El as germano Franz Stigler, por contra, parecía que estaba de suerte. Sobre las alas de su caza Bf-109, aquella era la pieza más fácil con la que un piloto pudiera soñar. Demasiado.
Hasta se pudo permitir el lujo de acercarse a su presa inerme, de ver todas aquellas caras de desesperación que miraban a su aparato sabiendo el destino que irremisiblemente se avecinaba. Sí, más fácil imposible. Demasiado.
Franz Stigler decidió que no había honor en apuntarse aquella victoria, sino crueldad en su forma más pura. Saludó con la mano a aquellos desconocidos a los que les acababa de perdonar la vida y puso rumbo a casa. No mencionó el encuentro al llegar a su base, y decidió seguir con su vida como si todo aquello no hubiera ocurrido.
Brown y sus muchachos también llegaron a su base, y también guardaron en secreto todo aquello. Pero era un secreto que quemaba por dentro, exigiendo agradecimiento a voces.
Franz Stigler y Charles Brown, ya ancianos, se volvieron a ver las caras -por fin- en 1990. Por esas casualidades de la vida, ambos habían dado con sus huesos en Canadá, a no más de 200 millas el uno del otro, lo cual les permitió forjan una amistad que duró hasta las muertes de ambos, acaecidas en 2008.

Charlie y Franz, rememorando aquel lejano día sobre Europa.
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