todo. Es la primera vez en mi vida que le cuento esto a alguien. Debe de tener usted algo especial después de todo, señorita.

-¿Nada nuevo desde entonces?

-No.

-Pero hace muchas décadas de aquello. En todo este tiempo, ¿ningún sentimiento de atracción hacia una persona, ninguna sensación de que alguien podría ser especial...?

-Ya le he dicho que no. El amor crece en los corazones ilusionados, y el mismo explotó, como revienta un tomate podrido al que se le mete un petardo dentro.

-Curiosa metáfora.

-Ya ve, soy un poeta, aunque no de los que conocen la fórmula mágica que transforma los versos en amor.

Don Epifanio se acababa de volver a ceñir su armadura.

-Entiendo por lo que has pasado.

-No, no tiene ni pajolera idea.

Don Epifania se equivocaba. Aquella psicóloga sabía de sobra cómo eran aquel tipo de situaciones, esas relaciones desequilibras y peligrosas de amistad ambigua en las que una de las dos partes acaba cayéndose en la mierda sin más cura que la rendición, el tiempo y la resignación. ¿Quién lo iba a decir? ¡Don Epifania García había sido en tiempos un Javito Pocito cualquiera! ¿Iba a terminar su buen amigo también así? Deseaba de todo corazón que no. Como en aquellos lejanos años, Ella no pudo evitar sentirse de nuevo culpable de algo que no era culpa suya.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Las cuatro estaciones de don Epifanio García (6).

-Todas las adolescencias son duras. ¡Y no hace falta estudiar una carrera de loquero para saber eso!

-Tienes razón. Pero quizás la tuya lo fue especialmente...

-Sí, eso me parece a mí. Pero, por otro lado, a todos nuestros problemas se nos antojan especialmente duros.

-En eso también llevas razón.

-Los viejos llevamos razón en casi todo, el problema es que los jóvenes no nos hacen ni caso.

-¡Te estás poniendo filosófico!

-Me puedo permitir el lujo: me estoy muriendo.

Había llegado el momento de sondear el terrero. Una promesa es una promesa, y tenía que intentarlo con todas sus fuerzas y toda su sabiduría.

-Perdóname la grosería, pero yo más bien diría que te estás matando.

-Lo esperaba. ¡Ya estaba tardando en tratar de convencerme de que me opere!

La primera estocada había pinchado en hueso. Era previsible.

-Tienes cara de luchador, ¿te vas a ir sin presentar batalla?

-¿Luchador, yo? No encontrará a un soltero que lo sea.

-¿Te apetece hablarme de tu relación con las mujeres?

-¿Se quiere deprimir?

-Estoy inmunizada contra las historias tristes. Es mi trabajo.

-Bien, usted lo ha querido.

-¿Cuántas veces te has enamorado?

-Pregunte mejor cuántas veces me enamoré. Hace tanto tiempo de eso, que, para hablar con propiedad, mejor hacerlo en pasado.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Las cuatro estaciones de don Epifanio García (5).

Primavera

-Empezaré por el principio, señorita.

-Parece un buen sitio.

-Fui un niño feliz, o eso me creía yo. Tenía de todo lo que se puede comprar con dinero, pero...

-Háblame de tus padres.

-No, no vaya por ahí. Mis padres me quisieron mucho, casi tanto como mis abuelos.

-Entonces, ¿por qué crees que te creías feliz? ¿No tenías amigos?

-Nunca me resultó fácil relacionarme con los demas para hacer amigos.

-Eras un niño solitario entonces.

-Sí, sí, este hombre solitario es el nieto de un niño solitario y el hijo de un joven solitario.

-¿Y cómo te sentías?

-Mal a ratos, pero era un sentimiento tan desagradable como seguro. No era muy feliz, pero me sentía calentito.

-Te daba miedo salir de la zona de confort.

-¿La qué?

-La zona de confort. Tú mismo lo has definido: el sitio donde nos sentimos cómoda y felizmente infelices.

-Sí, eso era.

-¿Y nunca pensaste en pedir ayuda?

-¿Qué clase de psicóloga es usted? ¡No sabe que la gente como yo nunca pide ayuda!

-Tu adolescencia debió de ser muy dura, me temo.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Las cuatro estaciones de don Epifanio García (4).

-Mire, señorita, ya sé que le pagan por esto, y por tanto es su sagrada obligación, pero lo mejor es que nos ahorremos esta comedia, que yo le garantizo que le van a pagar igual.

-Yo soy una profesional íntegra, cobrar por no hacer nada sería para mí robar.

Se suponía que su misión era ayudar a aquel viejo a bien morir, pero un amigo le había hecho chantaje emocional para que intentara convencer al fulano de que aceptara operarse para -muy posiblemente y con suerte- palmar del corazón sobre la mesa de operaciones, pero aquello no tenía nada que ver. Ella seguía teniendo su ética.

-Le repito, señorita, que estas sesiones no tienen sentido. No me hace falta ayuda para prepararme para nada, ya lo estoy de sobra.

-¿Y no le apetece charlar un rato al menos?

-No soy buen conversador, ni ameno, la aburriría.

-No estoy aquí para divertirme, sino para ayudarle, le recuerdo que me pagan por esto.

-¿Quiere aburrirse, pues?

-¿Tiene algo mejor que hacer?

Lo sabía, en el fondo, muy en el fondo, aquel carcamal sin más amigos que su dinero y su enfermedad estaba deseando contarle su vida a alguien, que eso todos los viejos son iguales.

-¿Qué quiere saber?

-Hábleme de usted.

-Entonces, trátame de tú, ya que va a saber tanto sobre mí. Y que conste que acepto esto por fastidiarle, y porque usted misma se lo ha buscado.

-Por supuesto. Le...Te escucho.

martes, 8 de noviembre de 2016

Las cuatro estaciones de don Epifanio García (3).

Dios aprieta pero no ahoga cuando escribe recto con renglones torcidos.

A don Epifanio le habían asignado una psicóloga de apoyo para lo suyo, no porque él la quisiera -y muchos menos porque le hiciera falta-, pero los protocolos son los protocolos y están para cumplirse aunque no valgan para nada.

Y la psicóloga era Ella.

Como dicen los cursis, "tenían una café pendiente desde hacía mucho tiempo", aunque ninguno de los tomara nunca café. En cualquier caso, quedaron en una cafetería. Ellos eran así.

-Tú dirás, Javi.

-Nada que me apetecía verte y charlar un rato de cómo te van las cosas.

-No me jodas, Pocito, que te conozco mejor tu madre.

-Casi.

-Bueno, casi.

Los no pudieron esbozar una sonrisa. Lo de "el casi" era un chistecito privado nacido y crecido en otra época de sus vidas. Otra época muy lejana (década y media en el calendario, un siglo en sus mentes, una glaciación entera en sus corazones) muy diferente.

-A ver, qué quieres.

-Es sobre un paciente.

-¡No me digas que quieres meter en tus líos mafiosos!

-Para mí es muy importante...

-¿Tú has oído hablar de la ética profesional?

-Casi.

Otra vez aquello, otra vez la sonrisa refleja y dolorosa.

-¡Joder, Javito Pocito!

Hacía una glaciación que no le llamaba así. Más nostalgia, más dolor. Ella le había arruinado la vida, o casi, pero ahora con un poco de suerte, quizás la que le faltó entonces, a Javito Pocito le iba a solucionar un problema muy gordo.

martes, 1 de noviembre de 2016

Las cuatro estaciones de don Epifanio García (2).

Los médicos guardan silencio, salvo cuando algo les hace hablar, y todas las lenguas tienen su precio.

-Mala suerte, amigo. Le he explicado cuál es le situación con todo detalle y el tío no quiere ni oír hablar de lo de operarse.

Al otro lado del hilo telefónico, Javier Pocito torció el morro como gesto de contrariedad.

-¿Pero usted ha insistido?

-Con tíos como García da igual insistir. Así son, y así se morirán, bien pronto en este caso. Además, la operación solo aplazaría unos meses lo inevitable. Incluso puede que no saliera de ella.

No era ningún secreto. Epifanio García, soltero, sin hijos, sin familia, sin más seres queridos que él mismo, había declarado que iba a legar todo su dinero -en tiempos incontable y ahora casi- para investigar contra la enfermedad concreta que lo matara. Y, por lo que parecía, la suerte estaba echada.

Javier Pocito era el hombre al que el Instituto Nacional de Investigaciones Cardiológicas había puesto a seguir el caso. Otras dolencias también tenían al suyo, por supuesto. Todas compitiendo para hacer la vida de don Epifanio García lo más nociva a su favor posible. Todas desviando dinero destinado al trabajo de laboratorio para financiar tan feo asunto. El mundo de las inversiones es así: para sacarse una buena cantidad en limpio hay que ensuciarse un poquito.

-Exacto, doctor. Puede que su corazón no resistiera. ¿No podría usted....?

-Creo que ya le dejé bien claro que le iba a vender información, y nada más.

-¡Por favor, doctor, no se me haga el digno ni el ético, que se está sacando un buen pellizquito entre lo que yo, y otros como yo, le estamos soltando!

-Creo que es mejor que demos esta conversación por finalizada.

-Estoy plenamente de acuerdo.

No cabía duda, había llegado el momento de jugarse el todo por el todo. La salud cardiaca de García no estaba demasiado mal, para un hombre de su edad, pero con esos años tampoco era gran cosa. Parecía claro que su única oportunidad pasaba por convencerlo para operarse y que, con un poco de suerte, su corazón se quedara en el sitio. ¿Pero cómo haces que a un tío al que ni siquiera conoces cambie su firme opinión en un asunto de tan enorme trascendencia?

sábado, 29 de octubre de 2016

Las cuatro estaciones de don Epifanio García (1).

Prólogo

-...por lo que el único tratamiento viable es una intervención...

Epifanio García, el jubilado propietario de un pequeño imperio de fabricación de productos de embalaje, había recibido toda la noticia sin mover un solo músculo, como el que ve un aburrido festival escolar de niños ajenos.

-¿Y si no me opero?

El médico se encogió de hombros. ¡Parecía mentira que un tío con tanta pasta no supiera las consecuencias de dejar a aquello actuar a su libre albedrío!

-Seis meses, ocho a lo sumo...

-¡Y si me opero no duraré más de 16 o 18!

Después de todo, aquel tío sabía perfectamente de qué se estaba hablando.

-Bueno, es...es lo más probable, pero...

-¡Mire, doctor., tengo 89 años y ya ve que me queda bien poco tiempo. No voy a malgastarlo con gilipolleces!

-Es su decisión.

-En efecto. Muchas gracias por todo, doctor.

-Piénselo, y, si cambia de parecer, venga a verme. Aunque no tiene mucho tiempo...

-La decisión está tomada. Estaremos en contacto. Si me tengo que ir, espero hacerlo por un camino que sea del todo digno y no demasiado doloroso.

-No se preocupe, no habrá problema.

Ni todo el oro del mundo le iba a librar de la muerte, pero un buen puñado iba a hacer la transición mucho más llevadera.

Epifania García tomó su sombrero y su abrigo, y se fue de la consulta sin dar más que un gruñido por despedida. Era el estilo de la casa.