-"La Esquina", así lo llamamos.
Al "Titular de la Plaza" le habían encargado la misión de convertirse en mi improvisado guía durante mi visita a la Penitenciaría Estatal de Kansas. "La Esquina" era una especie de cobertizo donde se encontraba el patíbulo. Se trataba de una estructura elevada sobre el suelo, un escenario de muerte, un tablado macabro. Conté los escalones hasta acceder a él. Eran trece. ¡Estos yakess, tan peliculeros para todo!
-¿Dónde está la celda del condenado?
-Al otro lado del patio.
-¿Al otro lado? ¿Significa eso que tiene que atravesar todo el patio antes de llegar aquí?
-¡Claro!
Eso complicaba las cosas, para ellos y para mí. ¡Era absurdo, de hecho! Nosotros lo teníamos esperando en una celda adyacente. Un seguro de rapidez, algo que siempre se agradece en estos trances. En fin, su cárcel, sus normas. Supongo que cuando uno juega al fútbol fuera, no puede decidir cómo va a estar el césped.
El tipo de soga, sin embargo, no me sorprendió. Lo conocía bien de los tiempos de la guerra. ¡Yankess y su anticuado nudo corredizo! Saqué de mi maleta de viaje un buen ejemplo de la vieja y buena soga británica de argolla.
-Hay que cambiar esa soga por esta.
Mi improvisado anfitrión se limitó a encogerse de brazos y ponerse manos a la obra. Había sido uno de los testigos de mi presunta "hazaña" con la vaca y me tributaba una cierta admiración, como si no tuviera la más mínima duda de yo sabía bien lo que me hacía.
-¡Diablos, cómo colgaste a esa jodida vaca!-comentó por enésima vez mientras comenzaba el proceso de cambio de sogas.
Empecé a pensar que quizás aquel tipo me iba a terminar pidiendo un autógrafo.
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