viernes 24 de diciembre de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Nochebuena en el Patíbulo (11).

"-Buenas, Jefe. ¿Cómo está?

Holton siempre me trataba con reverencia. La misma con que yo me dirigía a "El Sultán". Me estaba esperando en un cuarto que tenían preparado para que los verdugos pernoctaran la noche previa a la ejecución. Afuera, una curiosa multitud -mezcla de defensores y detractores de la pena de muerte, periodistas y curiosos en general- bulliciosa montaba guardia. Para eludir a dicha multitud, yo había efectuado mi entrada en Strangeways en un discreto furgón celular que había ido a recogerme.

La rutina era bajar a revisar que todo estuviera correctamente preparado para al ejecución, cenar, charlar un rato de fútbol o jugar a las cartas, y luego irnos a dormir en espera de que nos llamaran a las 6:30 de la mañana.

Fue en mitad de un partida que entró mi "Hombre en Strangeways".

-¡La madre que lo trajo, villancicos!

-¿Cómo?

-¡El maldito Sharper, que dice que quiere pasar su última noche oyendo villancicos!

Para mí, aquella petición no era sino una pieza que encajaba en mi rompecabezas.

-¿Y qué vais a hacer?

-¡Pues cumplir con el deseo, no nos queda otra! Ya he hemos bajado un tocadiscos y un disco que he tenido que ir a comprar.

Puede que le sorprenda que tanto Holton como yo pudiéramos conciliar el sueño aquella noche. La verdad es que las primeras veces cuesta, pero la experiencia obra milagros en cualquier profesión.

A la hora convenida, nos despertamos, nos aseamos, nos vestimos, desayunamos, hicimos las comprobaciones de ultimísima hora y a las 8 menos un minuto exactamente llegamos a la puerta de la celda.

Dos minutos después, el médico de la prisión salía por la puerta después de haber declaro a Walter Sharper oficialmente muerto.

Holton y yo nos quedamos para preparar el cuerpo, que vendrían a recoger de la Universidad de Porstone. Nos informaron de que el doctor Edwards en persona supervisaría el traslado. Excelente.

Para garantizar el anonimato de nuestra salida de la prisión, donde seguía todo aquel circo, propuse al director que nos dejara salir a Holton y a mí en el vehículo enviado por la Universidad de Porstone, lo cual le pareció una excelente idea. Terminada la operación, el coche salió apresuradamente de Strangeways.

-¿Dónde les dejamos?-preguntó el conductor.

-A mí por el centro me viene bien.-Contestó Holton.

-Yo vivo cerca de Portstone, así que haré todo el trayecto con ustedes.

Me dejaron a la entrada de la universidad. Yo me metí en un pub con excelentes vistas a la calle y pedí una pinta. Ya era sólo cuestión de esperar.

Como un par de horas después, el doctor Edwards salía por la puerta, en dirección al lugar donde tenía aparcado su coche. Yo abandoné rápidamente aquel pub para ir a su encuentro.

Este es el momento de que le revele que, por motivos de defensa personal, a los de mi gremio nos dejan llevar un revolver encima, toda una excepción en un país como el Reino Unido, donde ni a los policías de a pie les está permitido portar armas de fuego.

Me situé a la espalda de Edwards y le clavé el cañón de mi pistola en el costado.

-Bien, doctor, continúe caminando hacia su coche, por favor.

-Pero...¡Usted es...! ¿Se ha vuelto loco? ¿Qué quiere?

-Que monte, se calle y ponga rumbo al cementerio. Vamos a hacer una visita a la tumba de esa pobre niña.

Los cementerios suelen ser lugares solitarios y discretos, máxime en Nochebuena al mediodía. Allí no había ni trabajadores. Obligué a Edwards a dirigirse al lugar donde habían enterrado a la niña, pasando antes por un cobertizo de material para tomar prestado una pala.

-Bien, ahora, ponte a cavar.

-¡Está usted totalmente loco!

-¡Venga, malparido! ¡Lo que tú metiste, tú lo vas a sacar!

Edwards se quedó blanco.

-¿Qué tonterías dice?-balbuceó.

Saqué una foto que llevaba en el bolsillo, una de las que no había salido en prensa.

-Aquí estás. Tú eres el trabajador que abrió y cerró la tumba. En la oficina me confirmaron ayer que la familia no quería al personal del cementerio, para que 'ninguno vendiera información a la prensa'. Con esa excusa entraste tú. Ahora, quiero enterarme de para qué.

A punta de pistola y, en especial, de verdad, Edwards se puso a cavar. Al poco tiempo, el pequeño féretro con los ojos de la niña.

-¿Satisfecho?-Me dijo desafiante.

-¡Sigue!

-¡Está usted loco!

A las pocas paladas, apareció lo que sin duda era un saco.

-¡Sácalo y ábrelo!

Mis sospechas se confirmaban: contenía los restos de una niña.

-La debería haber enterrado más profundo...-suspiró Edwards entre sollozos".