-¡Y que no para de llover, padre!
El Padre Cosme se limitó a asentir a las palabras de Dona Soledad mientras miraba al cielo. Estaba como ido.
-¡Adiós a la procesión este año, padre!
-Ajá.
-¡Que ya sé que en este pueblo no somos los más devotos del mundo, ni tan siquiera de la comarca, pero un Jueves Santo sin procesión...qué triste!
El Padre Cosme seguía con los ojos anclados en el Cielo, seguía como ido. No obstante habló, acaso para Doña Soledad, acaso para sí, acaso para todos los hombres.
-Y así debe de ser, triste. La tarde más triste de la historia. Así debió de ser aquella tarde: oscura sin ser noche, con todo un cielo que se abrió hasta cerrarse, con las truenos bramando como una bestia herida de injusticia, y agua cayendo y cayendo, como intentando lavar infructuosa toda la porquería de la Humanidad.
-¿Se encuentra bien, padre?
-No, uno no puede encontrarse bien esta tarde. No, dadas las circunstancias. No sabiendo que usted y yo, y toda la Humanidad le seguimos entregando a sus verdugos, le seguimos traicionando año tras año, día tras día.
-¿Quiere que llame al médico?
-No, déjelo. Déjeme que siga contemplando cómo llueve, que la oscuridad de estas nubes tan negras puede que esté aquí para iluminarnos a todos.
-Bueno, pues en vista de aquí no va a salir ninguna imagen, yo en cuanto escampe me voy a mi casa.
-Puede que deje de llover, pero no va a escampar. Al menos, no para mí. Al menos, no de momento.
En ese instante, Doña Soledad decidió irse de inmediato, ya que las gotas de agua cayendo como jarros le daban menos miedo que su párroco.

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