-¡Venga, amor, que ya es hora de que te vayas a tu casa!
Maria Lourdes Abejón Díaz-Guiñap ("Lurli" para familia, amigos y relaciones anfibias) emitíó un gruñido de prostesta y, como acto de rebeldía, se abrazó más fuerte al torso que le servía de almohada.
-¡Venga, perezosa!
No había nada que hacer. Él tenía razón. "Lurli" se giró sobre sí misma y, tapándose con la sábana, se encaminó al baño de la habitación de hotel.
En realidad, resultaba de lo más absurdo que se cubriera ante un hombre que había explorado cada centimetro de su anatomía con sus dedos y sus labios, y que llevaba haciéndolo ya un par de meses. Pero es que en las películas, en esas películas donde todo es perfecto, las artistas de cine lo hacían así. Y ella no iba a ser menos, ella no estaba dispuesta a romper la magia de su perfecta historia de amor, de su aventura de cine.
"Lurli" y su galán, el ruso Vladimir Ivanovich Kaneshna, se había conocido en una de esas anodinas fiestas a las que tan a menudo resultaban invitados los señores de Goirteta Abejón, don Adolfo María y doña María Lourdes.
Desde el primer momento había sido como en las películas: Las miradas furtivas, la sonrisas disimuladas, las mariposas en el estómago. Entonces, ella se enteró que Vladimir era bailarían de la Compañía Nacional de Danza Clásica.
Y, en consecuencia, ella, de repente, se había aficionado al ballet, sin que el pánfilo de su marido sospechara nada.
Maria Lourdes Abejón Díaz-Guiñap ("Lurli" para familia, amigos y relaciones anfibias) sonrió al oír cómo se habría la mampara de la ducha. Era él, Vladimir, quince años más joven que ella, el responsable de que hubiera dejado de sentirse una señora para volver a sentirse una mujer, su pasión, su aventura, su vida, su amor de película americana.
¡Y al cabrón del Adolfito que le fueran dando!
No hay comentarios:
Publicar un comentario