Ahora precisaba echar un vistazo a aquellos dos infelices con un pie y medio en el otro mundo. En mi tierra, la celda de los condenados dispone de un discreto agujero-mirilla por el que hacerlo, pero, de nuevo, parecía que la civilización no había llegado a aquel país tan civilizado. Me tocaría verme cara a cara con ellos. Apenas puedo describir la poquísima gracia que me hacía aquella. En fin, lo haría y ya.
El pequeño yankee de la vocecita se había negado a visitar conmigo "La Esquina", pero no tuvo inconveniente en acompañarme a las celdas de los condenados, con los que, estaba a claramente a la vista, le unía una relación muy estrecha, cuyos matices ignoraba y no deseaba conocer en absoluto.
-Les diré que es usted un fotógrafo que ha venido desde Londres para informar a "The Times".
Me pareció buena idea, uno tiende a ponerse tenso si le anuncian que va a recibir la presencia del tipo que le va a dar matarile a uno.
¿Qué puedo decir de aquellos dos hombres tan diferentes entre sí, y tan parecidos a la mayoría de los asesinos que acababa colgando? Simplement que eran una pareja de infelices muy violentos, dos almas simples que perdieron por completo en control e iban a pagar por ello.
Uno era alto, rubio y no exento de chulería, mientras que el otro era más bajito, menos rubio y hacía todo lo posible por ser amable.
Conseguidos los datos necesarios, me despedí apresuradamente. No tuve estómago para darle la mano a ninguno de los dos. Afortunadamente, el pequeño yankee estuvo rápido y les indicó que en el Reino Unido no teníamos costumbre de hacer esas cosas.
En fin, ya estaba todo listo. Sólo quedaba esperar.
Y, si usted no ha esperado hasta que ejecuten a alguien, usted no sabe lo que es esperar de verdad.
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