La joven tomó en sus manos el taco de folios encuadernados y los depositó sobre la mesa de aquella cafetería.
-¿Qué te ha parecido, Fátima? -interrogó el escritor con la segura confianza del que está más que acostumbrado a los halagos.
Fatima se encogió de hombros y, con el gesto vacío de nada, contestó:
-Bueno, normal.
El escritor frunció el ceño. Al gran creador de historias no le encajaba ese giro de la trama.
-Pensé que te encantaría.
-¿Por...?
-Pues...porque la protagonista...Ya sabes...
-¿Porque está en silla de ruedas como yo?
-Sí...
-Entiendo. Pero el problema es que la historia es demasiado previsible. ¿Sabes?, me gustaría leer, o ver, alguna vez una historia con una persona con discapacidad que no trate del inmenso valor con afronta la vida y lo mucho que le cuesta vencer las dificultades. Me gustaría leer, o ver, cómo alguien en silla de ruedas protagoniza una historia que no esté marcada por su discapacidad; alguien que estudia derecho y descubre una trama de corrupción, trabaja en una oficina junto a un superhéroe, se enamora de un bombero y le escribe una carta de amor diaria o va a ver un partido de fútbol con su hijo como excusa para plantear una profundísima reflexión sobre la paternidad.
-Pero yo pretendía hacer un homenaje a...
-No somos ni más valientes ni más cobardes que nadie: tenemos nuestros problemas como todo el mundo y les hacemos frente lo mejor que sabemos. No sé si me explico...
-Perfectamente.
El escritor tomó en silencio el taco de hojas. Había que rehacer esa novela.
Del todo.

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