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lunes, 9 de mayo de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (y 15).

Hasta allí llegaba el relato de Woodchat Shrike, hasta aquel tajante y enigmático "adiós". Sin ninguna referencia más a Helen Trull o a cómo y por qué había llegado a su poder ese manuscrito. Sin tan siquiera despedirse del lector. Era como si Woodchat no hubiera podido soportar más el dolor que escribir todo aquello le producía.

Una vez más, las implicaciones de todo aquella historia era significativas, y afectaban a gente famosa, viva y muerta. No obstante, llegué a la conclusión de que no tenía derecho a revelar una información, que, después de todo, tanto el "yankee de la vocecita" como "la Americana" (usted disculpará que no use sus verdaderos nombres, suficientemente obvios son) habían decidido mantener oculta, pese a haber tenido múltiples oportunidades de haberla revelado, de un modo más o menos explícito.

Por otro lado, la figura de Woodchat Shrike me parecía cada vez más fascinante y compleja. El hombre contrario a la última pena que la ejecuta, el hombre que desprecia su trabajo pero no para de recalcar que es el mejor a la hora de hacerlo, el hombre que sacrifica su propia vida para quitársela a los demás.

Sin duda, un caso digno de estudio. ¿Quién era realmente? ¿Un psicópata legal que no podía dejar de matar, por mucho que le doliera? ¿Un iluminado que creía que su destino era pasaportar a sus semejantes? ¿Un inadaptado que encontraba así una perfecta excusa para huir de su propia incapacidad para encajar en el mundo? ¿Un amante de la justicia atormentado por toda la injusticia que ve a su alrededor? ¿Un caballero andante, solitario y moderno que intenta por todos los modos combatir por la Verdad?

En resumen: ¿era un héroe o un majara? Seguramente, un poco de ambos.

Obviamente, no podía juzgar adecuadamente-mejor dicho, evaluar- a Woodchat sin conocer más datos de su pasado. ¿Cómo había llegado a tenebroso mundo de las ejecuciones? ¿Qué había ocurrido durante la guerra?

Múltiples y fascinantes interrogantes. Sólo me quedaba esperar que el siguiente nombre, escrito a lápiz al margen y con caligrafía apresurada, me aclarara alguno de ellos.

El nombre era John Biggleswade.

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