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domingo, 1 de mayo de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (7)

Y pasaron quince años, y muchas cosas con ellos, cosas que fueron aplastando al recuerdo de "La Americana", hasta hundirlo prácticamente del todo.

Entonces, llamaron a la puerta del humilde cuchitril al que llamo hogar en un arrebato de locura.

El tipo era bajito, estrambótico y cursi. Y hablaba muy raro, y no sólo porque era americano.

-¿Señor Shrike?

Me puse en guardia. Poca gente me llamaba así.

-¿Quién le envía?

-El señor David Dogan me dio esta dirección.

¿David? ¿Qué diablos hacia David contándole a la gente donde vivía yo?

El tipejo aquel debía tener una sensibilidad tremenda, porque se percató de mi tensión e intentó traquilizarme.

-No se preocupe. Vengo de parte de una amiga común.

¿Qué amiga común podía yo tener con un yankee canijo, gangoso y amanerado? ¿Alguien de la guerra?

No, se trataba de "La Americana". ¿Por qué venía el tipo aquel a molestarme? ¿Con qué derecho se ponía a excavar y remover porquerías personales largamente enterradas?

-Se preguntará cuál es el motivo de mi visita.

Confirmado, aquel renacuajo tenía un sexto sentido para los sentimientos de las personas.

-Resulta que preciso con toda urgencia de ciertos servicios profesionales, y mi -nuestra- amiga, casualmente enterada de mi, digamos, agónica necesidad, me confirmó que usted es la mejor persona sobre la faz de la tierra para aliviar mi gravísimo pesar.

-Perdón, ¿habla usted mi idioma?

-Ah, disculpe, amigo. ¡Qué torpe soy! Olvidaba que hay multitudes de ingleses son absolutamente incapaces de comunicarse en su propio idioma.

-¿A qué ha venido? ¿A insultarme? ¡Lárguese antes de que le parta su mierdosa bocaza americana!

-¡Dejémonos de gilipolleces, amigo! ¡Quiéro que me hagas un favor y cuelgues a dos tíos para mí!

Me quedé sin palabras. Quizás, después de todo, aquel elemento tenía razón y yo no dominaba mi propio idioma cuando más falta me hacia.

-Estoy dispuesto a pagarle un buen dinero por ello.

Entonces, por fortuna, me volvió el don de Shakespeare.

-¡Fuera de aquí antes de que llame a la policía!

-Hágalo si lo desea. Lo que le propongo es absolutamente legal, con su sentencia correspondiente. Nada que usted no haya hecho ya cientos de veces.

-¿Qué dice? ¡En América no me necesitan, ya tienen gente para hacer eso!

-Sí, pero no son muy buenos, y lo sabe perfectamente. Y yo quiero al mejor: usted.

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