-¿Dónde está ese hijo de la gran puta?
La entrada, a voces, de don Adolfo María en el Teatro de la Danza había sido así de triunfal.
-Perdón, ¿usted por quién pregunta?
Hay bedeles que no pierden la flema funcionarial bajo ninguna circunstancia.
-¡Pues mire, pregunto por un ruso hijo de la grandisima puta que se está tirando a mi mujer!
-Rusos aquí hay unos cuantos, pero con el resto de los datos que me da usted no puedo indicarle si la persona que busca está aquí. En cualquier caso, es hora del ensayo y no el teatro no está abierto al público.
Don Adolfo María iba preparado para la bronca, y el primer golpe de barra de hierro se lo acababa de llevar el señor funcionario. Se quedó ahí, tendido en el suelo.
-¡A ver, cerdo comunista rojo hijo de la gran madre Rusia, da la cara!
Otra entrada triunfal, ahora en la sala.
-¡Oiga, que aquí no se puede estar!
Don Alfonso María hizo oídos sordos, sacó una foto del bolsillo y se puso a buscar ese rostro por entre el elenco.
-¡Que le he dicho que se vaya, por favor!
-Quita, maricón de mierda, que le voy a partir la cara a uno que yo me sé.
Hector Guzmán era homosexual. No lo ocultaba, pues nunca vio razón para hacerlo. Como tampoco ocultaba que era bailarín, que era cubano o que su piel era mulata.
Hector también era, desde hacía cuatro años, pareja de un famoso boxeador. Les encantaba ir al gimnasio juntos y cruzar guantes. Les excitaba antes de entrar en otro tipo de combate.
El caso es que Hector Guzmán tenía mucha fuerza con los puños y mucha práctica con la cintura.
Y no le gustaba ni que le amenazaran con una barra de hierro ni que le llamaran "maricón".
La misma ambulancia que se llevó al (casi) heróico bedel se llevó a Adolfo María. Inconscientes ambos.
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