No hay crimen perfecto, especialmente cuando la criminal está contenta y orgullosa de su delito a partes iguales. Y, ya se sabe, una se lo cuenta a la amiga íntima, que se lo cuenta a su amiga íntima, y el círculo de la intimidad se acaba haciendo público.
Pero, para ser fiel a la tradición, aquí también fue el cornudo el último en enterarse.
-¿Los cuernos, a mí? ¡Anda, no me jodas!
-Lo sé de buena tinta, Adolfo.
-¿Y quién se supone qué es el cabrón?
-Pues...Hombre, tú, ¿no?
-¡No te hagas el gracioso, que te parto la cara, coño! Me refiero que con quién se supone que me engaña "Lurli".
-A tanto no llega mi información, pero te garantizo que lo hace. Ponle un detective y verás.
¿Qué podía hacer don Adolfo María? No tenía alternativa. Habló con un amigo de la Policía (los amigos están para las ocasiones) y este le recomendó a un sabueso de toda solvencia, y discretito.
El investigador no tardó mucho en dar con la solución del enigma, con pruebas gráfica irrefutables incluidas. De hecho, la cosa fue tan sencilla que hasta le daba un poco de apuro cobrar por aquel trabajo, aunque, obviamente, el apuro se le pasó rápido. Era todo un profesional.
-Señor Goirteta, lamento comunicarle que su esposa le es, en efecto, infiel.
-¡No le creo! ¿Tiene usted pruebas de eso?
El detective le alargó el sobre amarillo con las fotos, igualito que en las películas.
-Compruébelo usted mismo.
-Ya, y ahora me dirá usted que es con un bailarín marica de esos a los que con tanta frecuencia va a ver.
Adolfo María había hecho el comentario en broma, como una heramienta inconsciente para aliviar la inmensa tensión que sufría.
El detective se preguntó para qué lo había contratado, si parecía conocer ya toda la verdad.
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