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lunes, 26 de enero de 2015

Gorilete.

-¿Por qué mantenéis a ese tío?

-Imagen, los de marketing dicen que interesa, cuestión de imagen corporativa, y a los niños les gusta hacerse fotos con él. Además, que le damos cuatro perras.

-Los niños pequeños, porque el resto de la gente no le hace ni puto caso.

-Mejor para él, que los que lo hacen es para cachondearse.

La cuestión se zanjó con una carcajada burlona de la pareja presidentes deportivos de los de purazo y barriga.

Aunque razón no les faltaba.

Gorilete recorría la banda y la gradería baja a saltos y gritos megáfono en mano: "¡Venga, venga, todo el estadio en pie animando a nuestro equipo!"

Pero el estadio, poco caso (o ninguno). A los que animaban no le hacían falta que les animasen, y los que no tampoco iban a cambiar de opinión porque un fulano vestido de mono futbolista se lo mandara.

-¡Calla, gilipollas, que estoy viendo el fútbol!

Ya lo habían anunciado los presidentes.

Y Gorilete -claro está- a hacer oídos sordos y a seguir con lo suyo, que para eso le pagaban.


 -¡Vamos, vamos, arriba!

Terminó el partido. Empate.

-Toma, machote.

Sentado en una esquina del vestuario de empleados, con la traje (¡que qué calor da el condenado!) todavía sin quitar, la máscara sobre las rodillas y el pelo muy sudado, Gorilete -Juan- inspeccionó el contenido del sobre.

-¡Joder, a ver cuándo me subís un poco!

-Es lo que hay, machote.

-Ya.

Es lo que tiene ser un actor en paro con hipoteca e hijo.

Que te toca ser Gorilete por cuatro perras.

Que nunca ganas en el vida. Con suerte, empatas.

martes, 20 de enero de 2015

El Festín de las Hienas (y 5).

Como dice el dicho cuando reza, lo malo no es perder, sino la cara que se te queda.

-La verdad es que lo que la aguantó esa pobre señora..., eso no está en los escritos -decía una.

-¡Calla, coño, que para eso se le pagaba! -le rugió el marido.

-Y, encima, que no era ni de la familia ni na -terció un tercero.

-Hombre, siendo honrados, se portaba más como tal que cualquiera de nosotros -zanjó una cuarta.

Gladys García había llegado a España, por no traicionar al tópico, con los bolsillos vacíos y las maletas tan solo llenas de ilusión.

Pero, como era amiga de una prima de una señora toda confianza, terminó al cuidado diario -paseitos incluidos- de la tita Sabina. Le toleró los malos humos (que es la mala de la leche de la gente con dinero), las tiránicas exigencias (que la tita Sabina era de esas que se creen que un trabajador es un esclavo al que se le paga) y hasta el fétido olor de tener que limpiarle la caca a la señora.

Aunque, por otro lado y de modo inevitable, el roce terminó haciendo el cariño (del mismo modo que hizo falta mucho cariño por parte de Gladys para mantener el roce).

Gladys García no terminaba de creerse la noticia (seguramente, porque tampoco la entendía del todo).

-¿Cómo que todo lo de la señora es mío?

-Todito todo, señora. Heredera universal, hasta la finca de Extremeña se lleva usted.

Poco a poco, Gladys fue digiriendo la noticia, que tenía pocos estudios, pero de tonta no tenía un pelo.

Lo primero, alejarse en vuelo transatlántico de las garras de la familia de doña Sabina.

Y, lo segundo, vender lo antes posible la dichosa finca extremeña al mejor postor.

miércoles, 14 de enero de 2015

El Festín de las Hienas (4).

"No le des tu teléfono a nadie, pues lo más seguro es que te acaben llamando".

Uno de los chascarrillos típicos de Jaime Sarrasqueta Vega ¿Qué pintaba un ganador como él en todo aquello? ¡Si él ya tenía más dinero del que podría gastar en dos o tres vidas! Pues precisamente porque esa era la razón de que estuviera podrido de pasta, porque no tenía ni dudas ni escrúpulos a la hora de meterse en lodazales como aquel.

¿El asunto del testamento? No le preocupaba lo más mínimo. Seguramente era el que menos visitaba a la tita Sabino -que ya era poco visitar- pero lo había hecho en el momento preciso (y sin regalar un minuto de más de su tan valioso tiempo) y con su arrolladora simpatía por delante. Ese era el secreto de su éxito: oportunidad oportunista, optimización del tiempo y admirable gestión de las situaciones.

"¡Pero cuánto te quiero, Sabinita jodía!"

Lo dicho, magistral.

Estaba seguro de que en alguna parte, de algún modo, la tita Sabina habría repartido el pastel y no le cabía la menor duda de que el premio gordo en forma de finca extremeña le caería total o integramente. No es que la quisiera (de hecho, le iba a faltar tiempo para venderla), aquello iba de ser el más chulo de la familia (hombre, y también de sacarse un dinerillo, ¿para qué mentir?)

-¿Sabemos algo?

-De momento, no.

-No te duermas en los laureles.

-Eso jamás, señor Sarrasqueta.

Jaime Sarrasqueta Vega, por mucha infinita fe que tuviera en sí mismo y sus posibilidades, ya tenía a su equipo funcionando. Por las buenas -o por las malas- la finca sería suya. Y, de ser preciso, pasaría por lo tribunales, aunque confiaba en no tener que llegar a esos extremos.

Lo dicho, un ganador.

sábado, 10 de enero de 2015

El Festín de las Hienas (3).

"Hacer creer a un gilipollas que gracias a mi producto no parecerá un gilipollas. No hay mejor campaña publicitaria que esta".

Esta era la máxima comercial de Jaime Sarrasqueta Bosque (no confundir con su primo Jaime Sarrasqueta Vega, ni mucho menos con su otro primo Jaime Sarrasqueta Sánchez). No debía de ser muy buena, porque Jaimito Sarrasqueta Bosque estaba totalmente arruinado. Había intentado venderle cualquier cosa a todo el mundo, y muy raras veces con éxito.

De ahí su tremendo interés por hacerse con un buen pellizco de la herencia de la tita Sabina.

Guillermina de Sarrasqueta-Vega (el guión lo había puesto ella, que le hacía mucha ilusión lo bien que quedaba en sociedad), era la señora del señor. De su escasito ojo para los negocios rentables, ¿qué mejor prueba que el hecho de que se hubiera casado con el inútil de su maridito Jaime?

En resumen, que ahí estaba la parejita de arruinados, en el tanatorio, de luto riguroso y con la uñas bien afiladas y el puñal entre los dientes.

Porque la finca de Extremadura tenía que ser sí o sí para ellos.

-¡Deberíamos haber ido a verla con más frecuencia, querido!

-¡Pero si eras tú la que nunca quería ir, que decías que era un peñazo aguantar a esa vieja!

-¡Y lo era, lo era, pero tú deberías de haberme obligado, leñe!

-¡Pero si te ponías hecha una fiera!

-Bueno, lo importante es que no hizo testamento. Porque es seguro, ¿verdad?

-Seguro, seguro.

-Espero que no te equivoques, porque sabes que nunca me he fiado de tus primos.

-¡Tranquila, mujer!

-En fin, pues, ¡hagan juego, señores!

martes, 6 de enero de 2015

El Festín de las Hienas (2).

-¡Que la aguanten los herederos!

La tita Sabina nunca fue la más dulce de las personas (era una pesada soberbia e insoportable, ¿para qué andarse con paños calientes?) y era común que se pronunciaran estas palabras sobre ella. Sí, sin duda todo el interés que despertaba su amor era el interés.

 -¡No seas así, Tomás!

-Sabes que es cierto.

Tomás Boqueiza Díez-Jones era el cuñado de la sobrina Isabelita Sarrasqueta. En otras palabras, lo bastante cerca de la tita Sabina como para tener que soportarla de cuando en vez, pero demasiado lejos como para poder esperar sacar tajada de su herencia.

Y así, por esas cosas tan raras del quedar bien, Tomas Boqueiza había acabado en el tanatorio aquella tarde. No esperaba sacar nada en limpio, pero, simplemente había que estar, tocaba.

-Hola, hermanito, ¿te vienes a tomar un café?

Típico de ese tipo de velatorios que nos alcanzan de refilón.

-Quizás más tarde. No quiero dejar sola a Isabelita.

-¿Ya se está empezando a mover el tema de la herencia?

-De momento, no, pero el circo puede abrirse en cualquier momento.

-¡A ver si podéis trincar la finca de Extremadura!

-Te gustó, ¿eh?

-¡Joder, mereció la pena aguantar a la vieja sólo por ponerse ciego de ese jamón!

-Sí, pero yo no tendría muchas esperanzas.

-En fin, por lo menos el piso del centro.

-Se hará lo que se pueda.

lunes, 5 de enero de 2015

El Festín de las Hienas (1).

-Creía que nunca se iba a morir, la tía cabrona.

-La tía Sabina, querrás decir.

El reproche iba con sorna, como reconocieron los dos ocupantes del coche con una sonrisa. Eran Isabelita Sarrasqueta Pi y su enésimo marido, Arturo Boqueiza Díez-Jones. Se dirigían al tanatorio, pues había fallecido -por fin- la tita (de ella) Sabina. 95 años había durado (la tía cabrona).

Había muerto soltera y solterona.

-Supongo que nos encontraremos con toda la tropa allí.

-No lo dudes.

La "tropa" eran la tía Manolita -hermana menor de la finada- con sus tres hijos y los respectivos legítimos, y el resto de la retahíla de sobrinos de la tita Sabina (Rodriguito, Alvarito, Jaimito el de Rosita, Jaimito el de Carmencito, Jaimito el de Jaimito, la propia Isabelita, su hermano Carlitos y Dori, la mayoría también con legítimos).

-¿Y dices que del testamento no sabemos nada?

-De nada.

-¡Mierda, ahí hemos andado torpes! Seguro que esos mamones de los Jaimitos has metido mano.

-No, siempre que la iba a visitar...

-...Que no era con mucha frecuencia.

-La suficiente...Bueno, que siempre le sacaba el tema y ella se reía y no me decía nada. Si yo no pude, esos tampoco. Yo era una de sus sobrinas favoritas.

-¿Y la hermana?

-¿La tía Manolita? Esa lleva años gagá. Me preocupan más sus hijos.

-Lo que está claro es que la gran batalla va a ser por la finca de Extremadura.

-Sin olvidarse de ciertas joyas...O el piso del centro.

-Sí, va a ser un combate curioso.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

El Pordiosero Más Rico del Mundo.

-¡Debería cobrar entrada!

-¡No debería ni pedir la voluntad por entrar!

El Artista y su yerno ya estaban con la discusión de siempre, estéril como todas las de ese tipo.

-¡Lo que debería de hacer es vender algún cuadro de una santa vez, aunque fuera "Los hurones"!

-¡No me saques el tema, no me lo saques, que de sobra sabes lo que pienso del asunto!

El Artista era todo un artista, de talla mundial, de prestigio del bueno, de los de salir en los libros escolares. En otras palabras, que decían los entendidos que era el más importante pintor con vida, y sólo esperaban que se muriera para convertirlo en un clásico.

Y, con todo y con eso, no le daba la real gana vender ninguno de sus cuadros. Y la cosa no venía de ahora, que -después de todo- las pinturas de marras tenían un valor incalculable. Ni siquiera de novel, cuando no tenía donde caerse muerto, había consentido en deshacerse de ninguna de sus obras.

-¡No lo soportaría, no podría vivir separado de ninguna de mis creaciones, que son como auténticos hijos para mí!

La cosa no sería tan grave si no fuera porque también se había negado a cobrar por las reproducciones de todo tipo de su obra.

-¡Eso sería como prostituir a mi cuadros!, y, ¿meterías tú a tu hija a puta?

El argumento parecía de irrefutable peso.

Y en eso quedó la cosa, en una enorme nave industrial cedida en prueba de agradecimiento por una editorial especializada, donde cualquiera -y llegaban un par de millares de cualquieras diarios- podía admirar por la voluntad la obra del gran Artista. Artista que, sentado una humilde silla de tijera, despedía a los visitantes a la salida de la visita y les pedía "lo que buenamente pueda y quiera, por el amor de Dios".

Y así, un día con otro, se sacaba un capitalito, aunque, con la cantidad de gastos que daba mantener todo aquello -en especial la tan férrea seguridad de día y de noche que el Artista demandaba para mantener a sus hijos a salvo de secuestros- pues que que el Artista era el pordiosero más rico del mundo, pero rico moderado.