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lunes, 19 de abril de 2010

Yo Pongo el Nombre, y Tú Todo lo Demás (Negro Destino).

Si pasara a la Historia de la Literatura (que me parece que voy a pasar, pero de largo), apuesto a que algún enclenque mozuelo de provincias -de esos de flequillo pedante y gafas feas- llegaría a la irrefutable conclusión de que "Daniel Jackson tenía uno o varios negros", e incluso escribiría su tesis doctoral sobre el particular. Sin duda, tales "negros" serían mis alumnos más talentosos, a los que obligaba a redactar sin descanso a cambio de mercedes en las notas o algo de dinero.

Pues no, amigo, todo el "Mundo Jackson" me lo he escrito yo solito, por mucho que te cueste creer que me saco -día tras día y vuelta a empezar- veinte líneas de la mollera (a veces, todo un parto estreñido).

Es más, siento poca simpatía por esos caciques de las letras que, desde sus altares de "yo soy un genio y a ver quién tiene las narices de negarlo", se aprovechan del trabajo ajeno y mal pagado para seguir manteniendo limpio y fijo su esplendor, continuar cebando a su cuenta corriente y cultivar su vagancia.

Y tampoco me caen muy bien los personajes públicos de campos diversos que un día deciden -por vanidad, pasta o capricho- que van a escribir un libro, y buscan ayuda ajena para suplir sus evidentes carencias de talento y tiempo. Eso sí, luego lo presentan ellos en persona y personaje (muchas veces, con una escasez de don de palabra que te hace dudar seriamente de que tengan el don de la escritura) y hasta los firman dedicados con afecto por millares en ferias y grandes almacenes a sus legiones de seguidores.

Así que ya ve, en eso de los "negros literarios", ni lo quiero para mí, ni toleraría serlo para otros.

¡Que cada mente y corazón aguante su pluma!

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