Pues, posiblemente, que a los primeros la pasión se nos pasa como un dolor de cabeza y, cuando transcurren unas horas, te percatas de lo absurdo que fue todo. Las reacciones -propias y ajenas- te parecen patéticas y sonrojantes, y, en suma, te arrepientes de haber sido como te pusiste por culpa de un simple juego.
Esa es la delgada línea de cal que marca el final del país de los aficionados: que para nosotros el fútbol, más que locura, es una enajenación mental transitoria. No perdemos la facultad de tomar distancia, aplicar la Teoría de la Relatividad y concederle a un pasatiempo la importancia que un crucigrama sobre césped se merece. Y no más.
No obstante, reconozco que ese simple pasatiempo volverá a ser -para mí y para tantos- motivo de nerviosismo, sofoco y ronquera en uno y mil ratos más.
Porque a los aficionados, el fútbol nos da vida, pero, desde luego, jamás moriremos por él.
Eso se lo dejamos a los forofos.
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