La cursilería es el vano y torpe intento de darle una capa de sofisticación a un origen y naturaleza que nos acomplejan.
Como (de "comer" y de "por ejemplo") en los restaurantes donde los platos se han transformado en "propuestas", unos huevos revueltos ahora se llaman "explosión de frutos del corral" y hasta te quitan la miguitas de la mesa con la paleta esa.
Da igual, el camarero -por mucho que me lo hayan vestido de negro- sigue teniendo ese brillo de barrio en el fondo de la mirada, y te sigue diciendo, con ese deje tan nuestro: "¡a ver, la de la vergüenza, que retiro el platito!"
Ya no hay funciones de teatro, sino "catarsis plásticas en espacios escénicos"; y no ves a gente disfrazada que te cuenta una historia hablando muy clárito y muy bien, ahora son tres tíos en pelotas (o vestidos todos de negro) que alternan gritos inarticulados con largos silencios.
Y las carreras universitarias son "grados", y van por "créditos" y luego hay que hacer un "master" (aunque, parafraseando a un torero "más masters da la vida laboral").
Por no ir, ya ni se va de vacaciones a Benidorm. Ahora hay que ir a la Riviera Maya o Punta Cana. ¡Pero si una playa siempre es una playa y para bañarte, con que el agua esté mojada te vale! (No obstante, es de ley que en este momento rinda un homenaje al genio absoluto que creó la campaña "Curro se va al Caribe", pues supo comprender y explotar un concepto básico de la españolidad: tanta satisfacción hay en estar de vacaciones, como en poder restregárselo al compañero).
En fin, que yo soy de dos platos (guisantes con jamón y escalope con patatas) helado, agua mineral y café solo, carrera de cinco años y 30 asignaturas, Don Juan Tenorio simple y playa patria (donde me dicen "¡che!" y no "¡mi amol!")
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