-¿Comió?
-Y bebió, y todo con buen ánimo, que ya hay que tener ánimo, sirviéndosele lo que se le ha servido. Sin duda, tanto trabajar le abre un apetito tan grande, que hasta porquerías de ese tamaño le caben en el estómago.
-¿Sigue escribiendo, pues?
-Sigue escribiendo y no para.
-Y eso que escribe, ¿es de mérito?
-La misma duda me vino a mí, y así se lo pregunté. Me dio una respuesta, que no sé si me respondió o -aprovechándose de mi ignorancia- me dio mil vueltas para llevarme a ninguna parte. El caso es que no le entendí.
-¡Para mí que si diestro fuera con la letras, no se vería en esta casa cautivo por ladrón!
-Cierto, que cuando un escritor se ve preso, no es por robar dineros, sino por decir verdades.
-Me parece a mí que este pobre hombre tiene más de pobre que de hombre, y no lo digo por la escasez de dineros, sino por la abundancia de penurias.
-En eso razón no te falta. Ya hemos oído mil veces su historia: ofreció la vida a nuestra Patria, y ésta, caprichosa, se la despreció, pero se quedó con un brazo en prenda. Más tarde, cautivo en tierras de moros, que al lado de aquellas mazmorras infieles, debe parecer este pedazo de Castilla más castillo que celda. Y, tras recobrar la libertad, el Rey se la cobra de nuevo y da con sus pobres huesos en esta cueva.
-¡Pobre infeliz, pues!
-Pobre infeliz, este tal don Miguel de Cervantes Saavedra. Uno de tantos a los que siglos engullirán tras su muerte, para hundirlo para siempre en el más profundo olvido.
Dice la tradición popular -y refrenda algún que otro estudioso-, que Cervantes comenzó a escribir su "Don Quijote" mientras estaba preso en la cueva de la Casa de Medrano (Argamasilla de Alba, Ciudad Real).
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