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viernes, 18 de abril de 2014

El Blues del Miércoles Santo por la Tarde

Las calles están recién pintadas en color vacío desierto. Los pocos que no han huido despavoridos de la rutina -los que carecen de dinero, pueblo o ganas de fugarse a cualquier parte- se esconden en sus hogares, sin duda avergonzados de haberse quedado en la ciudad.

Los únicos moradores de las avenidas y las esquinas son los turistas, con sus gorras, sus cámaras y el mapa que han comprado en un kiosco. Caminan despacio, con la vista al cielo de los monumentos y la boca bien abierta. Es lo que tiene ser forastero cultural, que lo que para otros se ha vuelto invisible de pura rutina, para ellos es interesante hasta el punto de merecer una fotografía.

Los comerciantes en su cabales han cerrado a medio día para dedicarse a cualquier otra cosa. El resto, los que son nuevos -o lo parecen, o no tienen nada mejor que hacer con una tarde de sus vidas-, hacen guardia a la puerta de sus negocios, con la contrariedad reinando en el rostro y las manos cruzada detrás de la espalda. De vez en cuando miran al cielo, como si esperaran que de allí les lloviera algún cliente despistado.

Hace años solía haber niños correteando por las calles, pero ahora tienen cosas más importantes que hacer con su tiempo libre, tienen máquinas que les llevan a mundos imaginarios e irreales, u otras que hacen de este un mundo triste, frío y virtual.

Cuando el sol empieza a recoger los bártulos de dar luz, algunos salen a dar un paseíto, tomar el fresco -puede que incluso una cerveza con olivas si da el presupuesto- e intentar espantar a los fantasmas del aburrimiento,. Tienen pocas posibilidades de éxito.

Y, por fin, se hará de noche, y se certificará que los oscuros moradores de las ciudades en época de vacaciones podrán afirmar orgullosos que han sobrevivido a otro Miércoles Santo.

Mañana es Jueves Santo. Seguro que hay alguna procesión con la que entretenerse.

jueves, 10 de abril de 2014

La Bondad por las Malas.

Manolito estaba sentado en una esquina de la tienda, esperando a que llegara sus padre. Había pedido que le dejaran explicarse pero, claro, a menudos los dueños de las tiendas de dulces no son las personas más dialogantes del mundo.

-¿Sabe usted lo que ha hecho su hijo? ¡Ha cogido un puñado de sal y la ha echado sobre mis caramelos! ¿Se le ocurre más mala leche que esa?

El padre de Manolito, pobre pero honrado, se giró con cara de decepción en la dirección de su hijo.

-¿Por qué has hecho eso, Manolito? ¿Es que no te hemos enseñado en casa a ser una buena persona?

El chaval se encogió de hombros y asintió confundido.

-Por eso lo he hecho, papá, porque tú me enseñaste que siempre hay que hacer el bien que nuestro corazón nos dicte.

-¡Pero que cabrón es este chaval suyo! ¿Usted le oye? ¡Me jode los caramelos y encima dice que eso es obrar bien! En fin, lo menos que usted puede hacer es pagármelos todos.

-Sí, por supuesto, dígame lo que le debo.

-Pero nos podemos llevar los caramelos, ¿verdad? Los hemos pagado.

-¡Haz lo que te dé la gana con ellos, salados no valen para nada!

Manolito tomó los caramelos y los metió en una bolsa.

-¿Para qué quieres tú esos caramelos, hijo?

-Están muy ricos, por eso los niños los compran todos en el recreo del colegio y por la tarde nunca queda ninguno. Pero, en realidad, son los mejores caramelos del mundo contra la tos. Lo sé porque una tarde un señor mayor entró tosiendo a por ellos, y tosiendo se fue con las manos vacías. Le pregunté y me dijo que en la residencia de gente mayor donde vivía había mucha gente tosiendo todo el día como él. Entonces, yo se lo dije a mis compañeros de clase, les intenté convencer de que estos caramelos eran para que todos se ancianitos se pudieran aliviar, y que cogieran otros. Pero ellos decían que estos son los mejores, y que iban a seguir comprándolos, y que esos viejos fastidiara. Pero ahora los niños de mi cole ya no los quieren, y se los podemos regalar a la gente con tos de la residencia de ancianos. A ellos les da igual que sepan mal, lo que quieren es aliviarse.

Don Manuel salió de aquella tienda con la cabeza bien alto y su niño de la mano. Estaba feliz, porque su hijo era bueno, y estaba orgulloso, porque su hijo había aprendido que, a veces, hay que hacer el bien por las malas.

martes, 8 de abril de 2014

El Apagón Universal.

Al igual que había hecho a las flores de mil olores y a los animales de mil formas, Dios decidió que las personas también debían ser diferentes: los hizo hombres y mujeres, altos y bajos, gordos y flacos, y les pintó la piel de muchos colores diferentes.

"Así seréis todos especiales, porque seréis todos diferentes. Así, el mundo nunca será aburrido."

Pero, entonces, los hombres y las mujeres empezaron a sentir miedo de los que no eran como ellos -porque las personas no sabían que no hay que temer a lo diferente- y el miedo llevó al odio, y el odio a la ganas de hacer daño. Y fue entonces que los flacos empezaron a meterse con los gordos, y que los altos se burlaban de los bajos y todos se reían de aquellos que tenían un color de piel diferente al suyo.

Y eso hizo que Dios se pusiera muy triste, y decidiera dar una lección a toda la Humanidad.

En aquella época siempre era de día, porque la luz es vida y alegría, dos cosas que le encantan a Dios y que había decidido regalarle a todos los seres humanos.

"¡Qué se oculte el Sol!", ordenó Dios, y, por primera vez en la Historia, se hizo de noche.

Los hombres y la mujeres se asustaron mucho, pues no sabía qué era aquello.

"¡No podemos ver, ¿qué ha pasado?", decían unos.

"¡Es el final, el mundo se acaba!", lloraban otros.

Y, como siempre hacían, las personas se acordaron entonces de Dios y le empezaron a rezar.


-¡Padre nuestro, devuélvenos el Sol! -le rogaban.

-Si veros los unos a los otros sólo os sirve para haceros daño, es mejor que no tengáis luz. Pasaréis todo el invierno sin veros, y espero que eso os sirva para que aprendáis a ver con el corazón, y no con los ojos. Pasado ese tiempo, decidiré qué hago.

Cuando se marcharon los fríos, Dios volvió a hablar a los hombres:

"¡Estoy muy contento con vosotros, pues habéis aprendido a vivir sin juzgar a las personas por cómo son, y sí por cómo se comportan y sienten!. Por eso, os devuelvo la luz del Sol, pero cada día haré que las tinieblas caigan sobre la  tierra un ratito, para que recordéis esta lección tan importante que os he enseñado.

Y por eso hay noche después de cada día, para que todas las personas nos acordemos de que Dios quiere que veamos a las personas no con los ojos, sino con el corazón.

viernes, 4 de abril de 2014

Duelo de Cabezones.

El chaval era bueno, tanto que, a los veinte años, ya preguntaban por él los equipos de primera división.

El chaval también era fiel y agradecido, y jamás iba a olvidar que aquel era su pueblo su equipo de siempre y don Alfredo el entrenador que le había ayudado a convertirse en lo que era.

Hasta ahora, todo perfecto, el problema era lo muy cabezón que era el chaval.

Don Alfredo dio por hecho que el chaval volaría alto tan pronto como le ofrecieran la alas, pero, sorpresa, el chaval decidía que aquel era su pueblo, su equipo y su entrenador, que él no era ningún traidor, y él de allí no se movía

Don Alfredo lo intentó por las buenas, habló con el chaval a solas, con el chaval en presencia de sus padres, habló con el cura para que hablara con el chaval, e incluso hasta logró que un periodista de la capital llamara en directo para intentar convencer al chaval.

Pero, ni por esas: el chaval era agradecido, fiel y cabezón.

En fin, tendría que ser por las malas -pensó don Alfredo-. ¡Y a cabezón no le ganaba nadie a él!

-Mira, chaval, esto lo hago por tu bien. No te pienso sacar pase lo que pase. Antes juega un muchacho del juvenil que tú. Y, para terminar de chincharte, te voy a convocar a todos los partidos. O sea, que si quieres jugar, te tienes que ir de aquí.

-Me da igual jugar o no, este es mi equipo y de aquí no me muevo.

-¡Mira, chaval, que yo soy el tío más cabezón del mundo!

-¡Ese soy yo, míster!

Y así fueron pasando los partidos, entre "que no te saco" y "yo no me muevo".

Y así fueron pasando la temporadas, entre "que no te pienso sacar" y "pues yo no me pienso mover"

Y así se retiró el chaval con 41 años, sin haber vuelto a jugar un partido en 21 años, pese a haber estado sentado en el banquillo en todos.

Lo dicho, que a aquellos dos paisanos, a cabezón, no les ganaba absolutamente nadie.

martes, 1 de abril de 2014

Historias Imaginarias de un Colegio que Jamás Existió: El Siniestro Plan del Hermano Valerio.

El Hermano Valerio asomó la gaita por el ventanuco y contempló el panorama en el aula. No era muy prometedor: sólo cinco varones y únicamente uno escribiendo con la mano izquierda. Aunque quizás no estuviera todo perdido: el chaval no tenía mala planta, y la mirada parecía despierta.

Dada la gravedad de la situación, no se podía andar con medias tintas. Había que actuar con decisión, firmeza y urgencia.

-Con permiso.

Los curas siempre tenían permiso, ¡faltaría más!, pero el Hermano Valerio tenía la suficiente educación como para guardar las formas.

Se acercó al zocato en cuestión.

(-Hola, muchacho, perdona que te interrumpa un segundo. ¿Tú juegas al fútbol?)

El chico, entre sorprendido y asustado, levantó la vista del papel, y balbuceó.

(-Sí, en el otro cole estaba en equipo).

(-¿De dónde vienes?)

(-Virgen de la Roca de Burgos, es que a mi padre le han destinado aquí).

¡Virgen de la Roca, eso sí que era una buena noticia!

(-Y, por lo que veo, eres zurdo, y tienes pinta de rápido).

(-Sí, juego por banda).

(-Gracias, eso es todo...Por cierto, revisa esa fórmula, muchacho).

El Hermano Valerio abandonó el aula con una sonrisa en los labios. Su amado equipo del cole carecía de un lateral izquierdo en condiciones. Por esas cosas de la vida, no había un sólo alumno zurdo que le pegara bien al balón.

José Felix Pérez Añojo, así se llamaba el muchacho (el Hermano Valerio se había fijado en el nombre escrito en el examen). Estaba realizando el exigente examen de ingreso para intentar ser aceptado en el nuevo colegio. No sabía si lo iban a aceptar o no.

Lo que él ignoraba era que estaba más que aprobado. De eso se iba a encargar el Hermano Valerio personalmente.

domingo, 30 de marzo de 2014

El Hombres Sin Viernes.

Grisáceo levantó el pie y miró la suela de su zapato con la esperanza de encontrar algo que le hiciera la tarde mínimamente interesante, pero no hubo suerte: tan sólo un poco de barro.

Todavía no eran ni las seis y aún le quedaba todo un domingo por delante. El paseo tocaba a su fin. Se volvía a casa, que ya estaba cansado. Quizás habría algo interesante en la tele. Seguramente no. Los sábados, ya se sabe.

Se detuvo delante de un edificio de oficinas. De hecho, de "El Edificio de Oficinas". El suyo, su lugar de trabajo, su casa, su refugio, su asilo, su hogar. Estuvo tentado de llamar al timbre, pero, ¿para qué? Seguramente la única persona que había en su interior era el vigilante. Hasta el lunes, nada que hacer ahí dentro.

¡Y aún le quedaba todo un domingo por delante!

El lunes todo sería diferente, como todos los lunes del año (menos los de vacaciones, esos malditos periodos de tiempo en que todos los días son sábado). El lunes se sentaría delante de la pantalla de su ordenador y se sentiría útil, necesario y casi feliz.

El lunes, todo tendría sentido.

Los fines de semana, en cambio, se los pasaba entre la melancolía y la pared. Los fines de semana se sentía excedente humano.

Buscó la llave del portal en el llavero. La última en aparecer, como de costumbre. Abrió la cerradura del portal. Y, con un suspiro de derrota, llamó al ascensor.

Sólo le quedaba esperar con paciencia a que llegara el bendito lunes.

Aunque, para su desgracia, ese lunes -como todos- también tendría su maldito viernes.

En cierta ocasión, una medio-novia que tuvo -medio porque aquello fue noviazgo sólo del lado de Grisáceo- le dijo que su problema era que se estaba bebiendo la vida sin echarle azúcar.

Igual hasta tenía razón.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Vocablos Fascinantes Cubiertos de Óxido: Timocracia.

Timocracia: Gobierno en que ejercen el poder los ciudadanos que tienen cierta renta.

Igual no hace falta seguir escribiendo, porque esto es lo que hay en este país en concreto y todo el planeta Tierra en general.  Es el gobierno de la gente que tiene pasta, y es mejor no darle más vueltas, la cosa es así y siempre lo será, lo mejor es asimilarlo y seguir viviendo lo mejor que uno pueda.

Los jóvenes y los locos se piensan que lo pueden cambiar. Ya se sabe, la juventud es el combate valiente y desigual contra la realidad, y dura lo que la realidad tarda en ganarte y hacerte firmar la rendición en forma de hipoteca. Y, en lo referente a los locos, sólo se curan cuando aceptan que este mundo no va a cambiar.

Y emtonces surge el iluminado que se da cuenta de que los ricos tienen el dinero que los pobres generan, e intenta transmitir la idea a otros pobres diablos para organizarse y poner fin a la sangria. Si dicho iluminado tiene éxito, conseguirá que la timocracia lo integre y le busque un huequecito en el Olimpo de los ricos a cambio de su silencio. Inténtelo, que algunos lo han logrado.

Aunque, en realidad, lo que perpetua la timocracia son los señores y señoras a los que, después de todo, no les van tan mal: tienen su casita, su utilitario y les da para una semanita en la playa con los niños. Por supuesto que saben que les podría ir mejor, e incluso son consciente de que tienen derecho a salir a la calle a reclamar lo que es suyo, pero, por otra parte, mira que si las cosas cambian más de la cuenta y se van a mierda la casita, el utilitario y la semanita de playa...

No se engañe, por cada millón de personas que salen a la calle a pedir que las cosas cambien, hay cinco en su casa, viendo la televisión o durmiendo la siesta con la paz de espíritu que da saber que, aunque uno no está en la cima, está en la zona templadita de la montaña.

Y mientras siga habiendo más gente con algo que perder que con nada, el mundo no cambiará, y la bendita timocracia se perpetuará por los siglos de los siglos.

Amén.