El gobernador de la fortaleza contempló, con aire cada vez más formal, como la figura del emisario a caballo se iba agrandando. Desde su lugar privilegiado de la principal almena del castillo, vio al jinete desmontar y dirigirse a él. Todo pura formalidad, ya sabía lo que iba a decirle.
-¡Señor, os traigo nuevas de mi general!
-Dádmelas pues.
Lo dicho, puro teatro: la noticia era que el poderoso ejército del Oeste iba poner cerco a la fortaleza.
-¡Señor, no tenemos intención de atacaros, seguimos camino al encuentro del gran éjercito del Este!
Al gobernador le empezó a doler la tripa y a sudarle las manos.
-¿Cómo dices, emisario?
-¡Señor, que no os hemos de molestar, quedad, pues, en paz!
Dicho lo cual, el mensajero a caballo hizo una exagerada reverencia con una mueca de sorna en los labios y se marchó por donde había venido.
El gobernador de la fortaleza, de entrada, se tuvo que sentar.
-¿Qué queréis que haga, señor?
-Convoca a los ciudadanos en la plaza mayor.
Los ejército del Este y el Oeste eran mortales enemigos. Ambos había llegado a aquellas tierras con la intención de pugnar por el control de una zona donde se habían descubierto inagotables minas de oro. La fortaleza pillaba de camino y todo el mundo había dado por supuesto que ambos ejércitos también intentarían apoderarse de ella, pues no eran pocas sus riquezas. Ahí era donde la astucia del ladino gobernador había entrado en juego: los habitantes del castillo simpatizaban mucho más con el Este que con el Oeste. Por tanto, habían aceptado la propuesta del gobernador: abrir las puertas de la fortaleza al ejército del Este para que los defendiera.
El problema era que ahora tal defensa no era precisa. Reunidos, los ciudadanos fueron claros:
-¡Estábamos dispuestos a rendirnos al Este con tal de que el Oeste no nos conquistara, pero ahora..! ¡No podemos rendir la fortaleza a una fuerza invasora sin luchar!
Y en eso llegó el ejército del Este. Relajados, sonrientes...
-¡Ábrenos ya las puertas, gobernador, antes de que lleguen las tropas del Oeste!
-Ha habido un cambio de planes...El éjército del Oeste no va a venir, por lo que me temo que, si queréis entrar, lo tendréis que hacer por las bravas.
El general del Este también se tuvo que sentar. Resultaba tentador hacer lo mismo que su enemigo: pasar de largo y renunciar a las riquezas del castillo. Pero, por desgracia, había prometido tomar la fortaleza a su rey o morir en el empeño. Y su rey no destacaba por su sentido del humor...
-¡Si ha de ser por la fuerza, sea!
El anciano general del Oeste levantó la ceja y contempló, desde un emplazamiento ideal en lo alto de una colina, la feroz batalla que estaba teniendo lugar en la fortaleza. Aquello duraría días, puede que semanas, o incluso meses. El ejército enemigo perdería hombres, material, y puede que hasta moral. El mismo ejército que se tendría que medir con sus tropas por el control de las minas de oro.
El anciano general del Oeste sonrió.
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